Entre agosto y octubre, el nombre de Sergio Bolaños Sarmiento marcó el mapa criminal del país: sobrevivió a una explosión en Trujillo, escapó de balas y amenazas, y terminó cayendo ejecutado en una de las avenidas más transitadas de Lima. Lo que empezó como un ataque letal contra una casa familiar —encadenado a mensajes extorsivos y una disputa mafiosa transnacional— culminó meses después con su muerte a plena luz del día.
Las autoridades han registrado a lo largo de este tiempo un vínculo directo entre los episodios de violencia que cercaron al empresario y la intensificación del pulso entre Los Pulpos, La Jauría y la disidencia denominada Los Pepes. Detrás de los ataques se revelan viejos rencores, acusaciones cruzadas y la ambición por el control de circuitos de extorsión, con daños colaterales que han dejado barrios enteros atemorizados y cifras récord de víctimas y afectados en la región La Libertad y Lima.
Explosivos, firmas mafiosas y un barrio sitiado
El 14 de agosto por la noche, la tranquilidad del barrio El Molino, en Trujillo, se quebró bajo una detonación equivalente a un artefacto militar. Un grupo de Los Pepes usó entre quince y veinte cartuchos de emulsión, explosivos embargados usualmente para la minería ilegal, y voló la fachada de la vivienda de la madre de Bolaños Sarmiento, en la cuadra ocho de avenida Perú. La onda expansiva arrasó ventanas, veredas y autos; siete vecinos resultaron heridos y casi cuatro manzanas sufrieron daños materiales considerables según reportes de la Policía Nacional.
La investigación primaria halló rastros claros de origen y motivación: la orden de ejecutar el ataque vino, según fuentes policiales de El Comercio, desde Chile, bajo las directivas de Andy Yofran Quispe Cruz, alias “Pepe”, miembro de Los Pepes y pariente cercano de Johnson Smith Cruz Torres, apodado “Johnson Pulpo”. No hubo robo. La acción fue directa y planificada. Pocas horas más tarde, videos y mensajes dejaron constancia pública de la amenaza: “Hoy 14 de agosto, Bolaño pagas o te mueres”, junto a la exigencia de un millón de soles como señal de que las hostilidades no cesarían.
Disputas sin tregua: extorsión, amenazas y ajustes de cuentas a cielo abierto
La escalada de violencia no era ajena al historial de la víctima. Bolaños Sarmiento ya había sido objeto de atentados armados, incluso antes de la explosión. En julio, un tiroteo en Trujillo lo tuvo entre sus objetivos; en noviembre de 2024, tras otro ataque a balazos cerca del centro histórico, fue capturado por la policía y hallado junto a municiones y cargadores, episodio donde dos agentes resultaron heridos de gravedad. Las autoridades veían en él a un actor relevante en el esquema financiero de Los Pulpos y lo vinculaban, sin pruebas concluyentes, a posibles colaboraciones con la justicia y delaciones internas.
Sin embargo, Bolaños Sarmiento defendía públicamente su inocencia. En intervenciones radiales luego del atentado con dinamita, negó haber recibido amenazas previas y rechazó cualquier nexo con organizaciones criminales. Según sostenía, los ataques provenían de venganzas relacionadas a la muerte de “Chatore”, hermano de Jholin Bazán Valderrama (“Jholin”), líder de la Nueva Jauría, y señalaba —sin titubear— que su encarcelamiento carecía de fundamento real. Señaló que no tenía antecedentes y que sus negocios eran lícitos, descartando también que actuara como informante policial.
Lima como escenario final
La última tarde de noviembre, la cadena de hostigamientos llegó a su clímax. Sergio Bolaños Sarmiento fue interceptado a unos metros de la residencia presidencial, en la avenida Brasil de Jesús María, Lima. Sicarios en moto se le acercaron, realizaron un disparo al aire y luego lo abatieron por la espalda, asegurando su muerte de forma inmediata ante transeúntes y bajo la mirada de cámaras de seguridad. El crimen, además de su dificultad para las fuerzas del orden, consolidó la percepción de poder e impunidad de las mafias en la capital.
La policía confirmó que este asesinato no fue un hecho aislado. La víctima venía de denunciar atentados consecutivos, incluido el ataque explosivo en Trujillo y varios intentos de homicidio previos. Fotografías y registros de llamadas ubicaron a Bolaños en el radar de la organización Los Pulpos y de la Nueva Jauría, aunque él insistió hasta el final en que no pertenecía a ninguna banda y que las acusaciones al respecto carecían de respaldo documentado. La hipótesis de un ajuste de cuentas por el control de mercados ilícitos ganó terreno en la investigación.
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