
Durante décadas, la presencia de más de cinco mil agujeros excavados en la ladera de Monte Sierpe, en el sur del Perú, ha sido uno de los enigmas más fascinantes y desconcertantes para la arqueología andina. Hoy, gracias a innovadoras investigaciones basadas en tecnología de drones, análisis microbotánicos y una aproximación interdisciplinaria, el misterio de la Banda de agujeros comienza, por fin, a esclarecerse. El consenso emergente entre los expertos plantea que esta monumental obra no sólo fue un impresionante despliegue de ingeniería, sino —sobre todo— un sofisticado sistema de registro y control económico, utilizado tanto en la época preincaica como bajo el poder del Imperio inca.
La Banda de agujeros de Monte Sierpe fue dada a conocer a nivel internacional en 1933, cuando National Geographic publicó impactantes imágenes aéreas en las que miles de orificios formaban serpenteantes patrones a lo largo de la colina. Desde entonces, la magnitud, precisión y misterio del sitio han suscitado un sinnúmero de teorías: desde suposiciones de funciones defensivas o rituales, pasando por almacenes agrícolas y colectores de agua, hasta marcadores astronómicos. Pero ninguna obtuvo consenso ni evidencias contundentes.
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El enigma sale a la luz
En los últimos años, la investigación arqueológica ha experimentado un giro decisivo. Un equipo internacional liderado por Jacob Bongers (Universidad de Sídney), con participación de la Universidad del Sur de Florida, la Universidad de California (Los Ángeles) y la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, empleó drones de alta resolución para mapear con exactitud la disposición y magnitud de los agujeros. Esta tecnología permitió identificar más de 5.200 huecos, distribuidos a lo largo de 1,5 kilómetros, en bloques y filas que alternan entre 7 y 8 orificios.
Según Bongers, “los drones permitieron describir con exactitud la alineación y magnitud de los agujeros, revelando patrones matemáticos y bloques con diferente número de filas y orificios, lo que apunta a una intención precisa en su construcción”.
Hallazgos microbotánicos: nuevas claves
La gran revolución llegó con el análisis de los sedimentos extraídos. Se identificaron restos de polen de maíz, fibras de juncos y fragmentos de cestería tradicional, señal de que los orificios eran revestidos periódicamente con materiales vegetales y que se utilizaban para depositar bienes en su interior, probablemente en cestas tejidas o fardos. Bongers lo resumió así: “Estos datos respaldan la hipótesis de que, en época prehispánica, los grupos locales revestían periódicamente los agujeros con materiales vegetales y depositaban bienes en su interior, utilizando cestas tejidas y/o fardos para su transporte”.
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Semejanza con los quipus
El patrón de la Banda de agujeros, alternando agrupaciones de 7 y 8 unidades en bloques repetidos, recuerda de modo notable a los quipus —los históricos dispositivos andinos de cuerdas y nudos para contabilizar bienes, tributos y datos administrativos—. De hecho, la alternancia de filas y bloques se asemeja al de un quipu inca hallado previamente en el mismo valle. De allí que los investigadores propusieran la idea de que Monte Sierpe fue un quipu paisajístico: un archivo monumental de piedra y tierra, donde los agujeros equivalían a nudos o cuentas para registrar bienes, población y transacciones en un sistema colectivo de control y logística estatal.
El arqueólogo José Román Vargas, director del Proyecto Monte Sierpe, sostuvo a Infobae Perú que “durante el Señorío Chincha, este espacio habría funcionado como un mercado. Existen fuentes históricas que señalan que el Señorío Chincha era una población en expansión, con especialistas económicos: pescadores, mercaderes y agricultores”. La llegada de los incas, alrededor de 1400, habría transformado el sitio en un nodo de recaudación y contabilidad, adaptándolo al sistema de tributos (mita) característico del Estado incaico.
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La ubicación estratégica de Monte Sierpe refuerza esta hipótesis: el sitio se emplaza en un punto de control natural donde el valle se estrecha y confluyen rutas que conectan la costa con la sierra. Allí se agrupaban centros administrativos, caminos y caravanas de llamas. Como explicó Vargas: “Este sector del valle se estrecha, hay un control del camino que conduce hacia la sierra y hacia la costa. Entonces tiene sentido que sea un espacio logístico donde se tributaba al Estado”.
Las muestras minerales y botánicas extraídas —maíz, calabaza, plantas de zonas altas y elementos marinos— prueban que Monte Sierpe era puerta de ingreso, archivo y almacén de mercancías procedentes de distintas ecozonas.
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Capacidad de construcción y organización
La obtención y disposición de más de cinco mil agujeros evidencian una administración del trabajo avanzada. Investigaciones paralelas, como las de Charles Stanish y Henry Tantaleán, estiman que, bajo organización preincaica, el sitio pudo ser terminado en semanas o meses con grupos de 50 a 100 trabajadores. Así, la Banda de agujeros se convierte en evidencia tangible de la escala y complejidad de la economía andina anterior a la llegada de los europeos.

Pese a los avances, los investigadores advierten que quedan importantes interrogantes: el proceso de construcción, las fases de uso, la cronología exacta —con fechados desde el período Chincha hasta la época inca— y, sobre todo, la ausencia de estructuras comparables en otros lugares de los Andes. “Todavía hay muchas preguntas sin respuesta, como ¿por qué este monumento solo se ve aquí y no en todos los Andes? Pero cada vez estamos más cerca de comprender este misterioso lugar. Es muy emocionante”, declaró Bongers.
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El acceso a Monte Sierpe sigue siendo difícil, lo que ha ayudado a preservar el sitio, pero también complica su puesta en valor turístico y educativo. Vargas resaltó la necesidad de colaboración entre arqueólogos, comunidades y autoridades para proteger este patrimonio e integrarlo al conocimiento público.
Un testimonio de innovación andina
Hoy, la Banda de agujeros de Monte Sierpe emerge como mucho más que un enigma: es el testimonio monumental del ingenio andino para organizar, contabilizar y conectar a pueblos separados por geografía extrema. Su probable función de mercado, archivo de tributos y “quipu paisajístico” lo convierte en uno de los hallazgos más valiosos del continente. En sus filas de piedra y sombra resuenan las voces de los antiguos chinchas y las estrategias administrativas del Tahuantinsuyo.
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Aunque aún falten respuestas definitivas, los últimos hallazgos permiten —por fin— responder: los incas y sus antecesores cavaron miles de agujeros al sur del Perú para construir un sistema masivo de registro, control económico, mercado y encuentro social, una obra única cuyo significado, relevancia y belleza siguen asombrando al mundo.
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