
En las calles del Callao, la historia de Alberto Medina Cecilia, conocido como el grumete Medina, todavía se susurra con respeto y orgullo. Su vida ejemplifica el espíritu de resistencia y valor que marcó la historia naval del Perú en aquellos días de guerra y adversidad.
Medina nació en 1862, en un entorno difícil, forjado por la herencia afroperuana y la vocación marítima que se respiraba en el puerto. Cuando solo contaba 17 años, las noticias de la Guerra del Pacífico y la necesidad de hombres para defender la soberanía nacional lo empujaron a tomar una decisión que cambiaría su destino: unirse a la tripulación del monitor Huáscar.
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El llamado de la patria no fue sencillo. Su familia, sobre todo su abuela, temía perderlo en la confrontación. Según relata el historiador Manuel Zanutelli Rosas en su obra La tripulación olvidada del Huáscar, la anciana llegó a suplicar personalmente al almirante Miguel Grau que no permitiera que su nieto embarcara. Pero Medina, decidido y firme, resumió su lealtad con una sola frase ante Grau: “Donde usted vaya, comandante Grau, allí iré yo”. Su determinación lo llevó a integrar la Columna ‘Constitución’, un batallón mayoritariamente afrodescendiente que, como recuerda Zanutelli, sorprendió a los marinos chilenos y desafió estereotipos de la época.

Sobreviviente y prisionero tras la guerra
La mañana del 8 de octubre de 1879, la escuadra chilena tendió el cerco definitivo al Huáscar frente a las costas de Bolivia. Superados en número y armamento, Medina y sus compañeros afrontaron el combate de Angamos, uno de los episodios más dramáticos de la Guerra del Pacífico. Las explosiones sacudieron la nave. El monitor sufrió graves daños, el almirante Grau cayó y muchos tripulantes perdieron la vida. Medina permaneció a bordo hasta la última orden, testigo y protagonista de la resistencia final.
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Derrotado y ocupado el buque, Medina fue hecho prisionero junto con los sobrevivientes. El cautiverio fue duro, pero su espíritu inquebrantable le permitió regresar, finalmente, al Callao. La guerra había terminado, pero su nombre ya pertenecía a la historia colectiva del país.
El Perú comenzó a rendir tributo a aquellos hombres que arriesgaron todo por la patria. El contralmirante Melitón Carvajal Pareja, presidente del Instituto de Estudios Histórico-Marítimos, reconoció que la Marina brindó un trato honorable a Medina, distinguiéndolo como Caballero de la Orden de Ayacucho, reservada a quienes demostraron un valor excepcional en defensa del país.
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Convertido en un héroe veterano, Medina participó en ceremonias y homenajes a los caídos. Era el centro de atención en los desfiles cívico-militares del puerto: los jóvenes lo señalaban y gritaban con admiración “¡Ahí está Medina! ¡Ahí está Medina!”. Zanutelli lo describió como el último sobreviviente de la plana menor del Huáscar, símbolo viviente de aquellos marinos que pelearon hasta el final.

Ejemplo que rompió barreras
Cada homenaje reivindicaba la memoria de un pueblo y el sacrificio de una generación. Medina, además, personificó la contribución de los afrodescendientes en la defensa nacional. Su ejemplo rompió barreras y nutrió de orgullo a futuras generaciones, tanto en el Callao como en todo el Perú.
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La historia de Angamos es inseparable de las causas y tensiones previas de la guerra. La disputa por el salitre en el desierto de Atacama, los intereses encontrados de Perú, Bolivia y Chile, y la ocupación militar del litoral marcaron los meses previos al enfrentamiento. El Perú, vinculado a Bolivia por un tratado de defensa, fue arrastrado a la contienda que tendría su desenlace trágico en la cubierta del Huáscar.
Alberto Medina falleció el 10 de abril de 1948, a los 86 años. Sus bisnietas, Elba y Nancy Rojas Medina, mantuvieron viva la llama de su recuerdo, recogiendo relatos y anécdotas contadas en familia. Hoy, en el cementerio Baquíjano del Callao, un busto honra al último sobreviviente del Huáscar en Angamos. Su nombre vive no solo en la historia, sino también en una escuela, una urbanización y un equipo de fútbol del puerto, perpetuando el legado de fortaleza y coraje.
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La historia del grumete Medina es testimonio de que la lealtad y el valor pueden sobreponerse incluso a las circunstancias más adversas. Un joven de 17 años, guiado por el ejemplo de Grau y el amor a su patria, encontró su lugar eterno entre los grandes héroes de la nación.
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