Seis meses después del accidente que arrastró a cuatro profesionales al río Vilcanota, en Ollantaytambo, Cusco, tres familias continúan sin respuestas claras. El hecho ocurrió el 17 de febrero, cuando una camioneta que trasladaba a los ingenieros William Inquilla Arcata, Carlos Marx Gómez Sánchez, el arquitecto Ever Álvaro Laura Mamani y el técnico Miguel Ángel Quiroga Sojo cayó al caudal mientras se dirigían hacia el distrito de Megantoni por motivos laborales. La fuerza del agua impidió cualquier maniobra de rescate inmediato.
En los primeros días, las brigadas lograron recuperar algunos objetos a varios kilómetros del punto de impacto: piezas de la carrocería interna y una casaca. Diecisiete días después, el cuerpo de Carlos Gómez Sánchez fue hallado y trasladado a Puno. Desde entonces, no se ha vuelto a tener noticias de William Inquilla, Ever Laura y Miguel Quiroga. La búsqueda oficial se suspendió hace casi dos meses, según los familiares, por falta de resultados y de recursos especializados.
Hoy, los parientes piden que se reactive el operativo con personal de rescate capacitado. Aseguran que han asumido tareas de búsqueda con sus propios medios, exponiéndose a riesgos, mientras las autoridades se limitan a responder que el caso no es de su jurisdicción o que no cuentan con la capacidad necesaria. El descenso del caudal del río ha renovado su esperanza, pero también su urgencia.
Un accidente sin cierre

La camioneta se desplazaba desde Puno hacia Megantoni, en La Convención, cuando perdió el control y cayó al río Vilcanota. Los familiares señalan que la zona es agreste y de difícil acceso, lo que complicó desde el inicio el rescate.
“En la noche me llamaron, nos avisaron de este accidente. Hemos estado con mi suegra todos los días… Vivimos en Ollantaytambo. Todos los días hemos buscado por nuestros medios. Nos hemos arriesgado a entrar al río nosotros mismos, punzar. Me he roto la cabeza, nos hemos caído al río. ¿Qué no hemos hecho por buscar? Hemos ido en bote hasta Quillabamba, hemos caminado con mis tíos mayores de edad, sesenta años, y nada nos ha dado resultado”, relató la pareja de William Inquilla.
La mujer explicó que, aunque la policía realizó una búsqueda inicial con buzos, no se hallaron indicios y el operativo se suspendió. “Es como si no importara William, como si no importara Álvaro, Miguel. Que desaparecieron y ya. Nos da miedo que pase el tiempo, que suba el río o lleguen las lluvias y todo nuestro esfuerzo sea en vano. Tenemos detectores que nos indican seis puntos posibles, pero necesitamos personal especializado para ingresar al agua”, reclamó.
En abril, las familias ofrecieron una recompensa de cinco mil soles para quien aporte información sobre el paradero de los cuerpos. La propuesta se acompañó de un pedido concreto: usar drones acuáticos, radares y detectores de metales capaces de operar a profundidades de seis y siete metros.
En las últimas semanas, los deudos han vuelto a recorrer el centro de Cusco con carteles y megáfonos, exigiendo justicia y la reactivación de la búsqueda. “Pedimos apoyo porque ahorita el caudal ha bajado bastante. Nosotros mismos estamos buscando, pero no podemos ingresar al agua. Hemos revisado las orillas todos los días y no encontramos nada”, dijo la madre de William Inquilla.
La mujer detalló que, pese al descenso del agua, la profundidad en la zona del accidente sigue siendo de seis metros, lo que hace imposible el ingreso sin equipo especializado. “Nosotros arriesgamos nuestra vida buscando con nuestros familiares. Hemos repasado la zona hasta Quillabamba, pero no encontramos ni un pedazo. El carro no es una pelota para que desaparezca. No sabemos dónde está”, expresó.
Desgaste y esperanza

La ausencia de resultados ha llevado a las familias a asumir un rol activo en el rastreo, incluso financiando detectores y contratando personas para punzar el lecho del río. Sin embargo, advierten que la labor implica riesgos y que solo equipos profesionales pueden garantizar un avance real.
Un familiar recordó que no existen testigos directos del momento en que el vehículo cayó, salvo quienes vieron a una persona pidiendo auxilio. “Ese día nos llamaron diciendo que se habían accidentado y que el carro estaba en el río. Desde entonces, no contestaba mi hijo ni los demás ocupantes. Los celulares se apagaron y empezamos a buscar desde ese momento”, relató.
Mientras tanto, la voz colectiva de las familias se mantiene firme en las calles: “¡Justicia! ¿Qué pedimos? ¡Justicia!”, gritaron al unísono en su última manifestación. Con 173 días transcurridos desde el accidente, la esperanza sigue siendo el motor de una búsqueda que, para ellos, no debe detenerse.
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