
Cada año, con la llegada del verano, las playas se llenan de familias, jóvenes y turistas que buscan refrescarse, relajarse y disfrutar del mar. Sin embargo, en medio del bullicio y la diversión, existe un peligro silencioso que puede convertirse en tragedia en cuestión de segundos: el ahogamiento. Aunque parezca una posibilidad lejana, los expertos advierten que este fenómeno ocurre con una rapidez y discreción que muchas veces impide reaccionar a tiempo.
Un peligro real y silencioso
El farmacéutico Álvaro Fernández, conocido por divulgar información de salud en redes sociales, ha abordado recientemente este tema en su cuenta de TikTok. En uno de sus vídeos más vistos, plantea una pregunta inquietante: “Estás en el mar, sin chaleco, sin nadie alrededor… ¿cuánto aguantarías realmente?”.
Fernández señala que, a diferencia de lo que suelen mostrar las películas, el ahogamiento no es escandaloso ni ruidoso. “No hay gritos, ni brazos agitados. La persona lucha por mantenerse a flote, toma bocanadas de aire entre olas y, rápidamente, se hunde”, explica. La realidad es que el proceso puede empezar en tan solo 20 a 60 segundos tras perder el control en el agua.
Saber nadar no garantiza la supervivencia
Muchas personas creen que con saber nadar es suficiente para estar a salvo. Pero Fernández advierte que esto es solo una parte de la ecuación. “La mayoría de los ahogamientos ocurren en personas que no sabían que estaban en peligro”, dice. Según él, el mar puede cambiar en segundos, y factores como las corrientes ocultas, la fatiga o el agua fría pueden convertir una simple zambullida en una emergencia.

En el caso de quienes no saben nadar, la situación puede volverse crítica en menos de un minuto. El miedo provoca pánico, lo que lleva a tragar agua y perder rápidamente la capacidad de mantenerse a flote. En muchos casos, el desenlace fatal ocurre en menos de dos minutos.
Factores que influyen en la supervivencia
Si la persona sabe nadar, su destino dependerá de varias variables: la temperatura del agua, la fuerza de las corrientes, su estado físico y si lleva puesta ropa que pueda aumentar su peso y dificultar los movimientos. Fernández destaca dos aspectos clave: la temperatura del agua y la capacidad de mantener la calma.
“El cuerpo humano pierde calor rápidamente en agua fría, lo que puede llevar a una parálisis muscular incluso si la persona es buen nadador”, advierte. Por ello, entrar en pánico o intentar nadar grandes distancias sin dirección puede agotar la energía en pocos minutos.
La diferencia que hace la flotación y el autocontrol

En las mejores circunstancias, una persona que sepa flotar boca arriba, mantenga la calma y esté en aguas templadas (unos 25 °C), podría sobrevivir hasta 24 horas flotando, según Fernández. Esta capacidad puede ser vital en situaciones donde se ha perdido la orientación o se está esperando rescate.
“Si el agua está templada, sabes flotar boca arriba y no entras en pánico, podrías llegar a sobrevivir hasta 24 horas flotando”, explica el experto. Sin embargo, enfatiza que esta es una situación ideal, poco común en el mar abierto, y que muchos no tienen el entrenamiento necesario para sostener ese nivel de autocontrol.
La importancia del respeto al mar
Más allá de las habilidades acuáticas, Fernández insiste en la necesidad de tener conciencia y respeto por el entorno marino. “No solo es importante saber nadar, sino también respetar el mar”, afirma. Muchos bañistas, por exceso de confianza, se adentran en zonas peligrosas o ignoran las advertencias de los socorristas.
Además, el uso de chalecos salvavidas sigue siendo subestimado en actividades recreativas como paseos en bote, kayak o paddle surf, donde un accidente puede dejar a la persona a la deriva. “El chaleco puede ser la diferencia entre la vida y la muerte”, recuerdan los especialistas en salvamento.
Concienciación para prevenir tragedias
Las estadísticas globales coinciden en que los ahogamientos siguen siendo una de las principales causas de muerte accidental, especialmente entre niños y jóvenes. La Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que cada año mueren más de 230,000 personas por ahogamiento, muchas de ellas en playas y cuerpos de agua no vigilados.
Por eso, la clave está en la prevención: conocer los riesgos, respetar las normas, nunca nadar solo, evitar el consumo de alcohol antes de entrar al agua, y sobre todo, tener presente que el mar, por hermoso que sea, puede ser traicionero.
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