Mientras el tiempo parece haberse detenido en la sala de cuidados intensivos, la esposa de Furrey enfrenta días marcados por la incertidumbre, el miedo y la fuerza que exige cada minuto. Su compañero permanece inconsciente tras un accidente que cambió sus vidas de forma súbita.
Aunque logró desprenderse del respirador, el pronóstico continúa reservado. En medio del duelo emocional, los gastos médicos no dejan de crecer y las tensiones con la familia del conductor implicado añaden una carga más. La voz de su esposa, firme pero quebrada, revela el impacto de una historia que se construye entre esperas y silencios.
Un pronóstico sin certezas

La última actualización sobre el estado de Furrey no ofrece certezas, pero sí una señal mínima de esperanza. Aunque fue retirado del respirador, su condición crítica permanece inalterable: continúa inconsciente y bajo vigilancia constante en la Unidad de Cuidados Intensivos.
Según relató su esposa en Amor y Fuego, el proceso de recuperación es lento y delicado. Las lesiones que sufrió demandan un seguimiento constante, sin posibilidad de anticipar una fecha exacta para su salida de UCI. El pronóstico se mantiene reservado, y los médicos no han ofrecido garantías sobre su evolución inmediata.
Desde su conocimiento profesional, ella entiende que este tipo de cuadros requieren tiempo. Aun así, cada pequeña señal se valora como un paso hacia adelante. El hecho de que ya respire por sus propios medios representa un avance clínico importante, aunque la incertidumbre sigue pesando como una nube sobre la familia.
Rifa para cubrir los pagos

Además del drama médico, la familia de Furrey enfrenta una situación económica cada vez más complicada. El Seguro Obligatorio de Accidentes de Tránsito (SOAT) solo cubrió los primeros días de hospitalización, y el resto de los gastos han debido ser asumidos por ellos.
El tratamiento incluye una operación y cuidados intensivos prolongados, cuyos costos no son menores. Para intentar cubrir parte de esta deuda creciente, han organizado una rifa solidaria. Gracias a ese esfuerzo, han logrado reunir fondos que les han permitido abonar parte de la cuenta clínica, aunque aún no existe claridad sobre cuánto tiempo más permanecerá internado.
La falta de previsión sobre el alta médica hace que los gastos continúen acumulándose sin un límite definido. A pesar de la ayuda recibida, la situación financiera sigue siendo compleja, y la familia no ha descartado realizar nuevas acciones para continuar solventando el tratamiento.
Encuentro inesperado con la esposa del conductor

En medio del caos del primer día del accidente, la esposa del conductor del vehículo involucrado apareció en la clínica. Su presencia, lejos de calmar los ánimos, dejó una sensación incómoda y desconcertante.
Según el testimonio de la pareja de Furrey, la mujer se acercó con un gesto amable, deseando que todo saliera bien. Sin embargo, en esa misma conversación reveló que el auto de su esposo era el que había estado involucrado en el incidente. Dijo que su pareja conducía cuando “un cuerpo cayó” sobre el vehículo, responsabilizando a Furrey por cruzar indebidamente y por ir, según su versión, a una velocidad excesiva.
La escena fue confusa. Mientras el joven estaba grave, inconsciente y con pronóstico incierto, la mujer se mostraba más preocupada por los daños materiales de su vehículo y por el estado emocional de su esposo, a quien describía como “en shock”.
Reproches en un momento crítico

El diálogo entre ambas mujeres no tardó en tornarse tenso. La esposa de Furrey, visiblemente afectada por la situación, no tenía información clara sobre el accidente. Sin embargo, la otra parte insistía en responsabilizar al joven por lo ocurrido, calificándolo de imprudente y señalando que no debía haber estado manejando.
En medio de las lágrimas y el desconcierto, la esposa de Furrey respondió con franqueza. Le dijo que si con el tiempo se comprobaba que la culpa había sido de su pareja, asumiría las consecuencias. Pero en ese instante, su única prioridad era su esposo, no los reclamos por un vehículo dañado.
A pesar de sus palabras, la otra mujer continuó mencionando los daños a su auto y cuestionando la conducta del joven accidentado. No hubo un acuerdo ni un gesto de solidaridad más allá de la frase inicial. Lo que siguió fue una cadena de reproches, en el peor momento posible.
Mientras una familia lucha por la vida de uno de los suyos, la otra parece más preocupada por deslindar cualquier responsabilidad. La conversación dejó al descubierto no solo el vacío legal que muchas veces acompaña a estos accidentes, sino también el abismo emocional que separa a quienes viven el dolor de cerca de quienes solo miden pérdidas materiales.
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