
Conflictos bélicos, desastres naturales, escándalos políticos generan en cualquier contexto espacios de incertidumbre, donde es muy fácil que la desinformación cubra los espacios en blanco. En estos espacios las imágenes manipuladas, titulares descontextualizados, declaraciones falsas y datos maquillados circulan a la velocidad de la luz. En la era digital, la desinformación cubre un terreno mucho más amplio del que creemos, inclusive se convierte en instrumento de influencia en la opinión pública. Las fake news ya no son errores aislados.
Según un estudio del MIT, las noticias falsas se difunden seis veces más rápido que las verdaderas en redes sociales. Y en Perú, el 67% de los ciudadanos admite haber creído al menos una vez en una noticia falsa difundida por redes. Este dato no es menor, pues estamos ante un ecosistema en el que la información compite por atención, no por veracidad.
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Esto ocurre porque la información ya no se busca, la información nos encuentra. La mayoría de usuarios no navegan entre portales confiables o contrastan versiones. El consumo de noticias hoy en día se desarrolla desde redes sociales, memes, clips editados, bits, cadenas de datos reenviadas, que tienen como característica ser altamente virales, de consumo instantáneo y que apelan a las emociones más que a la razón. En un entorno emocional, audiovisual e inmediato como el que vivimos actualmente, la verificación no es una parada obligatoria para todos.
De manera continua se señala que la Generación Z está desinformada, pero esta afirmación no es correcta. Lo cierto es que se informa de otra manera. Por ejemplo, accede a contenidos en TikTok, Instagram o YouTube, no a través de la prensa escrita ni de noticieros tradicionales. Este cambio cultural exige nuevas competencias digitales, pero también nuevas responsabilidades.
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El problema no es solo que haya desinformación. Es que la sobreinformación nos agota y nos vuelve menos críticos. Cuando todo parece urgente, nada lo es. Y cuando todo circula como “posible verdad”, las certezas se diluyen. Así, no solo se debilita el periodismo, también se erosiona la democracia.
¿Qué podemos hacer como ciudadanos digitales y responsables? Primero, pausar. Antes de compartir una noticia, preguntémonos quién la difunde, con qué intención y si hay otras fuentes que la corroboren. No basta con ver para creer. En la era de la inteligencia artificial, también es posible ver para dudar.
Segundo, diversificar nuestras fuentes. Seguir solo medios que confirman nuestras ideas refuerza los sesgos y alimenta la polarización. Tercero, educar. Desde la escuela hasta la universidad, necesitamos formar habilidades de pensamiento crítico, verificación de datos y ética digital. La ciudadanía del siglo XXI no se construye solo con derechos, sino con criterios.
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En ese sentido, urge una alfabetización mediática transversal. Las universidades, las plataformas tecnológicas y los medios deben comprometerse no solo a informar, sino a enseñar a interpretar. Porque compartir una noticia falsa no es un acto inocente: puede dañar reputaciones, alimentar el miedo o influir en decisiones colectivas.
Las redes sociales no son el enemigo. Son el espacio donde hoy se construye el relato público. El reto no es desconectarse, sino aprender a navegar. El botón de compartir es un acto de poder. Ejérzalo con responsabilidad.

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