
Inicia una etapa que a veces dudé si llegaría. Las primeras horas, al menos, han sido desoladoras aunque me sienta rodeado por los rostros que alguna vez asigné a ‘El poeta’, Zavalita, don Rigoberto, la niña mala o el capitán Pantoja. Ha muerto Mario Vargas Llosa pocos días después de cumplir 89 años y a casi 15 de recibir el Premio Nobel de Literatura, galardón que, como él mismo dijo, no fue la cúspide de su carrera ni su existencia. El momento más importante de su vida fue aprender a leer y el de muchos de nosotros cuando empezamos a leerle.
Su partida abre paso a la búsqueda de un heredero, tarea tan inútil como castrante y así lo han demostrado los varios intentos que ni siquiera aguardaron a la muerte del narrador. Podrán cubrir su tumba de elogios o dispararle con críticas, pero no sacrificar en su nombre la obra de alguien más. Desconfíen de quien impulse ese proyecto o de quien aspire a ostentar ese “reconocimiento”. El padre de la literatura peruana (de la moderna para ser más precisos y justos) debe descansar.

Su obra que alguna vez convirtió las heridas de un país en palabras tendrá sentido mientras las grietas sigan abiertas y rebalsando de pus. La avenida Tacna, sin amor, sobrevive en la misma vía y en tantas otras de la capital, la inhumanidad que atestiguó Roger Casement sigue desatada en el Amazonas y las extorsiones que atormentaron al héroe discreto ahora hacen lo mismo con otros miles de ciudadanos hasta arrebatarles la vida. Los libros no tienen las respuestas a nuestros problemas, pero vitalizan la sensibilidad que la supervivencia poco a poco nos arrebata.
La mejor forma de admirar a Mario Vargas Llosa es cuestionándolo. Acompañarlo por su formación ideológica registrada en “La llamada de la tribu” y a su vez toparnos con sus declaraciones muchas veces contradictorias nos alejan del fanatismo que él mismo aborreció, nos detiene de elevarlo a un altar al que nunca quiso subir y no salva de una ceguera de la que muchos no pudieron escapar. Su transformación, sobre todo la de los últimos años, me mostró los límites del tipo de liberal que aspiro ser. Por eso y mucho más, se agradece.

El mundo después de Vargas Llosa no será menos cruel ni tirano, pero le faltará una pluma que lo retrate y una voz que lo denuncie. Sus críticos perdemos un poderoso estímulo para pensar el futuro de la humanidad y sus lectores una amigable e inspiradora compañía. Quedó pendiente el ensayo sobre Sartre que anunció al despedirse de la literatura y el periodismo, aunque el último consuelo de sus admiradores quizás resida en Princeton, universidad que protege su archivo. Ahí descansan creaciones inéditas y textos que capturaron una faceta poco conocida del Nobel.
La obra de Mario Vargas Llosa enfrenta ahora su último reto: sobrevivir al paso del tiempo. No dudo que sus novelas, cuentos, ensayos, obras de teatro y artículos respirarán con el mismo vigor de hoy hasta que la humanidad transite el final de su existencia.

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