
El sistema hospitalario del país ha sufrido muchos cambios con el paso del tiempo, impulsados por los avances a nivel mundial, las nuevas formas de entender las ciencias médicas y un enfoque que se fue alejando de los convencionalismos religiosos que primaban en épocas de antaño.
Pese a ello, no hace falta ser un experto para notar que todavía hay una serie de puntos débiles que se han visto develados luego de episodios como la COVID-19, lo que lleva a preguntarse cómo evolucionaron estas instituciones desde la época colonial, especialmente en Lima, la capital del virreinato, y cómo era la vida de quienes permanecían internados en sus instalaciones.
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El sistema hospitalario de antaño

La historia de los hospitales en el país se remonta a la época en que los españoles conquistaron nuestras tierras, trayendo consigo una nueva visión del mundo, costumbres variadas, enfermedades y una nueva religión; pero también un sistema hospitalario que no existía como tal antes de su llegada y que se hizo absolutamente necesario luego de la fundación de Lima.
En razón de esto, se fundaron en la ciudad varias instituciones dedicadas a la salud, la primera de ellas fue el hospital Real de San Andrés, en 1538.
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De este modo se podría clasificar a los hospitales como los que estaban destinados para los españoles de raza blanca, y un segundo grupo de nosocomios para los sectores populares. Sin embargo, según una investigación titulada “Desarrollo histórico arquitectónico de los hospitales limeños durante el virreinato peruano” de Antonio Coello Rodríguez, también hay una clasificación acertada que explica la existencia de hospitales mayores, con amplias instalaciones y servicios; y hospitales menores, que eran más parecidos a las postas médicas que conocemos hoy en día y que, eventualmente, fueron absorbidos por los grandes hospitales.

Cabe agregar que, para la época de la colonia, Lima no era una ciudad precisamente salubre, sino que se caracterizaba por la suciedad de sus calles y un clima húmedo que ocasionaba enfermedades como el asma o las llamadas constipaciones que podían matar a muchas personas. Las fiebres, viruelas y otro tipo de dolencias eran muy comunes. Hipólito Unanue señala en sus “Observaciones sobre el clima de Lima” que los despojos de animales y vegetales se descomponían a la intemperie provocando algunas enfermedades. También hace mención a males estomacales que parecían ser bastante frecuentes.
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Los hospitales más importantes de la colonia
En primer lugar vale mencionar al Real de San Andrés, creado para dar atención a los españoles. Fue el primer hospital de la capital y seguía el estilo con el que se habían concebido la mayoría de nosocomios de la época, es decir, una disposición en forma de cruz.

Esto tenía el propósito de tener pasillos amplios que convergían en el centro del patio donde se ubicaba un altar, a fin de que los enfermos puedan escuchar la misa durante su estadía.
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Este hospital estuvo muy bien equipado y a decir del cronista Antonio Vázquez de Espinosa, parecía un pueblo con espacio para más de 500 camas, muchos esclavos, esclavas y hasta un lugar para quienes padecían de males mentales. Funcionó incluso hasta la época republicana pero sufrió muchos cambios en su estructura.
Sin embargo, no era el único, a este se le sumaba el hospital de Santa Ana, destinado a la atención de indios, cuyo principal benefactor fue Fray Jerónimo de Loayza, entonces arzobispo de Lima. Este tenía capacidad para 1000 camas, una iglesia, un cementerio y hasta una huerta. Contaba con salas para enfermos contagiosos y otra para desahuciados, además, ofrecía servicios como ropa de cama para los pacientes e incluso prendas de vestir durante su internamiento.
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Conforme indica el texto de Coello, citando al cronista Bernabé Cobo, se puede afirmar que este nosocomio fue el primer centro asistencial organizado y estructurado como es debido. Desapareció en 1924 luego de 300 años de funcionamiento.

Además de estas tres grandes instituciones, también hubo entidades como el hospital San Lázaro (1563), dedicado a atender a enfermos de lepra y que fue uno de los más pobres. Fue destruido en más de una ocasión por los terremotos que azotaban Lima.
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Existió también el hospital del Espíritu Santo (1575), ubicado en el primer puerto, con una vida muy corta pero dedicado a atender a personas que trabajaban en el mar; el Santa María de la Caridad, para mujeres españolas y administrado por las hermanas de la Caridad. Solía aceptar también a niñas huérfanas a quienes enseñaban algunas funciones asistenciales. Vale mencionar también al hospital de San Juan de Dios (1593), para españoles en tiempos de convalecencias largas.
Por otro lado, estaba el hospital de Incurables o ‘Refugio de incurables’, dedicado a todos aquellos desahuciados que esperaban la muerte. Nunca fue muy concurrido debido a su peculiar nombre y estuvo bastante venido a menos durante casi toda su existencia. Hoy en día es conocido como el Instituto Nacional de Ciencias Neurológicas y no conserva mucho de su diseño original.
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Cabe resaltar que Lima no fue la única ciudad con hospitales, sino que según indica el texto “El Real de San Andrés, primer hospital de españoles en el Perú”, de Adriana Scaletti Cárdenas, se construyeron entidades en Cusco, Chachapoyas, Huancavelica, Cajamarca, Puno, Moquegua, y otros.
La vida cotidiana en un hospital colonial

Como se ha mencionado, los hospitales en aquella época solían ser lugares donde morir tranquilamente. Los médicos variaban entre los graduados de las facultades de medicina, cirujanos, flebotomistas, boticarios, parteras y curanderos; a quienes se les sumaba personal de trabajo propio del hospital.
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Pese a esto, un día común y corriente dentro del hospital iniciaba siempre con rezos, ya que la religión era sumamente importante en la época colonial.
La investigación de Coello cita lo siguiente: “Han de ser obligados a decir misa todos los domingos y fiestas de guardar en el dicho hospital, a las horas convenientes, uno en el altar mayor del crucero, otro en la enfermería de los héticos y otro en el de las mujeres…todos los sábados dirán la salve cantada en el Altar Mayor y los domingos por la mañana, antes de misa, la Doctrina Cristiana en la lengua, cada uno en su lugar”.
Luego de los rezos matutinos, se pasaba la revisión por cada una de las salas y se realizaba la limpieza para evitar malos olores. Los pacientes nuevos que ingresaban debían ser confesados y se les asignaban sus camas, luego de ello, eran visitados por el médico. Durante la noche las velas debían permanecer encendidas. En el caso del hospital Santa Ana, también se contaba con traductores ya que aquí se atendían a indígenas.

Los médicos solían hacer dos rondas y revisar a los pacientes enfermos de males como tuberculosis, viruela, sífilis, tifus, fiebres, entre otras. Luego de ello se les daba un tratamiento que era casi siempre preparado en el hospital e incluso se les podía extraer sangre para examinarla y ver si dicho tratamiento estaba funcionando.
La alimentación era otro tópico importante, sin embargo, algunos nosocomios tenían problemas económicos severos; en tanto, otros recibían pan, carne, y otros alimentos por parte de proveedores.
Por ejemplo, en el hospital de Bellavista se solía brindar una dieta con base en proteínas, grasas e hidratos de carbono. Se puede tener esta información ya que la lista de productos del hospital puede ser consultada hoy en día y consistía en insumos como el carnero, gallinas criollas, pan francés, huevos, pichones, fideos y otros. No obstante, la alimentación no era la misma para todos y dependería de la gravedad del paciente.
Lo cierto es que esta información detalla en parte el esfuerzo que se hizo para hacer de los hospitales lugares donde las personas pudieran tener un trato digno, pese a las amplias limitaciones de la época. Además, ofrecen una visión particular de cómo el sistema hospitalario en la capital ha ido evolucionando con el tiempo.
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