
Antiguamente, los mercados cobraron vida en las plazas centrales de la capital. Desde la Lima virreinal hasta los primeros años de la República, el intercambio comercial se realizaba en la Plaza de la Inquisición, hoy conocida como Plaza Bolívar, la Plaza de San Francisco ―lugar donde incluso se concretaba la venta de esclavos recién llegados de África― y la simbólica Plaza Mayor de Lima.
El siglo XIX trajo consigo la necesidad imperiosa de establecer lugares de abastecimiento más sólidos y sanitarios debido al crecimiento urbano. Tras una exhaustiva búsqueda, se optó por la expropiación de la mitad del antiguo Monasterio de la Concepción, entonces habitado por tan solo nueve religiosas.
El primer mercado en fundarse en Lima
Tras presentar un pedido oficial, el 7 de marzo de 1847, se dio inicio al derribo de los muros del convento tras la solicitud oficial presentada. En el contexto actual, este terreno abarcaba desde la avenida Abancay hasta el jirón Andahuaylas. La sección religiosa se dividió en dos, reservando el huerto y el jardín para el mercado. A pesar de este primer paso, la obra no progresó debido a la carencia de recursos y permisos.
Fue el presidente Ramón Castilla quien encargó la construcción del primer mercado limeño, expropiando parte del terreno a las monjas de la Concepción, fundando así el mercado de la Concepción en 1847. Después de varias idas y venidas, un decreto conminatorio ese mismo año ordenó el derribo de la pared y la apertura de una nueva calle, separando así el terreno del mercado del antiguo Monasterio.
En el trabajo de investigación “Unas notas sobre el antiguo Mercado de la Concepción, Hoy Mercado Central de Lima” de Antonio Coello Rodríguez, se refleja que tras la conclusión del nuevo mercado central limeño, fue rápidamente invadido por numerosos vendedores ambulantes, al borde del colapso. En las inmediaciones, surgieron varios negocios de compra-venta, convirtiendo la zona en un lugar “intransitable y plagado de basura y malos olores”.
A pesar del caos que rodeaba al mercado, el periodista George Squier en su crónica “Un viaje por tierras incaicas”, lo elogió en su recorrido por Lima, describiéndolo como superior a los mercados contemporáneos de Nueva York. ”El Mercado Central de Lima es, en muchos sentidos, mejor y más cómodo que cualquier de los que existen actualmente en Nueva York. Cubre una manzana entera, del antiguo Convento de la Concepción, que fuera expropiado en 1851″, sostuvo el investigador.
Es nuevamente construido

El primer edificio, un modesto piso, duró hasta 1905 debido a su antigüedad e insalubridad. Bajo la administración del alcalde Federico Elguera, se demolió para dar paso a una estructura más sólida de dos pisos, con espacios adicionales para fines comerciales, guarderías para los hijos de los trabajadores e incluso una academia de arte denominada “Academia Concha”.
Sin embargo, este segundo edificio fue consumido por las llamas durante la gestión del alcalde Luis Bedoya. El fatídico 29 de febrero de 1964, un incendio devastó tres cuartas partes del mercado, originado por la explosión de una cocina a kerosene en el bazar Oshiro. Las antiguas estructuras facilitaron la propagación del fuego, causando pérdidas económicas millonarias y lesionando a doce personas.
Tras este suceso, se decidió construir un tercer edificio, el actual Mercado Central Ramón Castilla, en memoria del presidente durante cuyo mandato se construyó el primer mercado.
Las instalaciones actuales del mercado se inauguraron oficialmente tres años después, en 1967, con un costo de 90 millones de soles de la época y una superficie de 12 mil metros cuadrados, albergando 950 puestos de venta. En la década de 1980, la crisis política y económica generó desorden e inseguridad en el mercado, situación mitigada hacia finales de los años 1990 durante la alcaldía de Alberto Andrade.
Continuó la destrucción

A mediados del siglo XX, con la ampliación de la avenida Abancay, la demolición del convento continuó hasta hacer imposible la permanencia de las monjas. Ante esta situación, optaron por mudarse a Ñaña. Afortunadamente, parte del patrimonio artístico del convento fue rescatado y trasladado a la Catedral de Lima, incluyendo la obra magistral del escultor español Martínez de Montañés, expuesta en la capilla de San Juan Bautista.
Esta época trajo consigo la recuperación tras la catastrófica Guerra del Pacífico, que sumió al país en una severa crisis económica y social. Después de diversos eventos políticos, llegó una era de paz gubernamental caracterizada por gobiernos civiles representativos de la aristocracia limeña, conocida como la República Aristocrática. Esta etapa estuvo marcada por el control de las clases altas, con tendencias violentas y consensuales, excluyendo al resto de la población y mostrando fuertes rasgos de racismo hacia otras castas y clases.
El escritor Manuel Atanasio Fuentes, en su obra “Murciélago”, describe con crudeza la vida cotidiana en el mercado, describiendo un escenario desordenado, insalubre y plagado de suciedad.
“Nuestros mercados son desaseados, inmundos y pestilentes, en especial el mayor, por la gran afluencia de vendedores y compradores, por el poco orden en la colocación de los primeros y por ningún esmero que se tiene en el aseo de los víveres y del local; dentro hay corralones destinados a guardar bestias que naturalmente ocasionan abundante inmundicia, y puercas cocinerías. Los vivanderos empiezan regularmente a ocupar el mercado de cuatro a cinco de la mañana, y los compradores a ocurrir con fuerza, de seis a diez del día; después de esta hora concurren algunos al mercado principal y muy pocos a los otros dos”, indicó Atanasio.

Las condiciones del Mercado Central eran deplorables, con una convivencia caótica y un lenguaje vulgar que formaba parte de la cotidianidad. Los comerciantes generaban constantes disturbios, peleas y algarabías, convirtiendo el mercado en un espacio de desorden y agitación.
A medida que el tiempo avanzaba, este lugar se sumergía en una mayor precariedad hasta convertirse en un lugar con mínimas condiciones de higiene y salubridad, especialmente en la venta y consumo de alimentos. Los continuos asaltos y disturbios afectaban tanto a los compradores como a los visitantes.
En la actualidad

Actualmente, el Mercado Central cuenta con una distribución en tres niveles, albergando más de 930 puestos que ofrecen una variedad de productos. En el primer nivel, se pueden encontrar 334 puestos dedicados a la venta de carnes, pescados y mariscos. El segundo nivel alberga 308 puestos que ofrecen una amplia gama de verduras, frutas y abarrotes. Por último, en el tercer nivel se hallan 294 puestos especializados en calzado, mercería, embutidos y artículos de bazar. Además, en el exterior se sitúan más de 58 puestos que ofrecen ropa y telas.
Con esta configuración, este lugar se ha convertido en uno de los destinos más populares para abastecerse de productos diversos, atrayendo a numerosos visitantes que buscan encontrar una amplia oferta comercial en un solo lugar.
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