Una chica analógica

por QUENA STRAUSS, periodista

Querido millennial: va con onda porque podrías ser mi hijo. De hecho, mi hijo es millennial y es por eso que me decidí a escribirles esta carta plural: porque es ver a uno y conocer a todos. ¿Qué me trae por acá? La queja.

Y así arranco con mi guirnalda de fastidios. Odio que no puedan –que no sepan– levantar la vista de la pantalla y que, cuando lo hagan, sólo sea para ir a la heladera o bostezar. ¡Si hasta al baño van con el celular, la tableta, el no sé cuánto watch, que es como tener un trasbordador espacial en la muñeca!

Pero sépanlo: hubo un mundo anterior a todos ustedes. Un mundo analógico y alámbrico en el que se hablaba con los otros por teléfono y hasta existían unas cosas llamadas "bibliotecas" en la que se guardaban discos y no reggaetones ni mantras de XX Tentación.

En el fondo dan un poco de pena. Sufren síndrome de abstinencia digital no bien se los aleja un poco de la ciudad, son conmovedoramente confiados y la única vez que los noto francamente inquietos es cuando se corta la luz. Pero ojo, no se confundan: yo no los odio ni nada que se le parezca. Sólo me desespera un poco ese aire de hiperconexión que tienen.

¿Sabrán vivir offline algún día? ¿Sabrán que el universo no se creó el día en que ustedes tocaron por primera vez una pantalla? ¿Entienden el significado de AC/DC?

Esta chica analógica que les escribe los quiere mucho. Pero bajen el copete. Nosotros, los canosos, pagamos desde los dispositivos hasta las cuentas de luz, además de llenar las heladeras que ustedes se encargan de bajar con aire displicente. Así que un poco de respeto. ¡Y larguen el control de la consola que la compramos para todos!

A vos, millennial…

por LUIS BUERO, periodista

Ilustración VERÓNICA PALMIERI

Años atrás una maestra de primaria me contó esta anécdota: uno de sus alumnos le estaba pegando con una regla en la cabeza a un compañero, la docente le dijo que se detuviera y el chico le respondió: "vos mejor callate". Ella lo mandó a dirección y al rato la directora la llamó para decirle que tenía que ser más paciente con los educandos. Tiempo después, ya en el ámbito universitario, un muchacho le dijo a su profesora socióloga que él había decidido no estudiar la obra de Kant (que estaba en el programa de la materia) y cuando lo quiso reprobar, el alumno se quejó ante el rector y éste le dijo a la profe que el alumno tenía el derecho de no leer a un autor si no quería.

De este tipo de "enseñanzas" venís vos, querido millennial, de hogares donde papá no estuvo presente porque estaba ocupado, o te pidió diez veces permiso para que le des la manito a los cinco años para cruzar juntos una avenida. Licuada ya la Ley del Padre en la familia y en las instituciones, es razonable que no te preocupe saber qué escribió Cortázar o qué filmó Almodóvar.

Es inevitable que no respetes al policía de la esquina, que tomes un colegio, pintes el Cabildo con consignas y crees tu propio lenguaje inclusivo. Y es probable que ni pienses en casarte o parir hijos, vas a seguir jugando a la play hasta que te dé artrosis y seguro sacándote fotos con trompita hasta el fin de los tiempos. Pasarás de la adolescencia a la vejez directamente, pero en tu vida relatada en Instagram no se van a dar cuenta. ¡Y que nunca te falte Google!