La hora de verdad para la defensa de la democracia en América Latina es ahora: ¿estará la región a la altura?

América Latina se enfrenta a una encrucijada histórica en la que debe decidir si perpetúa la complicidad o asume un rol activo en la defensa de los derechos fundamentales frente a regímenes represivos

Guardar
América Latina se enfrenta a una encrucijada histórica en la que debe decidir si perpetúa la complicidad o asume un rol activo en la defensa de los derechos fundamentales frente a regímenes represivos. REUTERS/Leonardo Fernandez Viloria
América Latina se enfrenta a una encrucijada histórica en la que debe decidir si perpetúa la complicidad o asume un rol activo en la defensa de los derechos fundamentales frente a regímenes represivos. REUTERS/Leonardo Fernandez Viloria

En un mundo donde el autoritarismo gana terreno, América Latina sigue siendo un bastión de la democracia. Sin embargo, durante décadas, los líderes democráticos de la región toleraron en su seno excepciones como las dictaduras cubana, nicaragüense y venezolana. Estos regímenes son la antítesis de muchos de los valores que nuestra región dice defender. Ese largo historial de silencio, respuestas tibias y falta de coordinación por parte de nuestros líderes tuvo un alto precio: millones de cubanos y venezolanos han sido y siguen siendo víctimas de crímenes de lesa humanidad, censura masiva y persecución despiadada.

Hoy, los regímenes de Cuba y Venezuela se enfrentan a una presión externa sin precedentes, que abre una ventana de oportunidad única para un cambio real. Esto es algo que los líderes democráticos de la región tienen que aprovechar sin retraso. Muchos de ellos gobiernan países que alguna vez padecieron dictaduras sostenidas por la complicidad e indiferencia del resto de la región. Ahora tienen la oportunidad de aprender de su propia historia para asegurarse de que los pueblos cubano y venezolano vuelvan a ser dueños de su destino.

PUBLICIDAD

Este año, Estados Unidos tomó medidas que cambiaron el rumbo de dos de los países más represivos del mundo. La captura de Nicolás Maduro el 3 de enero dio inicio a un proceso que hasta hace poco era impensable. Tras su caída, los cabecillas restantes del régimen empezaron a liberar lentamente presos políticos e incluso se promulgó una ley de amnistía, aunque insuficiente y limitada, que mantiene a muchos disidentes presos, silenciados o perseguidos por la justicia, y que recibió un final prematuro anunciado a fines de abril. También, el 5 de marzo, se restablecieron las relaciones diplomáticas entre EEUU y Venezuela por primera vez desde 2019.

Pero esto está lejos de representar el fin de la dictadura. Figuras clave como la reemplazante de Maduro, Delcy Rodríguez, y el ministro del Interior, Diosdado Cabello, siguen en el poder, a pesar de ser responsables directos de años de atropello a las instituciones y graves violaciones de derechos humanos. La rendición de cuentas también se encuentra en juego, cuando figuras como el exfiscal general Tarek William Saab, quien fue obligado a renunciar, todavía no han enfrentado consecuencias por el rol crucial que tuvieron en el aparato represivo del régimen.

PUBLICIDAD

En Cuba, la presión sigue aumentando. El fin de los envíos de petróleo venezolano profundizó una crisis humanitaria que el propio régimen generó y que el pueblo padece desde hace años, marcada por apagones, falta de bienes esenciales y una infraestructura gravemente deteriorada. Pero la dictadura cubana, experta en reprimir y silenciar a las voces críticas, respondió a las protestas con más represión. A principios de febrero detuvieron a dos creadores de contenido independientes y siguen persiguiendo a manifestantes en toda la isla.

Con ambos regímenes en su momento de mayor debilidad, hay una pequeña luz de esperanza para una transición. En Venezuela, algunos opositores salieron de la cárcel y otros de la clandestinidad para volver a la militancia. Mientras tanto, aunque organizarse en Cuba es casi imposible por el control totalitario del régimen que asfixia a la sociedad civil, los cubanos en el exterior se unieron para ofrecer una alternativa real a la dictadura que durante más de 65 años los ha empujado al exilio.

Sin embargo, estas oportunidades tienen pocas probabilidades de prosperar si las democracias de la región siguen con su política de indiferencia, sobre todo los líderes de tres de las democracias más grandes: Lula da Silva en Brasil, Claudia Sheinbaum en México y Gustavo Petro en Colombia. Aunque afirmaron ser “neutrales” ante el robo de las elecciones de 2024 por parte de Maduro, escudándose en el supuesto respeto a la soberanía, lo único que hicieron fue darle tiempo al chavismo para consolidar su fraude por la fuerza. Lamentablemente, esto no es nada nuevo. Durante décadas, líderes regionales pasaron del apoyo abierto al silencio cómplice ante estos regímenes, muchas veces para no incomodar a aliados ideológicos. Pero nunca es tarde para cambiar de rumbo.

Es entendible que las tácticas de EEUU generen inquietud e incomoden a muchos en la región. Pero si bien se puede debatir la legalidad o conveniencia de estas medidas, el rechazo a la política estadounidense no puede sostenerse sacrificando la democracia y los derechos humanos.

La salida para los países que desconfían de las formas de Washington no es el silencio, sino la participación activa. Tienen que sentarse a la mesa y tomar un rol activo en la promoción de transiciones democráticas. Deben enfocarse en empoderar a la sociedad civil y promover un proceso pacífico, basado en los principios interamericanos que todos los Estados de la región se comprometieron a defender. Tienen que exigir garantías para las libertades fundamentales y, sobre todo, el respeto al derecho a la autodeterminación, que corresponde exclusivamente a los pueblos venezolano y cubano. No tienen que hacerlo ni por los intereses de Estados Unidos ni por los propios, sino por la democracia y por los que hoy siguen sufriendo bajo la tiranía del autoritarismo.

Una región de democracias no puede normalizar regímenes que violan valores interamericanos fundamentales y que cometen sistemáticamente crímenes de lesa humanidad. El momento de cambiar es ahora, y los líderes de América Latina deben decidir de qué lado de la historia quieren estar.

*Ezequiel Podjarny es Policy Officer de Human Rights Foundation (HRF)

PUBLICIDAD

PUBLICIDAD