
Hipermercado. Sábado a la tarde. Familias enteras que entran y salen sin parar. Caminan apuradas, nerviosas. Las parejas se besan, se abrazan, discuten… Los chicos lloran, gritan, se ríen… Las góndolas se transforman en laberintos llenos de falsas ofertas y sueños incumplidos. La certeza de que el tiempo perdido no se puede comprar nos amenaza a todos con la misma fuerza. Los miro. Los miro y me siento parte de un círculo vicioso que gira en espiral.

Soy víctima, juez y testigo. Hasta acá, ninguna novedad. Ninguna, hasta que intento avanzar para comprar lo que necesito, y me doy cuenta de que estoy rodeada de árboles de Navidad. Y de Papás Noel. Y de guirnaldas de colores que se me caen encima de la cabeza. Todo verde. Todo rojo. Todo color plata,
blanco y dorado. Colores plenos, estridentes, saturados. Luces que se apagan y se encienden a un ritmo feroz. Pensar que recién estamos a mediados de noviembre.
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Ya estoy sintiendo que la Navidad se me viene encima, que está a la vuelta de la esquina. Semejante realidad no me gusta para nada y me obliga a reflexionar. No me gusta porque no deja de ser otro mandato. Otro recurso marketinero que nos han intentado vender con la única intención de domesticar nuestros deseos. Esos deseos que nos constituyen. Los que nos vuelven irrepetibles, únicos, infranqueables. Los mismos que nos diferencian de los demás. Los que nos exponen, nos vulneran y nos protegen. Los que nos hacen entender que no importa cuánta cantidad de comida hay en una mesa, sino la calidad de gente con la elegimos estar. Por todo esto (y por otros motivos que no vienen al caso) es que hace algunos años decidí pasar la noche del 24 de una manera diferente: faltar a la mesa de los que me hubiese gustado que me quisieran, para comenzar a sentarme al lado de las personas que yo quería de verdad.
Parece un juego de palabras, pero no. Y les juro que fue una las decisiones más importantes que tomé en mi vida porque, volviendo al principio, dejé de ocuparme de contar cuántas bolas, guirnaldas o luces le faltaban a mi arbolito para comenzar a preguntarme cuánta gente sobraba a mi alrededor y cuánta otra de verdad disfruta de estar a mi lado. Debo confesar que es un ejercicio que al principio da un poco de miedo, pero que termina siendo completamente liberador. Y justamente por eso, porque fue tan importante para mí, es que quiero compartirlo con ustedes. Con cada una de las mujeres que este año se animaron a saltar y soltar… Y con todas aquellas que todavía están haciendo el intento. Que estas fiestas las encuentren reconciliadas con ustedes mismas. Que las ganas se hagan realidad. ¡Chinchín! ¡Salú!
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por Luciana Prodan
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