Leer y escribir no alcanza: el desafío de comprender el mundo

La definición clásica de lectoescritura queda corta frente a la necesidad de interpretar la realidad y producir sentido, una exigencia que conecta la educación con la libertad individual

Figura de letras que emerge de un libro abierto con luz, junto a siluetas de personas leyendo en libros físicos y tabletas.
La alfabetización ya no se limita a decodificar letras, sino que exige comprender textos e interpretar críticamente la realidad (Imagen Ilustrativa Infobae)
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En una sociedad saturada de información, aprender a leer y escribir no alcanza. Quien no puede comprender un texto, distinguir una opinión de un hecho o construir una voz propia queda nuevamente del lado de la exclusión.

Cada 8 de septiembre, el calendario instituido por la UNESCO señala una fecha que nos interpela directamente sobre un derecho humano fundamental que pareciera sigue siendo un privilegio. Las cifras que nos rodean son estremecedoras, en el ámbito mundial, al menos 750 millones de jóvenes y adultos no saben leer ni escribir (y de ese total, dos tercios son mujeres), mientras que 250 millones de niños y niñas no logran adquirir las habilidades básicas de cálculo y lectoescritura. Detrás de cada uno de estos números no hay solo estadísticas frías; hay trayectorias limitadas en sus posibilidades, proyectos postergados y puertas cerradas al ejercicio pleno de la ciudadanía.

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Históricamente, entendimos la alfabetización como la simple capacidad de decodificar letras, escribir palabras o resolver cuentas básicas. Hoy, esa definición es sumamente reduccionista. En una sociedad atravesada por la información constante, estar alfabetizado implica comprender un texto, interpretar críticamente la realidad y percibir qué y cómo mejorar el entorno que nos rodea.

Nuestra relación con la palabra escrita define los actos más cotidianos, desde escribir una lista de compras, enviar un mensaje de WhatsApp familiar o redactar una nota para la escuela, hasta defender una postura propia ante una injusticia.

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Es aquí donde el debate adquiere una urgencia particular, especialmente en América Latina y en Argentina. La gran pregunta de nuestro tiempo ya no es solo si los chicos aprenden a leer, sino si verdaderamente comprenden lo que leen y si son capaces de producir sentido por sí mismos. ¿De qué sirve que adquieran una certificación escolar si un joven no logra interpretar una noticia, redactar un informe para su trabajo o argumentar su propio punto de vista? La alfabetización funcional y digital se ha convertido en la nueva y verdadera frontera entre la inclusión y la exclusión. Quien hoy queda fuera de la cultura escrita tradicional y del universo tecnológico sufre una doble exclusión que profundiza aún más la brecha de los sectores sociales más vulnerables.

Para desarmar esta realidad, resulta interesante retomar a un referente de la pedagogía latinoamericana, Paulo Freire, quien planteó que alfabetizar va mucho más allá del mero deletreo; exige una comprensión crítica del mundo político, social y económico del educado. Su mirada nos recuerda que enseñar requiere escuchar al otro, respetar sus saberes y, fundamentalmente, mostrar coherencia entre lo que decimos y lo que hacemos.

Sin embargo, cuando contrastamos este ideal con la realidad cotidiana de nuestras aulas, nos chocamos con una gran tensión. A veces, el ritmo acelerado de la escuela actual, signado por los imponderables y la urgencia de cumplir con lo requerido, suele quitarnos el tiempo indispensable para reflexionar sobre los procesos de aprendizaje. Seguimos atrapados en la ilusión homogeneizadora de que todos los estudiantes de una misma edad actuarán de la misma manera o transitarán la escolaridad obligatoria en idéntico tiempo y forma. Sin embargo, debemos romper con esa rigidez.

Alfabetizar hoy nos exige reconocer la singularidad y la trayectoria de cada alumno, diseñando alternativas de enseñanza que respondan a las problemáticas reales de sus propios contextos. No alcanza con la buena voluntad ni con discursos políticamente correctos. Donde hay alfabetización, hay libertad y autonomía; por ende, garantizarla no es un gesto asistencialista, sino un estricto acto de justicia social.

Este desafío nos convoca a un compromiso colectivo y urgente. A los gobiernos les corresponde diseñar políticas educativas sostenidas en el tiempo, respaldadas con presupuesto real, e implementar formación docente continua y capacitación en servicio, además del uso pedagógico de la tecnología. A nosotros, como sociedad, nos toca desterrar la indiferencia, esto es involucrarnos en asociaciones civiles u ONG para exigir a los gobiernos de turno el derecho a la alfabetización y también acompañar las trayectorias de los niños, niñas y jóvenes, especialmente los de contextos más necesitados.

Sin lectura no hay pensamiento crítico. Sin escritura no hay voz propia. Es una tarea urgente democratizar la palabra y asegurar las herramientas para que cada persona pueda pensar y decidir por sí misma, único camino posible para empezar a escribir una historia colectiva que nos involucre a todos.