Malvinas, ¿las islas que nos esperan?

A 44 años de la guerra, el presidente Javier Milei anunció sanciones para las petroleras que exploten los recursos de las Islas Malvinas. Además, anunció la construcción de una base naval estratégica en Tierra del Fuego

Ilustración de las siluetas oscuras de las Islas Malvinas contra un cielo azul claro con nubes blancas, sobre mástiles azules y blancos y hierba verde en primer plano.
Esta ilustración presenta las siluetas de las Islas Malvinas sobre un cielo azul con nubes, sostenidas por mástiles con los colores de la bandera argentina, simbolizando el reclamo de soberanía del país sobre el archipiélago. (Imagen Ilustrativa Infobae)
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De la tristeza de la guerra a las imágenes de hoy, actualizar la foto de las Islas Malvinas 44 años después del arrebato, de las bombas y de nuestros soldados muertos puede resultar doloroso. No hay huellas de Argentina, no hay casi nada que nos remita a nosotros. Hay un lugar donde un argentino que llega se siente foráneo, y una diversidad global asentada que no se espera encontrar. Hay riqueza y prosperidad, y conductas anglosajonas que parecen férreas aun cuando existe la mezcla con chilenos o filipinos, las culturas migrantes que predominan. Los hábitos más comunes, el devenir rutinario de la vida, hablan de una pequeña Gran Bretaña austral, con bandera propia, té de las cinco y autonomía total. Desde luego, pareciera que tampoco hay chances de que los isleños abran un debate sobre soberanía, porque en el archipiélago todo parece estar claro: sus habitantes sienten que no hay nada que discutir.

Puerto Stanley/Argentino —el nombre combinado que proponen Google y la ONU en buena parte del mundo, aunque en la Argentina figura como Puerto Argentino y en el Reino Unido como Port Stanley— tiene un aire de suburbio londinense: calles ventosas, cabinas telefónicas vintage rojas, un pequeño puesto de fish and chips atendido, como muchos comercios, por un matrimonio chileno. Es una ciudad discreta, de casas bajas que no traslucen la riqueza que atesoran. Gracias a la venta de licencias de pesca, un negocio que arrancó en 1987 con la creación de la Zona Económica Exclusiva, Malvinas es hoy uno de los sitios más prósperos del planeta. Son unos 3.700 habitantes y el piso salarial —el de un puesto de maestranza— está en 20 mil dólares al año.

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En la semana que me toca por trabajo vivir allí, el frío naturalmente cala los huesos. Cien personas acaban de entrar al teatro municipal sobre Ross Road, la calle principal. Terminó el maratón de las islas y comienza la entrega de premios. El director del Standard Chartered Bank dirige el acto con sobriedad, pero sin evitar palabras emotivas. Las usa especialmente para agradecer a los cerca de veinte argentinos que compitieron. “Los habitantes de las islas celebramos que vengan cada vez más deportistas de Argentina a participar”, dice con frases precisas. No habla más de lo que corresponde. No se sale del libreto.

Cuatro soldados con uniformes verdes y cascos posan en una trinchera, con una bandera en un poste. Al fondo, un cuerpo de agua y colinas
Cuatro soldados argentinos posan en una trinchera en las Islas Malvinas durante la guerra de 1982, con la bandera nacional izada al fondo. (Captura de video)

Recuerda que corrieron ex soldados ingleses y argentinos que pelearon en los combates de Monte Harriet en 1982, y pide que “sucedan más de estos reencuentros”. Es una escena pequeña, casi doméstica, pero ahí adentro, en ese teatro calefaccionado a pleno, se cuela algo del fondo de la cuestión: la guerra está presente, como un sueño que va y que vuelve, y los isleños aceptan jugar de anfitriones, pero solo si los argentinos respetan ciertas condiciones y los reconocen como dueños de casa. No desprecian los arribos por turismo, maratones o visitas a las tumbas del cementerio de Darwin, pero tampoco esperan de brazos abiertos.

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La Argentina, de hecho, es un tema frecuente en las páginas del Penguin News, el principal medio de prensa local, que se imprime una vez por semana. Los viajeros argentinos son noticia por sus visitas al sitio donde descansan los restos de los soldados abatidos. O porque con mucha frecuencia alguno es demorado por intentar llevarse recuerdos de los campos de guerra. Darwin fue escenario de emociones en los últimos años, cuando las madres de cientos de conscriptos hasta entonces “solo conocidos por Dios” llegaron para encontrarse, por fin, con la lápida y el nombre de sus hijos, tras la identificación que hizo el Equipo Argentino de Antropología Forense. Pero la mayor parte del tiempo es un lugar difícil. Al recorrerlo, se siente el peso de la desolación que atraviesa las cruces, mantenidas por la Comisión Argentina de Familiares. Darwin, a 88 kilómetros de la capital, es la verdadera huella celeste y blanca en Malvinas. Luego no hay argentinidades a la vista.

El Puerto Stanley/Argentino de las Islas Malvinas (Sebastian Modak/The New York Times)
El Puerto Stanley/Argentino de las Islas Malvinas (Sebastian Modak/The New York Times)

Porque todo lo demás es británico puro. En las radios y en los hoteles suena Elton John y Amy Winehouse, como en Buenos Aires sonaría Calamaro. Los bares siguen el manual del british pub: una pinta a media tarde, la tele que pasa fútbol europeo, el cierre puntual a las once. Son apenas seis pubs, y solo en uno —The Victory, “el de los nacionalistas”— existe algo que dialoga con 1982: una foto de Galtieri enmarcada con una tapa de inodoro, colgada en la pared del baño, con la leyenda “Rot in hell you arsehole” (“pudrite en el infierno, pelotudo”).

Los isleños no aceptan que los visitantes lleven banderas argentinas o remeras patrióticas: los aterra la idea de toparse con esa imagen. Apenas se pisa el aeropuerto de Mount Pleasant, una base militar poderosa construida después de la guerra, los oficiales de migraciones otorgan un folleto instructivo: “Por favor, sea respetuoso con los sentimientos sobre el conflicto de 1982. No lleve banderas ni leyendas alusivas. No entone el himno. No recoja de los campos de guerra ninguno de los objetos que yacen a cielo abierto… Una bandera elevada por encima de la cintura es considerada una provocación y está prohibido”. Un caso famoso fue el del ex combatiente Luis Escobedo y otros siete acompañantes, demorados años atrás por mostrar una bandera argentina y cantar el himno frente a las tumbas de Darwin. Cuando me tocó estar allí, todavía seguía esa historia resonando en el ánimo crispado de muchos habitantes. En las reuniones del Consejo que administra las islas, los vecinos pedían un endurecimiento de esas normas. “Si son blandas, cámbienlas”, gritaba una señora enardecida. La mujer proponía que a todos los argentinos que lleguen les abran el equipaje y confisquen cualquier símbolo nacionalista.

Homenaje a los soldados caídos durante la guerra de Malvinas de 1982 (REUTERS)
Homenaje a los soldados caídos durante la guerra de Malvinas de 1982 (REUTERS)

Como los vuelos llegan una vez por semana, todo visitante completa los siete días en el lugar. Es por eso que resulta inevitable ver a los argentinos caminando a diario por la avenida principal de Stanley, luego de realizar sus paseos por los montes de combate —Harriet, London, Dos Hermanas—, donde los restos de la guerra siguen intactos por decisión del gobierno local. Muchos veteranos regresan a las trincheras que ocuparon para reencontrarse con sus elementos de fajina, ya petrificados por el tiempo. El viajero argentino, que practica ahí un extraño turismo triste, casi no se vincula con el kelper anfitrión. Pero se termina hermanando en la experiencia con sus pares coterráneos de vuelo: por lo bajo, arman un mundo aparte de silenciosas consignas patrias, que nadie ve ni comparte.

Del otro lado de ese silencio hay una sociedad que funciona en niveles altísimos de calidad de vida. En las islas no hay delincuencia. El desempleo no supera el 1% desde hace más de dos décadas, y tampoco se consumen drogas. Se necesita mano de obra para edificar casas e infraestructura; se garantiza buen salario y posibilidades de desarrollo para todos por igual. “Puedo estar bien, enviar dinero a mi familia y tener proyectos”, resumía Yanis, nacida en Cebú, Filipinas. Tenía 27 años y era camarera de un hotel boutique. “Aquí hay herramientas para desarrollarse, y el que quiere las usa. Somos una sociedad igualitaria”, decía el chileno Alex Olmedo, que llegó en 1990 y nunca se fue.

Un vistazo a la Marina Real Británica, que ha recibido burla tras burla por parte de Trump y Hegseth
Una pieza de artillería que se conserva desde la guerra, por decisión del gobierno local (AP)

Los impuestos altos que se pagan son devueltos como servicios de calidad. La salud y la educación son gratis. A los 16 años, los jóvenes parten a continuar sus estudios en Gran Bretaña —aunque, según el último censo, la mitad de ellos termina volviendo a vivir y a trabajar en las islas—. Por esa razón hay un salto generacional visible: casi no se ven veinteañeros, y la edad promedio ronda los 37 años. Las complejidades de salud se atienden en Santiago, Punta Arenas o Montevideo; un traslado de urgencia se hace en jet privado, costeado por el gobierno. Incluso la infancia está regulada con una precisión que sorprende: los niños no pueden ser fotografiados sin autorización de sus padres, dos hermanos —varón y mujer— pueden dormir juntos en la misma pieza solo hasta los doce años, y ningún pariente de visita puede dormir en la habitación de los menores. Hubo casos de pedofilia, hace tiempo, y desde entonces se actúa de manera preventiva.

Los isleños están superabastecidos: ir al supermercado ahí es una experiencia globalizada. No hay nada de industria argentina, pero las góndolas están acribilladas de productos globales, y los cortes de carne de producción local son premium y notablemente baratos frente a los estándares europeos. Son, literalmente, ricos. De 1987 en adelante nunca dejaron de crecer, y ahora se restriegan las manos: el proyecto petrolero Sea Lion, a cargo de la británica Rockhopper Exploration y la israelí Navitas Petroleum, prevé el comienzo de la extracción comercial de petróleo y gas recién para el primer trimestre de 2028. Eso traerá más regalías y más población. Si es que prospera.

La vida en las Islas Malvinas es marcada por el aislamiento, el clima extremo y las limitadas opciones de entretenimiento - crédito Planeta Juan
La vida en las Islas Malvinas es marcada por el aislamiento, el clima extremo y las limitadas opciones de entretenimiento - crédito Planeta Juan

Tanto los nacidos y criados como los venidos y quedados perciben un fondo especial del gobierno para comprar pasajes. Al vuelo semanal que llega vía Punta Arenas hay que sumarle el que llega los martes desde Londres, con escala en Cabo Verde: un vuelo del Ministerio de Defensa británico, con servicio impecable, a la vieja usanza —asientos espaciados, mozos aéreos que ofrecen todo el tiempo todo—. El índice de felicidad debe ser elevado. La vida social es fuerte: la gente se desplaza en sus 4x4 Land Rover de último modelo para salir a cenar en sitios refinados. Durante la temporada de cruceros, entre octubre y abril, más de 65 mil personas de todo el planeta bajan a conocer las islas.

Desprecian a Néstor y Cristina Kirchner. Plantean que durante la gestión de CFK se intentó por todos los medios aislarlos del continente, con un aguerrido discurso en la ONU de reclamo de los territorios. Miraron con mejores ojos a Mauricio Macri, por dos razones: prometió deshacer medidas tomadas por Cristina —cosa que nunca terminó de hacer, aclaran ellos mismos— y avanzó con estrategias de acercamiento comercial, sobre todo basadas en la propuesta de sumar más vuelos desde la Argentina. ¿Qué pensarán ahora de Javier Milei, después de su proclama por cadena nacional? Es fácil adivinarlo.

Javier Milei habla en cadena nacional por la causa Malvinas
Javier Milei durante la cadena nacional por la causa Malvinas

En ese contexto de una sociedad próspera, cerrada, ordenada hasta el detalle y profundamente ajena, me crucé con visitantes argentinos. En sus rostros se adivinaba siempre una mezcla de nostalgia y fascinación. Algunos eran ex combatientes; otros, hijos de ex combatientes. Arribaban para cerrar una herida. “Vengo porque cierro el círculo de haber crecido con los silencios de mi padre. Siento que puedo terminar de contar su historia. Pero también descubrí un mundo inesperado y nuevo, de autonomía económica, muy diferente a la Argentina, que nada tiene de argentino. Eso es algo extraño y también novedoso”, me dijo Mariano López, cuyo padre había prestado servicios en el hospital de Puerto Argentino durante la guerra.

Óscar Álvarez, un odontólogo, reflexionaba: “El sentimiento es que las Malvinas son argentinas, pero vemos algo ajeno, claro. Están los campos de guerra y Darwin, que nos conmueven, pero vemos la vida de gente de otro país. Creo que debemos aceptarlo y pensar de qué modo podemos acercarnos más a ellos. Ese sería un ejercicio sano de soberanía”.

Una plataforma petrolera flotante con el cartel Sea Lion en la torre central sobre el mar abierto bajo un cielo nublado.
La plataforma petrolera Sea Lion que opera en las aguas del océano Atlántico cerca del archipiélago de las islas Malvinas (Imagen Ilustrativa Infobae)

Uno tras otro, los testimonios argentinos hablaban de lo mismo: del encuentro con un universo inesperado, que ha conseguido niveles de desarrollo extraordinarios después de la guerra, pero que no pone ese trauma en un primer plano inmediato. Muchos kelpers, que rechazan prestarse a notas con periodistas argentinos, asumen —sin alardes— que “la guerra los salvó”. Un viejo chiste local dice que, en vez de haberle hecho un monumento a Margaret Thatcher, deberían haberle hecho uno a Galtieri. Las Malvinas parecen lejanas incluso cuando se camina a través de sus calles y de sus praderas.

Y sin embargo, el jueves por la noche, a catorce mil kilómetros de esas avenidas ventosas y esos pubs que cierran a las once, Javier Milei habló por cadena nacional para anunciar un paquete de leyes y una nueva base naval en defensa de la soberanía sobre las islas. “Las Malvinas son argentinas por historia y por derecho, no hay discusión al respecto”, dijo. Las palabras de Milei nos obligaron a todos a mirar de nuevo hacia allí y, más allá de lo económico y de la disputa política de siempre, a preguntarnos qué es, en definitiva, lo que reclamamos, cuando lo que hay del otro lado del mar es una comunidad chica, próspera y ajena, que hace mucho tiempo dejó de esperarnos.