“Las cosas me salen tan bien que me da miedo”: el trágico fin del único piloto de Fórmula 1 que se consagró campeón después de morir

El 5 de septiembre de 1970, mientras se entrenaba en el Circuito de Monza, el austríaco Jochen Rindt estrelló su Lotus contra una barandilla y perdió la vida. Tenía 28 años y en esa temporada había ganado cinco carreras que lo encaminaban a ganar el título. Su pasión por la velocidad, su manera audaz de conducir, su vertiginoso ascenso a la cima y la premonición que tuvo antes de su muerte

Jochen Rindt (www.jochenrindt.com)
Jochen Rindt (www.jochenrindt.com)
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“Posiblemente no llegue a cumplir 40 años, pero habré experimentado más cosas que cualquier otro hombre hasta ese tiempo…”, dijo Jochen Rindt poco antes de morir al estrellar su Lotus en el Autódromo de Monza cuando solo había cumplido 28. Esa afirmación, tan subjetiva, es incomprobable, pero al piloto austríaco no puede negársele que disfrutaba transitando la vida a alta velocidad, como tampoco que con su muerte, ocurrida el 5 de septiembre de 1970, se convirtió en el poseedor de un triste récord nunca igualado: es el único caso en la historia de la Fórmula 1 de un piloto consagrado campeón de la categoría después de muerto, porque cuando perdió la vida ninguno de sus rivales, aún ganando todas las carreras del calendario, podía sumar los puntos necesarios para alcanzarlo.

Ese año logró cinco victorias en menos de tres meses: Mónaco, el 10 de mayo; Holanda, el 21 de junio; Francia, el 5 de julio; Gran Bretaña, el 18 del mismo mes; y Alemania el 2 de agosto. Para entonces sumaba 45 puntos y le llevaba 25 de ventaja a Denny Hulme, 26 a Jackie Stewart y a Jackie Ickx, y 33 a Clay Regazzoni, las otras grandes figuras de la Fórmula 1 de la época.

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En las seis temporadas que participó en la Fórmula 1 corrió 59 carreras y ganó 109 puntos. Consiguió seis victorias, nueve poles positions, cuatro récords de vuelta y en dieciocho ocasiones largó desde la primera fila. En tres oportunidades fue segundo; en cinco, tercero; en seis, cuarto; una vez quinto y otra, sexto. Solamente en cuatro carreras llegó a la meta en puestos que no le otorgaban puntos y en 33 tuvo que abandonar. “Yo trato de andar lo más fuerte que puedo; si los fierros no aguantan, que trabajen los mecánicos. Las carreras son para correr”, decía sobre su gran cantidad de deserciones. Y también: “Si no estoy en la pista con posibilidades de ganar prefiero quedarme en los boxes. No me interesa pelear un noveno o un décimo puesto”.

Su manera de conducir era diferente y en ocasiones espectacular. “Tener un auto de carrera bajo control es una expresión de arte”, decía. La frialdad que mostraba al volante también se manifestaba fuera de las pistas. Ni siquiera en el momento de sus mayores triunfos se lo veía exaltado y en las entrevistas respondía siempre con frases cortas y contundentes. También era celoso en la preservación de su vida privada y de la familia que había formado con la modelo finlandesa Nina Lincoln y la hija de ambos, Natasha.

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Con Nina, su mujer (www.jochenrindt.com)
Con Nina, su mujer (www.jochenrindt.com)

Siempre al límite

Karl Jochen Rindt nació el 18 de abril de 1942 en Maguncia, Alemania, de padre alemán y madre austríaca. Quedó huérfano cuando era un bebé luego de que sus padres murieran en un bombardeo. Creció con sus abuelos maternos, que lo adoptaron, en Grasz, Austria. Se convirtió en un adolescente rebelde, que disfrutaba desafiando a la autoridad y también al peligro. Por esos años se fracturó dos huesos en carreras de esquí escolares y, cuando se pasó a los deportes de motor, primero en ciclomotor y luego en motocross, nunca se conformó con un papel mediocre: o ganaba o se estrellaba. Más de una vez fue detenido por la policía por participar en “picadas” callejeras con un Volkswagen de carrocería emparchada que manejaba pisando el acelerador a fondo. De esos apuros lo sacaba siempre su abuelo, que era un importante abogado de la ciudad.

En la biografía que ofrece la página oficial de la Formula 1 se puede leer esta descripción del joven Rindt: “Adoptaba una apariencia deliberadamente descuidada y tenía una personalidad algo brusca. Usaba trozos de cuerda en lugar de cordones para atar sus zapatos desgastados. Su nariz chata de boxeador (nació así) y su forma brusca de hablar le daban un aire intimidante. Confiado hasta la arrogancia y sumamente ambicioso, decidió, siendo aún adolescente, alcanzar la cima del automovilismo”.

Para ayudarlo en su pasión, su abuelo le compró un primer auto de competencia, un Simpa con el que participó en varias carreras de montaña. De los pilotos de la época admiraba más que a ninguno al alemán Wolfgang von Trips, que murió en un accidente en Monza en 1961. En 1962 se compró un Alfa Romeo TI 1300 con preparación de fábrica, con el que venció en su debut en el Autódromo de Aspern, cercano a Viena. Fue la primera de una serie de nueve victorias logradas ese año. Pero su objetivo era correr en monoplazas y lo consiguió participando en la Fórmula Junior con Cooper-Ford del equipo Kurt Bardi-Barry. Su debut fue en Vallelunga, Italia, donde hizo la pole positions. En la siguiente carrera fue segundo y en la tercera, en Mónaco, obtuvo el cuarto puesto. Alternaba esos logros con frecuentes accidentes que más de una vez lo llevaron al hospital.

En las seis temporadas que participó en la Fórmula 1 corrió 59 carreras y ganó 109 puntos. “Yo trato de andar lo más fuerte que puedo; si los fierros no aguantan, que trabajen los mecánicos. Las carreras son para correr”, decía (www.jochenrindt.com)
En las seis temporadas que participó en la Fórmula 1 corrió 59 carreras y ganó 109 puntos. “Yo trato de andar lo más fuerte que puedo; si los fierros no aguantan, que trabajen los mecánicos. Las carreras son para correr”, decía (www.jochenrindt.com)

Entre buenas y malas

En 1964 viajó a Inglaterra y compró un Brabham de Fórmula 2 por 4000 libras en efectivo que también le proporcionó su abuelo. En su segunda carrera en esa categoría, en el circuito de Crystal Palace, llamó la atención de los periodistas especializados por su manera audaz de conducir. “Su coche iba de lado durante toda la carrera. Tomaba las curvas en ángulos increíbles y siempre parecía que iba a salirse de la pista”, se puede leer en una de las crónicas sobre esa competencia.

Al año siguiente firmó un contrato de tres años con Cooper para la Fórmula 1, cuyos autos no eran de los mejores, pero se dio el gusto de ganar las 24 Horas de Le Mans a bordo de una Ferrari 250LM formando equipo con el estadounidense Masten Gregory. “Durante dos temporadas más al volante de unos Coopers superados y otra con un Brabham poco fiable, Rindt exprimió su maquinaria sin piedad. A menudo parecía estar completamente fuera de control, y Jochen reconoció que las apariencias no engañaban. Cuando le preguntaron con qué frecuencia conducía al límite, respondió: ‘¿Acaso alguna vez conduje dentro de mis límites?’”, cuenta el periodista especializado en automovilismo Gerald Donaldson.

Entre 1967 y 1970, Rindt participó tanto en carreras de Fórmula 2 como de la máxima categoría, pero con suerte diversa. En la categoría principal no lograba ubicarse entre los pilotos top, mientras que en la F-2, manejando un Brabham del equipo privado de Roy Winkelmann, logró ganar 13 de las 23 carreras en las que participó, casi una de cada tres competencias. Semejante récord contrastaba con su desempeño en la F-1, donde por esos años no obtuvo ninguna victoria y tuvo 21 abandonos en 32 carreras. Para explicar esos desempeños diferentes, Rindt aseguraba que no se trataba de su manera de conducir sino de la competitividad de los autos con los que corría en una y otra categoría. Necesitaba un buen auto para triunfar en la Fórmula 1 y la oportunidad le llegó como consecuencia de un desgraciado accidente.

Así quedó su coche luego de su accidente fatal en Monza, en 1970 (Archivo CORSA)
Así quedó su coche luego de su accidente fatal en Monza, en 1970 (Archivo CORSA)

La gloria y la muerte

Fue la muerte de Jim Clark en un accidente de F-2 en Hockenheim, Alemania, la que le abrió las puertas de la gloria, porque Colin Chapman debió buscar quien lo reemplazara en su escudería de Fórmula 1. Con un potente Lotus 49, el 5 de octubre de 1969 logró su primera victoria en esa categoría en el Gran Premio de los Estados Unidos. Después de ese triunfo, Jackie Stewart le dio un espaldarazo al coincidir con lo que Rindt venía diciendo de sus bajos desempeños de la F-1. “Estoy seguro de que antes hubo una gran frustración por parte de Jochen. Aunque su éxito en F-2 lo mantuvo en carrera. Fue vital para mantener su reputación y ahora lo tenemos triunfante aquí”, dijo.

El año, sin embargo, terminó mal para Rindt. Estaba liderando el Gran Premio de España, en el circuito de Montjuic, Barcelona, cuando el alerón trasero de su coche se desprendió, lanzándolo contra los restos del Lotus de su compañero Graham Hill, que ya se había estrellado por el mismo motivo. Hill salió ileso, pero Jochen sufrió una conmoción cerebral y una fractura de mandíbula.

Superado ese contratiempo, la consagración le llegó en 1970. En mayo logró su primera victoria del año con un auto que ya se consideraba viejo. “Llegó a Mónaco con el obsoleto Lotus 49, ya que el nuevo modelo 72 aún no estaba listo para competir. Tras permanecer en quinta posición durante gran parte de la carrera, el abandono de otros pilotos lo catapultó al segundo puesto, a 15 segundos de Jack Brabham, que conducía uno de sus propios coches. Presintiendo la victoria, Rindt procedió a recortar distancias con el líder de la carrera mediante una emocionante, incluso aterradora, embestida que hipnotizó a todos los que la presenciaron, incluido el propio Brabham. Rindt fue cada vez más rápido, pulverizando el récord de vuelta. Para el veterano Brabham, la visión del Lotus desbocado acercándose cada vez más por los retrovisores resultó una distracción tal que, en la última curva de la última vuelta, se estrelló contra las barreras”, relata el periodista Donaldson.

En las semanas siguientes, ya con el Lotus 72, ganó cuatro carreras consecutivas: el Gran Premio de los Países Bajos y los de Francia, Gran Bretaña y Alemania. Su desempeño sorprendió a todo el mundo: era un piloto casi debutante en una escudería competitiva y en menos de un año se encaminaba a ganar, por una abrumadora diferencia de puntos, el campeonato mundial de pilotos de la máxima categoría del automovilismo.

Pero ese año de gloria sería también el de la muerte. El sábado 5 de septiembre, mientras se entrenaba para el Gran Premio de Italia, se estrelló inexplicablemente con su Lotus contra una barandilla del Circuito de Monza, casi en el mismo lugar donde nueve años antes había muerto Wolfgang von Trips, el piloto que había admirado en su adolescencia. Como una premonición, días antes Rindt le había dicho a su amigo Bernie Ecclestone: “Las cosas me salen tan bien que me da miedo”.

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