Leo Messi, alma bonita

La despedida del rosarino condensa una emoción generacional y reordena la memoria reciente de un ciclo con 207 partidos y seis trofeos

Lionel Messi cerró un capítulo del fútbol internacional con su despedida de la selección argentina. (REUTERS/Agustin Marcarian/File Photo/File Photo)
Lionel Messi cerró un capítulo del fútbol internacional con su despedida de la selección argentina. (REUTERS/Agustin Marcarian/File Photo/File Photo)
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Esas lágrimas de Leo Messi cuando no consiguió el último reto, el último sueño, ¡qué metáfora de un tiempo que se cerró para siempre! Más allá de las emociones personales de ese malabarista sublime del fútbol, su sentimiento concentraba una emoción colectiva que había nacido 34 años antes en un club de barrio llamado Abanderado Grandoli. Allí, con apenas cinco años, un pequeño rosarino ya soñaba con representar a su país. Pero en aquel momento no nacía solamente un jugador argentino, sino un futbolista universal, un genio que nos marcaría para siempre y por el que amaríamos el fútbol como nunca. Le Figaro dijo en su despedida de la selección que se “se cerró un capítulo en el fútbol internacional para siempre”, y la prensa consideró la noticia como “una bomba mundial”. Detrás quedaban 207 partidos jugados con la Absoluta y sus 6 copas ganadas, que sumadas a los títulos conseguidos a lo largo de su carrera, lo convierten en el futbolista más extraordinario de la historia. De ahí que las lágrimas de Messi lo definieran a él, tanto como nos apelaba a millones de personas conscientes del final de una época gloriosa.

Sobra recordar su palmarés imbatible, sus 1.171 partidos jugados, sus 927 goles marcados, sus 35 títulos con el Barcelona, sus 48 títulos globales, sus 8 balones de oro, sus 6 botas de oro, sus 3 premios The Best..., único, grandioso. Una grandeza que no solo se ha definido por los triunfos conseguidos, sino también y sobre todo por esa capacidad mágica de controlar los tiempos y los espacios, arquitecto de jugadas imposibles que han quedado para siempre en la retina colectiva. El juego bonito, pero más allá, el juego inteligente, arriesgado, audaz... Los que tuvimos la enorme suerte de disfrutarlo desde las gradas del Barça nunca podremos olvidar las tardes de alegrías desatadas que nos regaló, elevando nuestro club a la cima más alta. Fue un culé desde el primer minuto de La Masía, y aprendimos a amarlo a través del amor que nos dio, catalán de adopción y, a la vez, siempre argentino, amando sin concesiones a su país, incluso en los tiempos en que Argentina le dio la espalda.

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No sirve este espacio para valorar su tipo de juego, sus extraordinarias habilidades deportivas, su excepcionalidad en el juego. Otros saben más y lo han escrito, y el resto solo podemos agradecer la felicidad que tantas veces nos ha dado. Este artículo, por tanto, no va del Messi futbolista (no podría, no sabría), sino del hombre que late detrás del jugador, cuyos valores han trascendido más allá de sus triunfos. Es decir, no va de fútbol, sino de superación, de resiliencia, de civilidad, de humanidad. No va de fútbol, sino de la vida. Y ha sido en ese campo tan abrupto y difícil, donde Messi ha ganado la Copa de copas, y se ha convertido en el paradigma de los valores que pueden proyectarse pateando una pelota. Son demasiadas las veces en las que grandes jugadores se han convertido en muñecos rotos, incapaces de conciliar la belleza de su juego con la decencia de su vida, embarrancados en la fama, el dinero y los abusos. Los hemos visto crecer, convertirse en estrellas y arrastrarse por el lodo, completamente disociados el jugador y el ser humano. Messi, en cambio, fue capaz de caminar por la cuerda floja del éxito y la riqueza sin la arrogancia de los simples, ni el desenfreno de los ambiciosos, cauto en sus maneras públicas y sólido en su vida privada. Y capaz de conservar una humildad de origen que lo ha acompañado en todo su viaje, y que ha tenido en la carta de su retiro, su momento más elevado. “Me vacié, ya no tengo más para dar”, y así, con esa sencillez sublime dijo adiós a su selección, cerrando un capítulo de su vida que es una época entera del fútbol.

Como apunte final, el valor de la superación como motor de su crecimiento deportivo. Messi no lo tenía fácil y, a pesar de la genialidad que escondía su personalidad deportiva, podría haber quedado como un intento de jugador, uno más de los muchos que pudieron ser y no fueron. Pero ni su padre ni él aceptaron la adversidad como destino, y el resto es conocido: su llegada a Barcelona, su instinto de lucha, su trabajo constante, su permanente superación. Padre e hijo y la Masía: el triángulo que acabó forjando a un genio. Y después, la resiliencia que lo ha llevado a participar en su último mundial con 39 años, jugando todos los partidos, liderando la mayoría, dejando la piel en cada jugada, con la determinación de los héroes griegos. Superación, resiliencia y ética de vida, la clave que ha convertido a Messi en el grande entre los grandes. “Ahora voy a ser uno más de ustedes, alentando y bancando siempre desde afuera (en las buenas y en las malas, mucho más)”. No cabe duda. Nunca dejó de ser ese niño de La Masía que luchó por crecer y acabó engrandeciendo al Barça.

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Como seguidora fiel del Fútbol Club Barcelona, gracias por tanto que nos diste, mucho más de lo que hubiéramos soñado. Y como amiga del alma de mi pueblo argentino, gracias por estar ahí con los tuyos, sin olvidarnos nunca al resto. Te amamos como jugador y te admiramos como ser humano: Lionel Messi, un alma bonita.

X: @RaholaOficial

Web: https://pilarrahola.com

Instagram: pilar_rahola/

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