Si hablamos de la política exterior de nuestro país en la patética pretensión fundacional del gobierno de Miel, el apoyo ciego a Israel y a EEUU configura un sinsentido cuyas duras consecuencias estamos soportando. No le vendría mal considerar el premio Nobel de la Paz otorgado a Carlos Saavedra Lamas en 1936 por su decisiva contribución al fin de la Guerra del Chaco, el desempeño del Canciller de Perón, Juan Atilio Bramuglia, quien como presidente del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas tuvo un rol determinante durante el bloqueo de Berlín de 1948 y logró que las cuatro potencias involucradas en el conflicto (Estados Unidos, la Unión Soviética, el Reino Unido y Francia) crearan un comité a fin de resolver los puntos de disputa decisivos. Tal vez enterarse también de que el gobierno de Perón fue de los primeros en reconocer al Estado de Israel en 1949, para no dejar de mencionar elogiosamente al Canciller de Raúl Alfonsín, Dante Caputo, durante el conflicto del Beagle. Ante estos ejemplos -muchos más podrían añadirse al respecto- tanta pequeñez, propia de las dictaduras y las autocracias de toda índole, resulta dolorosa, cuando no indignante.
Netanyahu asesina en defensa de tierras, propias y ajenas, mientras Trump despliega una política proteccionista que utiliza para imponer su voluntad, reprimiendo y expulsando a inmigrantes, muchos de ellos legales y con familias que terminan separadas. Este ridículo gobierno, el nuestro, suscribe causas que ni siquiera es capaz de imitar, pone en venta nuestras tierras y se regodea en obtusos lugares comunes del estilo “proteger es cazar en un zoológico”. Es absolutamente incomprensible la adhesión de nuestro país a estas dos naciones que, más allá de algunos beneficios pasajeros otorgados, son responsables de la repercusión de los odios que se han ganado con creces en la mayoría de las sociedades del mundo y que nosotros hoy debemos soportar.
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Una cosa es la relación con las sociedades y otra muy distinta, la dependencia de ellas. El fútbol, uno de nuestros escasos logros, fue receptor del rechazo que esta política irracional engendró en la humanidad. Esta y no otra es la principal explicación de la triste serie de agresiones que sufren tantos argentinos que, por nuestros errores, debieron buscar trabajo en el exterior. Así, hoy, además de verse impedidos de habitar en el lugar de sus raíces, terminan siendo víctimas de desmedidas agresiones.
Resulta muy difícil entender de qué nos sirve participar en esa visión del mundo. ¿Qué le aportamos? Nada más irracional que pretender que una supuesta ideología nos permita enseñarles a otros, desde nuestro lamentable fracaso, el camino hacia el éxito. Los marxistas soñaban con el proletariado universal que superaría los límites de las naciones; estos libertarios imaginan que el consumidor es alguien que no tiene ni patria ni bandera, y que, por ende, destruir la estructura del Estado implica en sí mismo ingresar en alguna expresión de futuro. Milei, en su inaudita megalomanía, se sintió capaz de explicarle al mundo sus teorías económicas sin asumir cuán lejos estaban de ser exitosas en la sociedad a la que las aplicaba, la suya, esa que no siente como propia y menosprecia.
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Adherimos a gobiernos como el español, en un intento de acercarnos a Europa, pero estamos más cercanos a los sucedáneos del franquismo, que a la madura concepción que Europa tiene del Estado. En su incomprensión de la realidad, Milei intenta apoyar a Bolsonaro sin entender que las naciones bien constituidas abarcan en su seno distintas miradas políticas, siendo, en primer lugar, fieles a su nación y a posteriori, partícipes de distintas concepciones ideológicas. No existen naciones sin Estado. El proceso de descolonización se inició en el Siglo XIX y no se detuvo. La propuesta que estos supuestos pensadores sin ideas enfrentan en su autodenominada “batalla cultural” es la opuesta: que seamos colonia, olvidando que si de algo carecen es de una identidad cultural respetable.
Los países se piensan desde la integración de sus habitantes y en consecuencia, no es el valor de los bienes el que estructura las propuestas, sino la integración y la dignidad de su población. Incluso los países ricos sostienen enfrentamientos con los monopolios en la conciencia de que los grupos económicos no pueden jamás ser más poderosos que el destino colectivo.
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Sabido es que desde Menem para acá, las supuestas privatizaciones no son otra cosa que el robo de aquellos bienes forjados entre todos los argentinos. Nadie ignora que la corrupción del Estado puede tener etapas nefastas, lo que jamás puede hacer es inducirnos a concebir que ese latrocinio debe dejar las necesidades colectivas en manos del enfermizo egoísmo de los grupos de poder.
Este gobierno, con la ayuda invalorable de impensados aliados, logró una Reforma Laboral tan pretenciosa como perversa, y si algo vivimos hasta el momento, es el constante crecimiento de la desocupación. Pretenden imponer la idea de una segura reelección de Milei, cuando lentamente los empobrecidos van tomando distancia del gobierno que los hundió en la desocupación, el cierre de empresas, la crueldad hacia los más desprotegidos,en síntesis, la ignominia.
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En el mundo, culturas y naciones se enfrentan con los nuevos ricos del ámbito de la tecnología, en su pretensión de sustituir a los Estados. Esta crisis nos remite al famoso libro de Spengler La decadencia de Occidente. Las bravuconadas de Trump tienen más que ver con la impotencia de esa sociedad por asumir la pérdida de su liderazgo que con el despertar de pueblos ayer sojuzgados y hoy en pleno despliegue de su desarrollo científico, tecnológico, militar, y dueños de una integración social superior a los antiguos poderes coloniales.
El gran debate que obligadamente enfrentamos se asienta en una pregunta esencial: ¿en qué momento se inició nuestra decadencia? Mi generación nació y creció en el país más avanzado del continente y sufre hoy las miserias que los privatizadores y los entreguistas le fueron imponiendo a su destino.
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El actual gobierno seguirá en el proceso de pérdida de adhesiones porque su defensa de la minoría poderosa lo llevará a ese lugar en la próxima elección. Sin duda, somos un país capitalista que necesita de una sólida burguesía nacional, que no tenemos. Hasta el momento, los argentinos se ocupan de esconder sus dólares o de fugarlos, según la dimensión de sus ahorros o de sus saqueos.
Milei, con sus miserias y su desequilibrio emocional, con su demencia, tiene el signo indudable de lo pasajero. El desafío está en manos de la oposición. No se trata solo de construir una opción, sino dos alternativas que puedan respetarse compartiendo un proyecto de adversarios, alejadas de esta absurda confrontación entre enemigos para ocupar, por fin, el digno lugar de gobierno y oposición.
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