Vivir cien años puede ser un deseo, un aburrimiento o una ilusión, según quien lo cuente. Pero lo cierto es que va a ser carísimo. ¿Quién va a costear la salud, los cuidados y los placeres de una vida así de larga? Treinta o cuarenta años después de la jubilación, para los privilegiados que accedan a ella, pero todos sabiendo que con eso no alcanza. Y tampoco los ahorros: planificamos la economía familiar, en el mejor de los casos, para darnos “algunos gustos” después de dejar de trabajar pero nadie nos avisó que ese después va a ser, en muchos casos, sorprendentemente largo.
Los sistemas previsionales, los seguros de retiro y también los ahorros o las proyecciones familiares sobre las herencias no están pensados para el cambio demográfico que llegó antes de que rediseñáramos el relato económico del tiempo vital. Porque la etapa que llega después del retiro no solo es probablemente muy larga sino que también necesita muchos recursos para vivirla con dignidad, salud y bienestar.
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Una jubilación mínima en la Argentina de hoy no cubre las necesidades básicas, pero tampoco la jubilación máxima alcanza si hay que sostener cuidadores, salud y vivienda. Y ni una ni otra resuelven la pregunta que atraviesa todo: ¿qué voy a hacer con mi día a día los próximos cuarenta años?
La economía fue diseñada para vidas de 75 años
Andrew Scott, economista de la London Business School y uno de los investigadores que más trabajó sobre economía de la longevidad, tiene una frase que debería estar en el centro de cualquier debate previsional: el problema no es que vivamos demasiado. El problema es que la educación, el trabajo, el ahorro, las jubilaciones y las empresas continúan respondiendo a una expectativa de vida que dejó de existir.
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Seguimos estudiando como si una carrera tuviera que alcanzarnos para toda la vida laboral. Seguimos imaginando empleos lineales cuando la tecnología obliga a reinventarse varias veces. Seguimos ahorrando para una jubilación de quince años cuando quizás debamos financiar treinta o cuarenta. Seguimos heredando según un calendario pensado para padres que morían mucho antes. Seguimos considerando que cumplir determinada edad marca el final de una carrera profesional aunque el cuerpo, la cabeza y la experiencia digan otra cosa.
Hay un concepto en finanzas que todavía no entró al debate cotidiano y que merece hacerlo: riesgo de longevidad. No significa que vivir más sea un problema. Significa que los instrumentos económicos fueron diseñados suponiendo que la etapa posterior al trabajo sería mucho más corta. Un ahorro capaz de sostener quince años no necesariamente puede sostener cuarenta. En el Reino Unido, la Comisión de Pensiones estimó en 2026 que el 43 por ciento de la población en edad de trabajar no está ahorrando lo necesario para sostener una vejez razonable, con mayor riesgo entre mujeres, trabajadores independientes y la Generación X. Presentar el ahorro privado como la solución individual a este problema sería repetir otra promesa vacía del siglo XX.
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Esa transformación empieza a reflejarse en organismos que hasta hace pocos años hablaban del envejecimiento casi exclusivamente como un problema fiscal. El Fondo Monetario Internacional ya utiliza otra expresión: el dividendo de la longevidad. La OCDE dejó de concentrarse únicamente en la sostenibilidad de las pensiones y comenzó a investigar carreras laborales más largas y más flexibles, jubilaciones parciales, aprendizaje permanente y compatibilidad entre salario y jubilación. En Europa, el 90 por ciento del crecimiento del empleo de la última década vino de trabajadores mayores de 50. El cambio de lenguaje no es menor: durante décadas hablamos del costo de vivir más. Ahora se empieza a preguntar cómo aprovechar ese tiempo.

Un derecho que se convirtió en obligación
Aquí aparece la distinción más importante de toda esta discusión, y la que menos suele hacerse.
La jubilación fue uno de los grandes derechos sociales del siglo XX. Y debería seguir siéndolo. Lo que tal vez haya dejado de tener sentido es que ese derecho funcione también como una obligación. Porque derecho y obligación no son la misma cosa. Un derecho amplía la libertad. Una obligación la reduce.
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Durante mucho tiempo confundimos ambas. Naturalizamos que el día en que alguien alcanzaba la edad jubilatoria también comenzaba su retirada del trabajo. Esa asociación podía resultar lógica cuando el retiro duraba diez años. Empieza a dejar de serlo cuando puede extenderse durante tres o cuatro décadas.
La jubilación debería garantizar que cualquiera pueda dejar de trabajar cuando el cuerpo, la salud, las condiciones laborales o simplemente el deseo así lo indiquen. Pero eso no significa que deba impedir que otra persona siga trabajando si encuentra allí ingresos, vínculos, curiosidad, reconocimiento o propósito. Hay una diferencia enorme entre proteger a alguien del trabajo y expulsarlo del trabajo. Y muchas veces usamos la misma palabra para las dos cosas.
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La herencia que llega cuando ya no cambia nada
Hay otra institución que la longevidad está desacomodando y que casi nadie discute: la herencia. Hace apenas dos generaciones, recibirla alrededor de los cuarenta podía cambiar una vida: comprarse una casa, terminar de criar hijos, abrir un negocio. Hoy muchas personas heredan cuando ya están cerca de jubilarse o incluso después. Una investigación europea de 2026 encontró que la edad promedio de la primera herencia pasó de 37,4 a 44,7 años entre 2002 y 2022.
La riqueza cambia de manos más tarde. Y eso modifica también su función económica: ya no financia la construcción de una vida, sino muchas veces la propia vejez. Hay una capa más: buena parte de esa riqueza puede consumirse antes en los cuidados de larga duración que los propios padres van a necesitar. La riqueza inmobiliaria de los padres puede terminar financiando sus propios últimos veinte años, en lugar de pasar intacta a la generación siguiente.
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La Argentina en el medio
Lo más curioso es que la Argentina ya convive con parte de esa realidad, aunque casi nadie lo piense como una política. Miles de jubilados continúan trabajando porque necesitan complementar ingresos. Otros lo hacen porque disfrutan de su profesión. Docentes, médicos, abogados, periodistas, comerciantes, profesionales independientes. La imagen del jubilado que deja definitivamente el trabajo hace tiempo dejó de describir lo que ocurre en la práctica.
Pero esa continuidad casi nunca es el resultado de una política inteligente. Es, muchas veces, el resultado de la necesidad. Y ahí aparece una diferencia decisiva: no es lo mismo seguir trabajando porque uno quiere que porque no tiene otra alternativa.
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La Argentina tiene además una paradoja poco advertida. Quien accedió a la jubilación contributiva puede seguir trabajando y cobrar su haber al mismo tiempo. Pero quien llega con trayectoria incompleta y accede a la Pensión Universal para el Adulto Mayor —el 80 por ciento de una jubilación mínima— solo puede trabajar como autónoma bajo monotributo, no en relación de dependencia. El sistema da más libertad a quienes tuvieron carreras formales y completas. Restringe a quienes llegaron con historias más frágiles. En su mayoría, mujeres.

Muchas vejeces
Una vida de cien años ya no admite una única carrera, una única identidad laboral ni una única transición entre actividad y retiro. Admite muchas.
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Habrá quienes necesiten dejar de trabajar apenas puedan porque su cuerpo ya pagó un precio demasiado alto. Habrá quienes quieran reducir la jornada para cuidar a un padre o a un nieto. Habrá quienes descubran una segunda profesión, quienes emprendan por primera vez a los sesenta y cinco, quienes enseñen, asesoren o trabajen tres días por semana. Y habrá quienes no quieran volver a trabajar nunca más.
La nueva longevidad no produce una única vejez. Produce muchas. Y quiás por eso resulte tan extraño seguir ofreciendo una única salida. Una sociedad longeva debería garantizar dos libertades: la de retirarse con un ingreso suficiente cuando el trabajo deja de ser posible, y la de seguir participando cuando todavía existe el deseo y la capacidad. Durante demasiado tiempo discutimos esas dos libertades como si fueran incompatibles. No lo son.
La jubilación no debería perder un solo gramo de su condición de derecho. Lo que necesita cambiar es el significado que le damos: dejar de pensarla como el momento en que alguien deja de ser trabajador y empezar a verla como el momento en que adquiere un nuevo derecho. El derecho a elegir.
Por eso la discusión sobre la longevidad no debería empezar preguntando cuánto cuesta una jubilación. Debería empezar preguntando qué hacemos con treinta o cuarenta años nuevos de vida. Porque no alcanzará con pagar esos años. Habrá que llenarlos de ingresos, de aprendizaje, de vínculos, de proyectos, de comunidad y de sentido.
En el fondo, esa es la verdadera revolución silenciosa de nuestro tiempo. No estamos viviendo una vejez más larga. Estamos viviendo una vida completamente distinta. Y probablemente el mayor desafío del siglo XXI no sea aprender a financiarla. Sea aprender a imaginarla.
Gabriela Cerruti es escritora y periodista especializada en nueva longevidad. Autora de La Revolución de las Viejas.
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