
¿Por qué millones de argentinos, atravesados por todo tipo de diferencias, “mágicamente” vuelven a sentirse parte de un mismo equipo?
La respuesta no es solamente “la pasión argentina por el fútbol”. Lo que aparece ahí es la satisfacción de una necesidad profundamente humana de pertenecer. Ser parte de algo más grande, de una comunidad.
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Abraham Maslow lo describió hace más de 80 años al incluir el sentido de pertenencia entre las necesidades fundamentales de las personas. Antes de hablar de reconocimiento o de realización personal, necesitamos sentir que formamos parte de algo, que tenemos un lugar y que somos valiosos para otros.
Esa necesidad nos acompaña toda la vida, desde el jardín de infantes hasta los lugares de trabajo, los espacios de ocio y los distintos niveles jerárquicos que atravesamos.
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La Selección Argentina ofrece uno de los mejores ejemplos de los últimos años. Sería un error pensar que el éxito se explica solo por el talento de Messi o por la capacidad de Scaloni.
Equipos con figuras enormes hubo muchos, pero lo extraordinario fue otra cosa: se construyó una identidad. Cada jugador entendió cuál era su rol y los egos quedaron subordinados al objetivo colectivo. Nadie necesitaba demostrar que era el más importante, porque el valor y el reconocimiento estaban en el grupo.
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Eso es necesario en cualquier organización, aunque no ocurre en todas. Hay empresas que invierten en desarrollar habilidades técnicas, incorporar tecnología o mejorar procesos —lo cual está muy bien—, pero pasan por alto el activo que más impacta en el desempeño colectivo: construir equipos a los que la gente quiera pertenecer.
Lionel Scaloni suele decir que sus jugadores no son solamente futbolistas, son personas que juegan al fútbol. Parece una frase simple, pero encierra una decisión de liderazgo enorme de mirar primero a la persona y después al rendimiento, que en definitiva es consecuencia de lo que le pasa a esa persona.
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Eso es liderazgo.
En las empresas ocurre lo mismo. Lideramos personas que llegan todos los días con expectativas, miedos, familias, problemas, proyectos, emociones. Ignorar esa dimensión humana no vuelve más profesional a una organización, la vuelve menos efectiva.
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Y los números lo confirman. El proyecto Aristotle de Google encontró que el principal factor de éxito en los equipos de alto desempeño no es el talento individual ni la experiencia técnica, sino la seguridad psicológica. Es decir, la posibilidad de expresar ideas, hacer preguntas, reconocer errores y asumir riesgos sin miedo a ser juzgado.
Gallup, en su informe State of the Global Workplace 2024, muestra que los equipos con mayor compromiso alcanzan un 23% más de rentabilidad, un 18% más de ventas y un 17% más de productividad que aquellos donde las personas no logran involucrarse con el proyecto. Y una investigación de Harvard Business Review encontró que las organizaciones con altos niveles de confianza tienen 50% más de productividad, 76% más de compromiso y 74% menos estrés.
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Pero hay otra pregunta que vale la pena hacerse: ¿qué hace que millones de personas salgan espontáneamente a la calle a agradecerle a un equipo, incluso cuando el resultado no fue el esperado?
Durante este Mundial, los argentinos volvimos a reconocernos en un grupo que transmitía esfuerzo, humildad, respeto, resiliencia y compromiso. Admiramos el talento, pero sobre todo admiramos los valores.
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Y eso cambia el panorama, porque cuando las personas sienten que pertenecen, empiezan a pensar menos en sí mismas y más en el propósito compartido. Aparece la colaboración, la confianza reemplaza al control, los errores dejan de esconderse y empiezan a transformarse en aprendizaje.
En un mundial, eso puede traducirse en la copa. En una empresa, se traduce en innovación, mejores decisiones y mejores resultados.
Por eso, el verdadero desafío del liderazgo es construir espacios donde las personas quieran quedarse porque sienten que ese proyecto también les pertenece.
Los argentinos expusimos, una vez más, que cuando sentimos que formamos parte de algo más grande, desaparecen muchas de las diferencias que habitualmente nos separan. Y la Selección nos demostró que el sentido de pertenencia hace que los equipos pongan corazón, garra, actitud y compromiso. Nada de eso se aprende en una maestría o un posgrado. Se genera con interés, dedicación, constancia y amor.
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Tal vez esa sea una de las lecciones más importantes que nos deja este Mundial.
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