
En algunas reuniones familiares se sirve la comida en unos platos de porcelana inglesa que nos recuerdan, a la madre de mis hijos y a mí, un viaje a las islas Malvinas.
Fue durante la tercera presidencia de Perón. Tres diputados viajamos a Londres donde nos recibió el embajador en el Reino Unido, designado por el General Perón, Manuel Tomás de Anchorena. Su misión era negociar por la vía diplomática la soberanía argentina sobre las islas Malvinas. Un par de días después, nos llevó a una reunión en el Foreign Office y tuvimos una larga charla con un personaje que era el presidente de las islas. En ese momento, creo -son recuerdos deshilvanados-, se trataba de una estructura privada, como una explotación económica no demasiado rentable para los británicos. Luego, un barco de bandera griega, Puerto Madryn, y un viaje a las islas. Pasamos un día recibiendo la esmerada atención de parte de sus habitantes, y otros, navegando con un grupo de maestros que, en alguna medida, nos agradecían la posibilidad de tener cerca una ciudad como Buenos Aires.
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Aquello fue pequeño, era un inicio, duró poco. En el 76, vino la dictadura, y en el 82, el alcohólico presidente Galtieri lanzó una guerra induciendo al heroísmo, una guerra en la que no se podía triunfar, porque el señor Nicanor Costa Méndez compartía la sempiterna visión de nuestras clases dirigentes: el desconocimiento geopolítico que lleva a imaginar logros imposibles de ser ejecutados. Héroes sin posibilidad de triunfo, esa es una concepción de la patria que jamás dejaron de sostener aquellos sectores oligárquicos que se creían pensadores y jamás entendieron el rumbo de la humanidad, hasta tal punto que su impotencia y sus intereses les impidieron pasar de lo agropecuario a lo industrial y de asumir, incluso hasta el día de hoy, el valor de la democracia y de la integración social, que, en rigor, menosprecian.
Lo del miércoles no era solo un partido, aun cuando ese título fuera el obligado. Tuvo una carga emotiva enorme, y esa pasión, esa organicidad, esa voluntad, eran todo lo que este gobierno nefasto imagina derrotar con su supuesta batalla cultural en manos de un grupo de analfabetos. Sería la batalla cultural de los ricos descerebrados y de los obsecuentes divulgadores de esa indigna visión del mundo. Si hay algo que queda claro, es que la riqueza nunca da sabiduría.
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Vale la pena asumir cuántos países festejaron nuestro triunfo, que equivale a entender el enorme espacio de daño que Inglaterra ejerció sobre el mundo en su expansión y su opresión. Basta con recordar al Mahatma Gandhi o la lucha de los irlandeses para entender el odio que este pueblo suscita en gran parte de las naciones.
Y con Milei, lo cotidiano: un gobierno que todavía mantiene una opción de triunfo, una foto que jamás podría convertirse en película, dado que el empobrecimiento viene muy duro en los dieciocho meses más exitosos del señor “Toto” Caputo, siempre ponderando -en streamings de intolerable bajeza e incultura o en entrevistas con aquiescentes comunicadores oficialistas- los éxitos de la destrucción de la sociedad que impunemente ejecutan.
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Recordar la guerra de Malvinas y escuchar a otro penoso comunicador referirse a la venta de un millón de hectáreas al extranjero como si fuera una casualidad, termina expresando un oxímoron: si peleamos por la tierra, no sería para venderla. ¿O sí? Seguramente, en esas mentes febrilmente entreguistas como la de la senadora, hoy libertaria, que impulsa con fervor la Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada, ya existente, por otra parte, o Ley de Tierras. Ante la redundante ignorancia de quienes gobiernan y legislan, nada valioso parece imponerse. Aquella norma que prohibía que las tierras incendiadas se vendieran pasados muchos años era absurda porque no separaba los bosques reales dignos de ser mantenidos, de tierras inundables que normalmente se queman, ya sea por incendios naturales o por errores de algunos de sus habitantes. Pero de ese error a este disparate cipayo hay un abismo.
Asumamos que malos gobiernos populares contribuyeron a engendrar a este monstruo gorila que hoy soportamos con dolor, pero también preparemos el próximo triunfo del riesgo Kuka, eso que, según algunos economistas de pocas luces y mucha mala fe, podría asustar a los inversores como si ellos fueran, para estos personajes, más importantes que los votantes, que los ciudadanos, que la integración social.
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La ideología que nos gobierna es enferma, alejada de cualquier espacio de la cordura. Me refiero, al emplear el término “ideologías”, a esas visiones marxistas o anarquistas, según las cuales, la aplicación de un recetario puede lograr el resultado del éxito de una sociedad. La política debe ser en esencia el ejercicio de la cordura, desde la cual se toman las decisiones indispensables sobre las cuales trabajar eficazmente para llevar bienestar a la población. Cuando uno transita las calles y ve los locales desocupados, toma conciencia de que la concentración de la economía debía haber sido, como lo hace Europa, algo limitado por una política coherente. Los grandes negocios están destruyendo la posibilidad de sobrevivencia de los pequeños comerciantes, mientras los importadores sustituyen a las industrias productivas. El resultado va a ser el enorme esfuerzo del próximo gobierno patriótico por sacarse de encima el lastre que nos deja esta raza política inferior que está tocando fondo actualmente. Ese gobierno va a impedir que su vigencia sea posible una vez más en la historia argentina.
Volviendo a la Copa del Mundo, el fútbol es sin duda el deporte que más representa a la sociedad y en ese espacio es donde los argentinos pudimos preservar la voluntad, el talento, el patriotismo, la humildad, el conjunto de virtudes por las que siempre hemos sido reconocidos, esa capacidad de integración social, fruto del crisol de razas que fue nuestro país. El fútbol supo devolverle al pueblo esa euforia que el gobierno insiste en quitarle para siempre. Acaso necesitemos un presidente como Scaloni y un ministro de Economía como Messi para volver a ser patria.
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