
Pocas variables económicas de Argentina generan, en la actualidad, tantas lecturas diferentes como el consumo. El Indec informa un récord histórico, las cámaras de supermercados muestran caídas persistentes, las automotrices celebraron un 2025 extraordinario y luego encadenaron meses en rojo, y el comercio electrónico registra un crecimiento que ninguna encuesta tradicional termina de capturar.
La conclusión apresurada sería que alguien se equivoca. La conclusión correcta es más incómoda e interesante. Cada fuente está midiendo, con razonable precisión, una parte distinta de una realidad compleja y difícil de sintetizar en una única medición.
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Para ordenar el ruido, se propone leer el consumo en tres capas superpuestas: qué se compra, dónde se compra y quién compra.
Primera capa: qué se compra
El récord de consumo no proviene de la góndola del supermercado, sino de las Cuentas Nacionales del Indec, donde la variable se denomina consumo privado. Ese agregado creció en torno al 8% en 2025 y alcanzó el nivel más alto de la serie. El dato es técnicamente correcto, pero engañoso si no se lo descompone. El consumo privado incluye absolutamente todo el gasto de los hogares: alimentos, sí, pero también automóviles, electrodomésticos, turismo, servicios y bienes importados.
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El récord de consumo no proviene de la góndola del supermercado, sino de las Cuentas Nacionales del Indec
La recuperación se explica por los componentes más dinámicos y de mayor ticket. Los bienes durables y, en particular, los importados, se dispararon en cantidades, mientras que el consumo masivo -alimentos, bebidas, limpieza, perfumería- apenas tuvo una mejora marginal tras el desplome de 2024. Dicho de otro modo, una parte de la población que pudo compró un auto, una heladera o un pasaje, mientras otros sectores recortaban consumos primarios.
El promedio de ambos comportamientos da positivo y proclama un récord; pero ese récord describe a un país que no existe porque es la suma estadística de dos realidades opuestas.
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Segunda capa: dónde se compra
Si la primera capa explica por qué el agregado y la góndola divergen, la segunda explica por qué incluso la góndola se mide mal. La Encuesta de Supermercados del Indec, estadística de referencia del consumo masivo, sí registra un canal online, pero con una definición estrecha: las ventas por internet o teléfono de las propias cadenas relevadas. Su peso es ínfimo y decreciente en términos reales: apenas algo más del 3% del total.

Queda fuera el universo donde efectivamente migró el consumo: marketplaces, plataformas de delivery, venta directa de fabricantes, importación directa y autoservicios de cercanía. Estimaciones del sector ubican al comercio electrónico en torno al 18% de las ventas minoristas del país, muy por encima del 3% que capta la encuesta. Cuando un hogar deja de comprar productos básicos en la góndola de una gran cadena y los adquiere en un marketplace, en una app de envíos o en el autoservicio de barrio, la Encuesta de Supermercados lo registra como una caída de ventas.
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No hay menos consumo; es el mismo consumo cambiando de canal. En consecuencia, la caída de los supermercados sobrestima la caída real del consumo masivo
Las provincias con mayor actividad del agro, el petróleo y la minería exhiben una dinámica más favorable, mientras el AMBA concentra la tensión sobre salarios, empleo y consumo cotidiano. Los durables lo muestran con crudeza -provincias exportadoras con patentamientos en alza de más del 60% frente a otras estancadas en un dígito- y la góndola repite el patrón, de modo que el rótulo “interior” agrupa realidades incompatibles.
Un mismo interior que compra más autos y, a la vez, recorta la góndola. No es contradicción, sino hogares distintos bajo la misma etiqueta: donde la renta exportadora derrama, los ingresos medios y altos acceden al durable financiado; donde no llega, el salario real es el único motor y se recorta hasta el artículo de limpieza.
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La capa geográfica ilumina además el sesgo de la anterior: la penetración del e-commerce y el delivery es mucho mayor en el AMBA, de modo que la peor performance de los supermercados del conurbano no refleja un porteño que consume menos, sino uno que migró más rápido a canales que la medición no capta; el interior, con menor densidad digital, exhibe una caída más genuina.
Conclusión
El consumo privado creció, pero ese crecimiento es un promedio que mezcla durables, importados y turismo en alza con una góndola que apenas se recupera. La caída de los supermercados es real, pero exagera el retroceso del consumo masivo porque no ve el caudal que migró al comercio electrónico y a los canales de cercanía.
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Todo el fenómeno está atravesado por una geografía que separa a las provincias con renta exportadora del resto. Tres capas, tres instrumentos, tres fotografías parciales de una misma realidad.
El autor es profesor de Gestión del Riesgo en IAE Business School. Esta nota se publicó en el IEM de noviembre del IAE, Escuela de Negocios de la Universidad Austral
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