
Podríamos concluir precipitadamente que la Selección Argentina de fútbol tiene todo lo que la política opositora carece y en buena parte el oficialismo también.
La Selección ha venido a restañar un tejido social roto por la política, aunque solo sea por unas horas que se extenderán hasta el domingo.
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El partido contra Inglaterra no fue un partido más. Hay una historia. Y si bien los 22 jugadores que lo protagonizaron no la vivieron, sus sociedades sí. Las Islas Malvinas fueron “ganadas” en una guerra con argentinos que dejaron su vida allí —y muchos después la perdieron aquí debido a las secuelas físicas y psicológicas— porque la política solo reconoce a los ganadores.
Que la celeste y blanca lleve en su flamear la imagen de nuestras Islas no es política; es, en todo caso, un sentimiento transversal de toda la sociedad. Esto interpretaron los jugadores argentinos. Por eso, en la cancha y frente a los ingleses, la levantaron. No es una afrenta, es un reclamo legítimo que seguirá vivo en la sociedad argentina, más allá de los gobiernos de turno.
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El presidente Milei tendrá que resolver internamente sus sentimientos encontrados. No se puede admirar a Thatcher y a la Selección de Scaloni al mismo tiempo.
Scaloni es el líder de un equipo de fútbol con características que la política opositora no posee y que Milei dispone en parte. El entrenador no grita porque tiene objetivos claros. No odia porque posee estrategias. No denosta a sus rivales porque sabe adónde quiere ir.
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Podríamos agregar que la Selección tiene un líder en su DT y otro en la cancha: Messi.
Y actores, jugadores, que disponen de autonomía personal y capacidad técnica. Por eso Messi no siempre hace el gol: pasa la pelota confiado en que un compañero lo convertirá.
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Hoy esto, en la política argentina, es una gran carencia.
El Gobierno sí tiene una estrategia, aunque la misma sea cooptarles los dirigentes políticos al PRO y al radicalismo. Pero todo recae en Milei, quien no tiene otros actores para ganar elecciones y seguir en el poder.
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La oposición no tiene líderes ni actores, y adolece de estrategias frente a la política del Gobierno. Porque no es lo mismo oponerse que decir cómo lo harían distinto y mejor.
La Selección tiene otra virtud: plasticidad. En pleno partido, cambia de estrategia para lograr el objetivo acorde a la realidad que se le va presentando.
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La política opositora, no. Sigue aferrada a lo que la sociedad ya no quiere. Y fundamentalmente parece no saber adónde quiere ir, salvo en el cuidado de sus parcelas de poder.
De esta manera, en este partido, juega para Milei. Es decir, hoy se presenta al campo de juego de las futuras elecciones 2027 sin arquero.
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