No puedo escribir de otra cosa. No puedo pensar en otra cosa. No puedo mirar otra cosa. No puedo vivir sin estar 100% latiendo con la Selección. No puedo ponerme otra cosa que la camiseta. No puedo compartir más que historias de nuestra historia. No hay otra cosa, aún para alguien que su vida no está marcada por el futbol, que el partido contra Inglaterra. Y eso tiene una explicación: soy ar-gen-ti-na.
Ser argentina es muchas cosas, buenas y malas, a veces a tanta velocidad y tan extremas que marean, pero con muchas marcas de orgullo y formas de vivir que, si no entienden, vamos a intentar explicarlas. Esquivemos la arrogancia que es un defecto y hagamos la amistad que es una virtud.
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Aunque no juguemos al futbol caminamos con los pies en una pelota que jamás podemos ver pasar sin patear, es vivir en un lugar que es tu barrio cuando hacés pases con los chicos de la puerta, de dónde sean y a la hora que sea, es un diálogo de pelotazos con pibes con los que no hablás el mismo idioma pero con los que compartís unas baldosas y el pie se vuelve la boca por la que te entendés en la lengua universal de la pelota.
Ser argentina es llegar a un lugar y jugar con una botellita y acomodar de costado la pierna para presentarte como Miss Fulbito, en Honduras, en Berlín o en Egipto. De fútbol somos aunque no seamos futbolistas. Es una identidad no estática que tiene a los sentimientos a flor de piel y al miedo como parte de las peleas cotidianas.
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La patria de potrero es ver salir de la delincuencia a la piba que empezó a jugar y a descubrir que le gustaban las mujeres y a gritar los orgasmos y a dejar de chorear porque con el equipo pudo conocer a otras que entre choris y micros viajaron al Mundial de las sin Techo para entender que lo más importante es cómo se pisa y no lo que se tiene, se gana o se invierte.
La documentación de la ciudadanía celeste y blanca es gritar los nombres de futbolistas como si fueran tu número de pasaporte en una cultura popular que se escribe con tinta indeleble. Es apelar cuando no te entienden o no hay un mapa para señalar el sur de Maradona y Messi, un país tan diverso que no entra en 140 caracteres.
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Ser argentina y feminista es no dejar pasar los abusos en el fútbol. Cargar con el castigo y saber que el dolor no pasa sin barrera defensiva. Que hay que aprender y no repetir. Y que a pesar que quienes fueron señalados buscan no ser denunciados la pelota no da derecho a violar.
Crecer peleando contra la misoginia y con la pasión en las venas es ser adolescente y subirte al paravalancha porque te dan la mano los que con códigos de antes te dejaban entrar sin tocar y respetaban que seamos más las que queríamos sentir que el piso temblaba por una energía que no es eólica, ni solar, pero sí es alternativa.
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Creer que pensar y agitar van de la mano es ser parte de una fuerza colectiva que compone un país en donde la remontada no es excepción, sino la única salida ante el callejón de ser sudacas. Por eso, empezar de cero o hacer del fracaso un escalón más es una enseñanza que nos da la cancha.

Ser feminista en el futbol es que ahora jueguen las chicas que antes se quedaban al costado de la cancha y que después de piedras y ovarios la copan en la villa 31, los clubes y las fútbol 5, que piden presupuesto a gritos y dejan de ser maltratadas en un país futbolero que las dejaba tiradas.
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Pero es también haber peleado para que se juegue en los Encuentros de Mujeres y Diversidades en donde los arcos entraron a pasar parte de las asambleas en Mar del Plata, en Chaco y en La Plata cuando antes parecía que solo la oralidad de dedo levantado era el camino.
La pelea necesita descanso. Poner cabeza es cabecear, defender los derechos es salvar el arco, golear es saber hacer estrategias. Y jugar es parte de saberse caer y levantar. Ser latina es ponerse el chaleco naranja en el primer encuentro latinoamericano que se jugó a la pelota y volar en el arco, desde el césped caliente de El Salvador. No faltar a lo importante cuando con hondureñas, bolivianas, costarricenses y nicas, sudamos la gota gorda para que las rodillas levanten la dignidad del pasecito.
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No puedo sufrir no solo por los partidos que son un ADN de nuestra identidad sino por los ataques a la argentinidad con palos injustos pero que además no combaten lo peor de las conductas de un país, sino que la exaltan. Si Argentina no es solo blanca y se la ataca por blanca se reafirma las afirmaciones racistas con más racismo.
Si el racismo clásico se confabula con el racismo europeo se importa una argumentación que tira por la borda construcciones de hermandad, deconstrucciones para dejar de negar lo innegable y reconstrucciones posibles para pararnos mejor en la cancha de la diversidad originaria.
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La odiocracia, un fenómeno que lleva a gobiernos ultras al poder, es exitosa no solo por sus resultados electorales sino porque hace que los más débiles se odien con los que son más débiles y los que sufren discriminación no se odien con los que se lo provocan sino con quienes lo sufren, más o igual que ellos.
El odio es una vara que el VAR no está viendo, sino potenciando en un Mundial donde la viralización confirma que solo apesta a manipulación de todos contra todos. Los mundiales no son una postal de ositos cariñosos contra pitufos y las rivalidades existen.
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La mala fama también y el argentino soberbio, egocéntrico, mal educado y racista no es un mito, es una vergüenza destapada a plena luz del día que no se justifica aunque compartamos el sol en el pecho y las tres estrellas en el corazón.
Pero la argentinofobia desatada en el Mundial 2026 excede picas regionales, debates sobre arbitrajes o críticas a quienes hacen lo injustificable o niegan el pecado original de la expulsión de quienes estaban antes.
Es la odiocracia ganando la cancha porque sí o porque se prefiere estar del lado del colonialismo vigente (con Inglaterra reteniendo las Malvinas con argumentos que solo legitiman lo que ya el mundo considera inaceptable) que de la soberanía con cada centímetro del mar y de las Islas del Atlántico Sur.
Mi hija nació en 2006 con una camiseta debajo del brazo. Una maternidad desafiante y un respeto por el cuadro de donde venía un papá que no sabe, todavía, de donde viene exactamente pero que tiene sangre originaria y tantas preguntas como una nación apropiada por la colonización y por el robo de bebés como modus operandi.
El camino en la combi a Rosario con la camiseta roja y negra de Newell´s fueron lazos más fuertes con su abuelo que ya no está y al que despide con el honor de ser del mismo cuadro que Leo Messi. En un cumpleaños en un pelotero sus amigas se montaron a la cancha contra toda división sexual.
Se despidió de la primaria con su tía cargando arcos y chalecos y sus compañeras con los pelos al viento y las risas por cada corrida o atajada que soplaba carcajadas para apagar las velitas y encender un juego tan espontáneo como el de los hijos de los jugadores de la selección con una botella de plástico.
Ella vive el Mundial con las raíces ovaladas, como todas las que aman parte de lo que fueron y lo que son, un círculo que no esconde lo malo pero en donde reluce la remontada que enseña a caerse y levantarse y a no rendirse cuando te ofenden y maltratan.
La argentinofobia duele más que cualquier posible derrota. Y propone un camino que debería ser tan mundial como el Mundial, ver qué de lo que hacemos se puede mejorar y qué de lo que se crítica es una deuda pendiente para ser mejores.
Pero también entender que el odio que pregonan con un sesgo racista, islamófobo y anti migrantes que copian desde afuera para plantarlo como un veneno que seca no tenga repetición y que ese odio, si es contra los otros o si es contra nosotros, nunca debe entrar a la cancha.
Sí, es un sentimiento. Y al odio, desde y contra Argentina, lo podemos parar.
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