
Hay una escena que se repite cada vez que juega la Selección. Alguien se pone la camiseta “de la suerte”, otro ocupa el mismo lugar en el sillón. Son gestos aparentemente insignificantes, pero cargados de una enorme fuerza simbólica.
Cada vez que Argentina sale a la cancha, millones de personas repiten alguno de esos pequeños ritos; pero no porque crean seriamente que una prenda puesta repetidamente pueda cambiar el destino de un partido, sino porque, en el fondo, las cábalas hablan de nuestras inseguridades.
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Una cábala es un ritual repetitivo que una persona cree que, si lo realiza, aumenta las probabilidades de obtener un resultado favorable. Y, frente a aquello que no podemos controlar, seguimos recurriendo a prácticas que acompañan a la humanidad desde hace miles de años, a pesar de vivir en una época dominada por la inteligencia artificial, el análisis de datos y los algoritmos predictivos.
El antropólogo Bronislaw Malinowski encontró una explicación extraordinariamente vigente hace casi un siglo. Durante sus investigaciones en las Islas Trobriand observó que los pescadores no utilizaban magia para todo. Cuando pescaban en las tranquilas aguas de la laguna, donde conocían el comportamiento de los peces y dominaban las técnicas de navegación, no realizaban ritual alguno. Pero cuando se internaban en el océano abierto, donde el clima, las corrientes y el peligro escapaban a su control, aparecían ceremonias, conjuros y objetos protectores.
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Su conclusión fue tan sencilla como profunda: la magia comienza donde termina el control humano. No era ignorancia, tampoco ausencia de conocimiento; era una forma de convivir con la incertidumbre.
Quizás por eso las cábalas sobreviven en pleno siglo XXI. No aparecen cuando todo depende exclusivamente de nosotros. Surgen antes de un examen importante, de una cirugía, de una entrevista laboral, de una elección política o de un partido decisivo.
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En todos esos escenarios existe un elemento común: después de haber hecho todo lo posible, todavía queda una parte del resultado que ya no está en nuestras manos; no obstante, esperamos que sea favorable.
Y tal como dice la canción “El témpano”, de Abonizio, cantada por Baglietto, “se cree más en los milagros a la hora del entierro”.
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Diversas investigaciones muestran que las personas necesitamos sentir que poseemos algún grado de influencia sobre los acontecimientos para disminuir la ansiedad. Los rituales, aun cuando no modifican objetivamente la realidad, reducen el estrés y generan una sensación de estabilidad emocional.
No es casual que los deportistas de élite mantengan rutinas extremadamente precisas antes de competir. Rafael Nadal acomoda sus botellas siempre de la misma manera. Michael Jordan utilizaba debajo del uniforme el pantalón de la Universidad de North Carolina. Nuestra Selección también conserva rutinas previas a los partidos que forman parte de su preparación mental. No se trata de pensamiento mágico. Se trata de crear un entorno psicológico conocido cuando el resultado todavía es incierto.
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Pero las cábalas también cumplen otra función menos evidente: construyen identidad colectiva. Durante los mundiales, las familias vuelven a reunirse, los amigos recuperan encuentros postergados y los vecinos comparten una misma emoción. La camiseta, el asado, la bandera en el balcón o el abrazo después de un gol funcionan como rituales que fortalecen el sentido de pertenencia. En esos momentos, el fútbol deja de ser apenas un deporte para convertirse en una experiencia cultural compartida.
Quizás por eso los ritos generan sonrisas y complicidad. Todos sabemos que racionalmente no cambian el marcador, pero también intuimos que sí transforman algo más importante: la manera en que atravesamos la espera.
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La incertidumbre es una de las experiencias más difíciles de tolerar para el cerebro humano. Nuestro sistema cognitivo está diseñado para buscar patrones, anticipar acontecimientos y reducir la sensación de amenaza. Cuando no puede hacerlo, aparecen esos rituales. En definitiva, no existen porque desconozcamos cómo funciona el mundo, sino porque somos profundamente humanos.
Cuando el árbitro haga sonar el silbato inicial, habrá millones de personas convencidas de que no pueden moverse del sillón, cambiar de camiseta o alterar la rutina que vienen repitiendo desde el primer partido.
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Y aunque todos sepamos que el resultado dependerá del talento, la estrategia y el esfuerzo de los jugadores, seguiremos abrazados a esas pequeñas ceremonias. No porque cambien el curso de un partido, sino porque transforman la manera en que lo vivimos.
Definitivamente, no solo elegimos creer en un equipo. Elegimos creer los unos en los otros.
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