
Hay personas que ocupan cargos importantes. Y hay otras que, además, dejan una huella profunda en quienes tuvimos el privilegio de trabajar a su lado. Horacio Sanguinetti pertenecía, sin duda, a este último grupo.
Durante veinticinco años compartí con él el trabajo en el Colegio Nacional de Buenos Aires, dependiente de la Universidad de Buenos Aires. Ese tiempo me permitió conocer no solo al gran rector, al académico brillante, al hombre de la cultura y al servidor público, sino también al hombre de trato amable, de inteligencia aguda, de conversación inagotable, de humor sutil y de una elegancia que no era solo una forma de vestir o de expresarse, sino una manera de vivir.
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Hoy, siento una inmensa tristeza al despedirlo. Su partida enluta a la educación, a la cultura y a todos aquellos que creen que el conocimiento, la libertad de pensamiento y la excelencia son pilares indispensables para construir una sociedad mejor.
Durante décadas, dedicó su vida a formar generaciones de argentinos. Como rector del Colegio Nacional de Buenos Aires, supo preservar una tradición de excelencia al mismo tiempo que impulsó una visión democratizadora de la educación, convencido de que enseñar no era solo transmitir conocimientos, sino despertar vocaciones, cultivar el espíritu crítico y formar ciudadanos comprometidos con la República.
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Su paso por la Universidad de Buenos Aires, por la Secretaría de Educación de la Ciudad y por la dirección del Teatro Colón confirmó una vocación poco frecuente: la de tender puentes entre la educación y la cultura, entendiendo que ambas son expresiones inseparables del desarrollo de una nación.
Intelectual riguroso, abogado, ensayista, académico, humanista y enamorado de la música, defendió siempre el valor de las instituciones, del mérito, del diálogo y de la educación pública como herramientas de igualdad y de progreso. Su vasta obra escrita, sus clases y sus conferencias reflejan una vida dedicada a pensar el país y a enriquecer el debate sobre su futuro.
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Pero, por encima de todos sus méritos, permanecerá el recuerdo de un hombre profundamente comprometido con el servicio público, generoso con sus discípulos y apasionado por la transmisión del saber. Su legado se mide en las miles de vidas que ayudó a transformar desde un aula, un despacho o un escenario cultural.
Su ejemplo debería seguir inspirando a quienes creen en el poder de las ideas, en la fuerza de la educación y en el valor irrenunciable de la cultura.
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Gracias, Horacio, por cómo entregaste tu vida a engrandecer la educación argentina y a honrar la cultura de nuestro país. Tu legado permanecerá vivo en cada estudiante, en cada docente y en cada ciudadano que encuentre en el conocimiento el camino hacia una sociedad más libre, más justa y más humana.
Hoy despido a un maestro en el sentido más noble de la palabra y al primer “profesor destacado” del Colegio nombrado por el Consejo Superior de la UBA.
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