Trump, León XIV y la guerra justa

El Papa Leo XIV sostiene que Jesús no escucha las oraciones de quienes hacen la guerra, en referencia directa a la ofensiva en Irán

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La polémica entre Donald Trump y el Papa Leo XIV por la guerra en Irán reabre el debate sobre la ética en el poder. (REUTERS/Matteo Minnella)
La polémica entre Donald Trump y el Papa Leo XIV por la guerra en Irán reabre el debate sobre la ética en el poder. (REUTERS/Matteo Minnella)

Hay semanas en la política estadounidense que condensan años de debate filosófico en un solo titular. En este caso, Donald Trump se enredó en una polémica con el Papa Leo XIV por la guerra en Irán, mientras que se libraba, en paralelo y en voz baja, una discusión todavía más incómoda. ¿Cuánto importa el carácter de quien manda? ¿Y qué pasa cuando la moral pura choca contra la lógica cruda del poder?

El detonante fue preciso: el Papa advirtió que Jesús “no escucha las oraciones de quienes hacen la guerra”. Trump no tardó en responder con su habitual estilo. Pocos días antes, había publicado en redes sociales una imagen de sí mismo como Cristo. Ahora, confrontado con la autoridad moral más antigua de Occidente, optó por la crítica al Sumo Pontífice. “No es una novedad; es, simplemente, Trump siendo Trump.”

El cardenal Robert McElroy articuló, con la precisión del teólogo, la doctrina de la guerra justa: no basta con que el enemigo sea malvado; la acción armada debe responder a una injusticia concreta, con un objetivo delimitado, sin desbordarse en una lógica de guerra perpetua. “Es un régimen abominable y debería ser removido. Pero esta es una guerra de elección, y la elegimos nosotros”, señaló recientemente McElroy en un medio estadounidense.

“La respuesta implícita del comentarista conservador Noah Rothman fue igualmente precisa: ¿debería Estados Unidos esperar a que Irán detone su primera bomba nuclear antes de actuar? ¿Es más ético contemplar la catástrofe anunciada que prevenirla?”

El conflicto con el Papa, sin embargo, no es solo una disputa teológica. Es la forma más reciente que adopta una pregunta que lleva diez años carcomiendo a quienes siguen la política estadounidense desde posiciones no alineadas con el culto a la personalidad: ¿puede separarse lo que un presidente hace de lo que un presidente es?

El analista conservador Dan McLaughlin, escribiendo en National Review, planteó esta semana una respuesta que tiene el mérito de la honestidad brutal. Ya no escribe sobre el carácter de Trump porque, dice, el argumento está cerrado. No porque Trump haya mejorado, sino porque la democracia habló: “77 millones de personas lo eligieron presidente por segunda vez, sabiendo exactamente quién era”. Reabrir ese debate no persuade a nadie; solo produce más ruido. El comentarista que lleva diez años diciéndole al país que Trump es un peligro moral ha agotado su munición retórica, y quizá tenga razón, pero ya no tiene audiencia.

Esta es, en el fondo, una descripción del realismo político en su versión más descarnada: el punto en que la ética de la intención cede ante la ética de los resultados. McLaughlin no renuncia a sus valores; simplemente reconoce que el campo de batalla ha cambiado. “La discusión ya no es ‘¿debería Trump ser presidente?’ sino ‘¿qué hará con ese poder, y qué consecuencias tendrá?’”

El mismo dilema en escala globalLo que ocurre con la guerra en Irán es el mismo dilema. La doctrina de la guerra justa, tal como la expone el cardenal McElroy, es una ética de la intención y del proceso: no importa solo el resultado, sino cómo se llega a él. “Rothman responde con una ética de las consecuencias: si el resultado de no actuar es un Irán nuclear que exporta terror desde una posición inexpugnable, entonces la pasividad moralmente ‘correcta’ se convierte en complicidad con el desastre.”

Ninguno de los dos está completamente equivocado. Esa es la incomodidad real. La tensión entre la ética deontológica y la ética consecuencialista no se resuelve con un titular ni con un tuit presidencial. Es la tensión constitutiva de toda decisión de Estado que implique el uso de la fuerza.

Pero hay un tercer nivel que estos análisis, en su rigor profesional, tienden a suavizar. La separación entre “el carácter importa” y “los resultados importan” solo es sostenible si los resultados son, en efecto, verificables. En una democracia sana, las instituciones garantizan que incluso un líder de carácter cuestionable actúe dentro de ciertos límites. Lo que el debate estadounidense actual revela —y lo que hace especialmente relevante la disputa Trump-León XIV— es que esos límites están siendo redefinidos en tiempo real.

El Papa no es un actor en la política estadounidense. Su autoridad es moral, no electoral. Cuando Trump le responde con desdén está señalando que, para él, ninguna autoridad externa —ni religiosa, ni judicial, ni internacional— puede desviarlo de su propio instinto. Ese gesto revela algo sobre el carácter, sí. Pero también revela algo sobre el sistema: un sistema que ha decidido, por ahora, convivir con ese gesto.

El trasfondo histórico vuelve aún más nítida esta tensión. El Papa romano, heredero del título de Pontifex Maximus que en el Imperio era la máxima autoridad, interviene hoy en nombre de una ética que privilegia la contención. Sin embargo, esa misma Roma cuya continuidad institucional desembocó en el papado construyó su hegemonía sobre una premisa distinta: si vis pacem, para bellum.

La destrucción de Cartago, leída durante siglos como el momento fundacional de una civilización dominante, encarnó la idea de que la paz duradera podía requerir decisiones duras y preventivas. Esa memoria histórica reaparece en parte del debate estadounidense contemporáneo: frente a amenazas percibidas como existenciales y frente a liderazgos polémicos pero eficaces, una porción de la opinión pública tiende a priorizar la seguridad y la preservación del orden antes que la pureza moral.

No se trata de negar la ética, sino de subordinarla a la supervivencia de un marco civilizatorio que nunca fue gratuito. La discusión sobre Trump —su carácter frente a sus resultados— y el cruce con el Vaticano sobre la guerra preventiva convergen así en una misma intuición: “para muchos en Occidente, la libertad se sostiene no sólo con principios, sino también con la disposición, incómoda pero persistente, a defenderlos”. La libertad no es gratis.