
Una mañana cualquiera, en una pequeña localidad de la llanura argentina, una familia llena la pava para preparar el mate. El agua es transparente, no tiene olor y no tiene sabor extraño. A simple vista es perfectamente segura. Sin embargo, esa misma agua puede presentar niveles de una sustancia que la ciencia reconoce desde hace décadas como una de las potenciales alarmas para la salud humana: el arsénico. La escena es cotidiana y extendida en nuestro país, vinculado al origen geológico de nuestros acuíferos principales. La paradoja es profunda en la Argentina contemporánea. Vivimos en un país con enormes reservas de agua dulce y, al mismo tiempo, enfrentamos problemas persistentes vinculados a su calidad, su distribución y su gestión, que incluye la protección de ese recurso esencial para la vida y el desarrollo.
Cada 22 de marzo se conmemora el Día Mundial del Agua, una fecha destinada a reflexionar sobre el valor de este recurso vital. En el contexto actual, esa reflexión ya no puede limitarse a consignas ambientales generales y se ha convertido en un eje central de debates sanitarios, productivos y territoriales. En los últimos meses, dos discusiones que parecían independientes volvieron a colocar el agua en el centro de la agenda pública: la presencia del arsénico en fuentes de agua sin tratamiento y destinadas al consumo humano; y el debate en torno a la protección de los glaciares y la posible revisión de los marcos regulatorios para actividades productivas en áreas periglaciares.
PUBLICIDAD
Ambos temas remiten a una misma pregunta de fondo: ¿cómo valora una sociedad el agua dentro de su modelo de desarrollo?El caso del arsénico nos enfrenta a un fenómeno de origen geológico. En amplias regiones de la llanura chaco-pampeana su presencia no se debe a un proceso de contaminación humana, sino a su historia geológica sucedida hace miles de años. Las rocas formadas como resultado de erupciones volcánicas liberan arsénico hacia los acuíferos que nos abastecen de agua a través de perforaciones. Cuando esas aguas se utilizan para consumo humano sin el monitoreo o tratamiento adecuado, pueden generar problemas graves de salud pública.
Esta condición no es exclusiva de Argentina, por lo que la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha establecido un valor guía de 10 microgramos por litro de arsénico en agua potable. Exposiciones prolongadas a concentraciones superiores podrían provocar lesiones cutáneas, enfermedades cardiovasculares y distintos tipos de cáncer. El arsénico en el agua no es un problema geológico. Es un problema de gestión pública. Garantizar agua segura para la población requiere inversión en tecnologías de potabilización, monitoreo sistemático de la calidad y políticas públicas capaces de garantizar estándares sanitarios adecuados.
PUBLICIDAD
En otro espacio de nuestro extenso país, los glaciares no son únicamente paisajes espectaculares ni reservas congeladas de agua, de las cuales se beneficia el turismo. Son reguladores del ciclo hidrológico y el clima y reservas estratégicas que alimentan ríos y cuencas, de las que dependen comunidades, ecosistemas y sistemas productivos. En los últimos años, organismos internacionales comenzaron a utilizar un concepto que sintetiza el desafío de garantizar agua óptima de acuerdo a su uso: seguridad hídrica. La seguridad hídrica refiere a la capacidad de una sociedad para garantizar agua suficiente y de calidad para la salud humana y animal, el desarrollo económico y la preservación de los ecosistemas.
En este contexto, la formación de profesionales capaces de comprender la complejidad de los sistemas hídricos resulta una condición estratégica. Instituciones académicas como el Instituto Universitario del Agua y el Saneamiento (IUAS) fueron creadas precisamente para fortalecer las capacidades científicas, tecnológicas y de gestión necesarias para enfrentar los desafíos asociados al agua. Tal vez por eso la pregunta que atraviesa todos estos debates resulta tan incómoda como inevitable: ¿vale más el agua que el oro?
PUBLICIDAD
No se trata de una consigna ambiental ni de una oposición simplista entre desarrollo económico y preservación de la naturaleza. Se trata de reconocer que el agua es el fundamento invisible de la vida y, por lo tanto, de la sociedad y su prosperidad. Como comunidad debemos desarrollar alternativas técnicas-tecnológicas y de gestión que no comprometan el agua y que, a su vez, garanticen un desarrollo económico justo y sustentable.
El autor es Rector del IUAS, primera institución universitaria del país especializada en agua, saneamiento y ambiente, creada por el Sindicato Gran Buenos Aires de Trabajadores de Obras Sanitarias (SGBATOS).
PUBLICIDAD
Últimas Noticias
Todo lo que Messi hace, todo lo que Messi es
La educación emocional plantea que aprender no depende solo de la inteligencia o del esfuerzo, sino también de reconocer, comprender y regular las emociones

No toda interpelación es censura
La Constitución Nacional distingue la interpelación del artículo 71 de la moción de censura y remoción del Jefe de Gabinete de Ministros del artículo 101

De la sociedad de la información a la sociedad de la decisión
La inteligencia artificial desplazó el debate sobre el progreso hacia la defensa de la persona humana, las instituciones democráticas y el Estado de Derecho

Belgrano y la autorización papal para leer libros prohibidos
El Index librorum prohibitorum funcionó durante siglos como el sistema de censura intelectual de la Iglesia Católica

La indecibilidad del derecho de la tierra o la relativización de lo absoluto
El derecho a la propiedad privada, según el Papa Francisco, no es absoluto: el destino universal de los bienes debe prevalecer sobre los intereses particulares



