
Corren los últimos días de 1979. Mi mamá me despierta sorprendida y me dice: “Llegó una carta para vos del correo”. Somnoliento, me despabilo y, para mi sorpresa, veo que en el sobre blanco dice: “Editorial Atlántida, Revista El Gráfico”. La abro apurado, y compruebo que me están citando a una entrevista de trabajo. Recién ahí me acordé de que unas semanas antes había mandado una carta a la dirección, diciéndoles que trabajar en El Gráfico era el sueño de mi vida, porque había prácticamente aprendido a leer con esa revista deportiva. Me la conocía de memoria. Sus firmas, sus fotos, sus crónicas, sus periodistas que eran auténticos literatos. Entrar a El Gráfico era como entrar a una catedral.
Llega el día de la entrevista, se abre la puerta de la dirección del edificio de la calle Azopardo y México y me recibe, junto al secretario de redacción Osvaldo Ricardo Orcasitas -otro maestro inolvidable y amigo entrañable-, nada más y nada menos que Ernesto Cherquis Bialo. Me pregunta qué sé hacer, por qué quiero trabajar en El Gráfico. Yo le muestro lo que llevo debajo de mis brazos: unos libros que escribí como collage sobre el Mundial 78, simulando ediciones de la revista, con crónicas detalladas y comentarios de partido por partido, con fotos recortadas de las revistas y diarios de la época, con páginas desplegables, títulos originales y notas de opinión.
Me había pasado fines de semana enteros diseñándolos, escribiéndolos, proyectándolos en el patio de mi casa del Tigre. Me pide que se lo deje al material; me desprendí de él como si fuera a entregar un pequeño tesoro. Al cabo de una semana, me vuelven a llamar y me dicen: “Entrás como aprendiz a El Gráfico”. Iba los domingos a la noche, clasificaba las fotos sobrantes de los partidos, reemplazando a Ezequiel Fernández Moores que por ese entonces iniciaba una beca de especialización en España.
Para mí, fue como tocar el cielo. Me sentía en la gloria, rodeado de los periodistas que eran mis ídolos y teniendo acceso al detrás de escena de lo más importante del deporte argentino. Y empezaba un recorrido en el periodismo que tuvo a Ernesto como maestro, guía. Referencia siempre presente.

Histriónico, fanático de San Lorenzo, puntilloso para todos los mínimos detalles, nos recomendaba a quienes iniciábamos los primeros pasos en el periodismo leer “A Sangre Fría”, de Truman Capote. Para reparar en el dato preciso; en el número de la patente del auto; en la temperatura del estadio; en el exacto segundo del gol; en el color de la camisa del técnico; en la trompada al mentón del boxeador; en la cantidad de pelotas tiradas afuera por el defensor… en las mil y una noches y días que era el periodismo de esa época, conjugando la bohemia, la aventura, la maravilla.
Se trataba, antes que nada, de retratar la realidad, mirándola con ojos de artista. Y luego conjugar no solo opinión, sino hechos, para recabar y rechequear la información, para posar la sentencia original donde los demás estaban distraídos. En la prehistoria de la inteligencia artificial, Ernesto era un apasionado del dato, de lo quirúrgico, de la observación que luego se convertiría en su pluma y en su voz en una épica que resaltaba cualquier acontecimiento.
En la prehistoria de lo efímero y la atención fragmentada, Ernesto era un orfebre de la palabra, del significado de un hecho en el que nadie había reparado, en apreciar ese costado de la realidad que a una mirada desprevenida se le pasaba por alto. Y también Ernesto era un artesano del suspenso y de generar un clima que llegaría al éxtasis recién al final del relato, dejándonos antes boquiabiertos con múltiples resonancias de estilo, sonidos y colores.
Y luego estaba su voz, su relato, su manera de expresarse, que resonaba en la redacción para indicarnos el real sentido de una crónica o una nota que teníamos que escribir contrarreloj, porque la imprenta esperaba y la sala de los diseñadores trabajaba a mano, sin la rapidez de computadoras o programas de software. Y su humor. Se sabía un personaje y lo encarnaba sin timideces.

Era el periodismo de las máquinas de escribir remington aturdiendo la pequeña sala de redacción; de las libretas de apunte al estilo Hemingway; de los infinitos cigarrillos fumados sin descanso en las horas de cierre; de las corridas a la sala de máquinas para ver que se iba la última página a imprenta; de las noches de revisión de las “pruebas de galera” para advertir que todo estaba en orden antes de que comenzaran a rodar las rotativas; de la cinta de grabador que no siempre funcionaba en el momento de tener que registrar una declaración; de las madrugadas de lunes en el restaurante Pepito de Montevideo y Corrientes donde se extendía la mesa con los comentarios del fin de semana que había pasado y con las ideas para el siguiente número de El Gráfico que a partir del martes comenzaría a producirse.
En ese mundo, Ernesto era el director de orquesta. Sutil a veces, directísimo otras, creativo siempre. Apasionado y curioso como ninguno. Era el periodista que corría fronteras, que siempre quería estar a la delantera de una primicia, de un acontecimiento revelador, o simplemente de una foto sorpresa.
Recuerdo que un día me llama y me dice: “Vas a cubrir un torneo de aladeltismo en La Rioja. De paso, lo podés entrevistar al gobernador Menem para consultarlo sobre el rol del fútbol del interior en los torneos de la AFA”. Y allí fui, con esos dos encargos. Para mi sorpresa, a las pocas horas de llegar a La Rioja -en taxi desde Córdoba, porque el avión desde Buenos Aires había sufrido un desperfecto-, Ernesto me llama por teléfono y me pide: “Tengo una idea. Cuando lo veas al gobernador, ¿qué tal si no producís una foto de Menem volando en un ala delta en medio de los cerros riojanos? El paisaje es bellísimo y sería muy original”.
Me quedé congelado por el pedido: significaba pedirle a quien no era un experto en la materia que se subiera a un ala delta y que volara a más de 600 metros de altura sin más pericia que el manejo de los vientos y las térmicas del aire de los cerros. El pedido era superar la frontera de lo imposible, pero Ernesto con su voz mitad actuada y mitad imperativa, me estaba invitando a imaginar algo original.
Por supuesto, la insinuación no tuvo eco (“depende del viento y no estoy acostumbrado”, recibí como respuesta), pero a cambio de esa foto temeraria e imposible, sí produjimos una nota de opinión sobre la realidad futbolística federal. Y pudimos sacar unas imágenes del gobernador jugando un partido de básquetbol con sus amigos.

La foto de extraordinaria belleza en medio de los cerros quedó para los audaces pilotos del ala delta que competían en aquel torneo internacional. Todavía tengo el recuerdo vívido de muchas horas en medio de la montaña esperando que se lanzaran como pájaros en la inmensidad de aquellos cerros riojanos, y la cámara certera y artística de mi compañero fotógrafo Gerardo Horovitz registrando una monumental doble página de apertura de la nota de cobertura para la cual había sido enviado. Ernesto siempre me recordaría aquella circunstancia riojana cuando, al cabo de los años, inicié mi trayectoria política.
Pasado un tiempo, renuncié a El Gráfico para luego comenzar a trabajar en La Razón. A pesar de ese hecho que al comienzo fue muy doloroso para mí, seguí teniendo por Ernesto un cariño especial. Nos reencontramos en Washington, en casa familiar, y rememoramos anécdotas, personajes, instantes inolvidables de aquellos tiempos de periodismo con alma y vida.
Nos frecuentamos cuando regresé al país. Tuve la posibilidad de estar en comunicación con él en los últimos tiempos de su vida, cuando su voz detrás del WhatsApp seguía soñando con sueños de periodismo y creatividad. También me deleité con sus notas en Infobae, reales joyas del periodismo y de la historia popular y cultural de la Argentina.
Tengo también el recuerdo vívido de cuando se celebraron los 100 años de El Gráfico, y en la misma mesa fueron capaces de sentarse los más variados próceres del periodismo, muchos de ellos en posturas políticas muy distintas. Pero El Gráfico estaba más allá de cualquier distancia o grieta. El Gráfico era nuestro territorio emocional y vocacional que nos transportaba a días felices.
Hago punto y aparte. Quien quiera estudiar periodismo y ciencias de la comunicación; quien quiera probar con emprender el camino de esa profesión maravillosa; quien desee trascender la mediocridad o la chabacanería reinante; quien quiera ser puente de creatividad y no muro de mentiras, tendrá siempre a mano un reportaje, una crónica o un relato de Ernesto Cherquis Bialo para sacar enseñanzas y mirarse en un espejo que vale la pena observar.
Está más allá del Twitter, del meme o de la selfie. Son páginas que no se las llevará nunca el viento. Porque expresan con gran profesionalismo una inagotable cantera de momentos culminantes de la vida de nuestro país deportivo, retratados con pasión y tendiéndonos la mano para ponernos en ese lugar no solo como espectadores, sino como protagonistas.
Ernesto en sus crónicas nos llevaba a esa dimensión mágica, desafiando los límites de la física y transportándonos al territorio de lo soñado. Allí estará ahora, seguramente, observándonos con su mirada inigualable mientras desde aquí le decimos “Gracias, troesma”, por todo aquello que fue capaz de inspirar en el periodismo argentino.
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