Un road show que tenía como objetivo central y explícito el seducir a los potenciales inversores extranjeros en el corazón del sistema financiero internacional acabó convirtiéndose en un capítulo más del tan patético como asombroso espectáculo de permanente auto-boicot y daños autoinfligidos que sigue caracterizando al gobierno de Javier Milei, aún en estos momentos de gran fortaleza política y vacío opositor.
Una vez más, pese a los intentos de culpar a los medios o a una oposición tan fragmentada como intrascendente, el gobierno termina siendo víctima de sus propios errores no forzados, actuando con una mezcla de evidente torpeza, exceso de confianza, flagrantes contradicciones y manifiesta displicencia.
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Lógicamente, el escándalo suscitado por la participación de la pareja del Jefe de Gabinete en la delegación oficial, pero más aún por las explicaciones posteriores, se llevó casi toda la atención, pero no fue el único factor que opacó lo que se suponía iba a ser una actividad centrada en la captación de inversiones.
La imagen que proyectó la delegación oficial en medio de la denominada Argentina Week en Manhattan, estuvo muy lejos de las expectativas de quienes esperaban fuertes señales políticas, garantías de gobernabilidad y evidencias de la sustentabilidad del programa económico.
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No solo porque la actividad quedó expuesta como una onerosa puesta en escena con una participación abrumadoramente mayoritaria de argentinos y escasa presencia de potenciales inversores extranjeros, sino por un discurso y una actitud de Milei que no solo parece contraproducente con los proclamados objetivos buscados en materia de inversiones sino que también se da de bruces con el mensaje político de gobernabilidad y respaldo que se pretendía comunicar en Nueva York.
Es que si la idea era buscar o promover inversiones, mostrándose abierto a la iniciativa privada y los mercados, claramente no fue una buena idea utilizar una gran porción de su discurso para continuar con sus diatribas e insultos a dos de los empresarios más importantes de la Argentina, uno de ellos titular incluso de una firma que tiene alcance global. Como mínimo, innecesario e inoportuno llevar a ese escenario internacional una pelea que, hasta hace unos días, solo era de “cabotaje”.
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Lo mismo vale para el caso de los gobernadores que acompañaron la iniciativa y viajaron para escenificar el respaldo a Milei. Lejos de potenciar lo que a todas luces era una señal política importante, no solo pasó desapercibida en la alocución presidencial sino que se coronó con una actitud indiferente de Milei, rayana con el desprecio, que no recibió a los mandatarios provinciales.
Obviamente, la cereza del pastel fue el affaire Adorni, que generó un escándalo que, profundizado por una deficitaria comunicación, esmerila un poco más la ya horadada narrativa anti-casta y vuelve a colocar el tema de la corrupción en la agenda. Un escándalo que más allá de sus derivaciones judiciales y sus estribaciones mediáticas, se magnifica porque su protagonista es quien durante más de dos años utilizó el atril de la sala de prensa de la Casa Rosada para fustigar con ironías y canchereadas a periodistas y opositores.
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No solo la explicación de por qué subió a su esposa a un vuelo presidencial, cuando él mismo había anunciado hace no poco tiempo atrás un nuevo régimen para la utilización de aeronaves oficiales y viajes internacionales de funcionarios, sino que la apelación a su supuesto esfuerzo como justificante de dicho privilegio generó una previsible indignación en las redes y medios. Hablar de que viajó a “deslomarse” en Nueva York, acompañado de su mujer en el confortable avión presidencial y alojado en un hotel de lujo, claramente no parecía el mejor argumento para alguien que supuestamente sigue oficiando como vocero oficial.
Tampoco parece una buena idea para contener la crisis la reacción de los funcionarios que, liderados por la cada vez más empoderada Karina Milei, rápidamente respaldaron al Jefe de Gabinete, pretendiendo asignar responsabilidades a supuestas operaciones político-mediáticas. El daño, para un gobierno encabezado por un presidente que apenas días antes había proclamado la “moral como política de Estado” ante la Asamblea Legislativa, ya estaba hecho. A tal punto de que la inevitable disculpa de Adorni por la desafortunada frase empleada para justificarse (“deslomarse”) lejos estuvo de clausurar un tema que seguramente crecerá mediáticamente al calor de nueva información sobre los viajes del jefe de gabinete, su participación en licitaciones y contrataciones en el sistema de medios públicos que supo tener bajo su órbita, su declaración jurada, entre otras aristas polémicas.
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Todo ello, con el agravante de que el evitable escándalo convive no solo con nuevas revelaciones de la causa $LIBRA y un posible recrudecimiento de las internas libertarias tras la movida de Karina en la cartera de justicia, sino en el contexto de una microeconomía que no da señales de alivio para cada vez más argentinos que no llegan a fin de mes, que no pueden pagar deudas bancarias y que restringen consumos básicos, incluso alimentarios.
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