
Según el Boletín Epidemiológico Nacional No 789 (Semana epidemiológica 52, año 2025), se confirmaron 45.865 casos de sífilis en población general que representa un incremento del 68% en relación a la media del periodo 2020-2024. Del total de casos de ese año, 11.119 fueron mujeres embarazadas con el grave riesgo de sífilis congénita por el pasaje placentario. Durante la década del 90 y hasta 2005, no teníamos más de 10.000 casos por año a nivel nacional.
Esta explosión epidémica en la Argentina comienza en 2011 con un crecimiento sostenido de casos que se aceleró a partir de 2015. Se registró un leve descenso durante la pandemia, para luego retomar la pendiente ascendente a partir de 2022. La mayor prevalencia se concentra en el rango de 15 a 39 años. A nivel nacional, se observa un aumento generalizado, pero con una mayor incidencia en la región sur a pesar de que tiene un PBI per cápita muy superior al NOA, Cuyo o NEA. La sífilis se incluye dentro de las enfermedades de transmisión sexual, con vías de contagio genital, oral y placentario. El “agente causal” es una bacteria del genero Treponema, que en muchos casos cursa sin sintomatología o signos clínicos no valorados por el enfermo.
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La medicina actual tiene como paradigma explicativo de las enfermedades un visón multicausal (factores biológicos, socio-ambientales y estilos de vida) que en este caso se encuentran muy presentes. Ramón Carrillo expresaba: “Frente a las enfermedades que genera la miseria, frente a la tristeza, la angustia y el infortunio social de los pueblos, los microbios, como causas de enfermedad, son unas pobres causas”. Pero para esta enfermedad es necesario considerar también las carencias educativas y morales. La difusión y el uso de medicamentos como métodos de protección pre-exposición para el SIDA no previenen las enfermedades de trasmisión sexual, así como tampoco los medicamentos anticonceptivos o la pastilla del día después.
Es necesario implementar programas de prevención y educación sexual que no se limiten a promover el uso de métodos barrera (profilácticos), así como el acceso a test diagnósticos y tratamiento oportuno. También se requiere educar sobre los riesgos biológicos, psicológicos y sociales de la promiscuidad, promoviendo parejas estables en donde el amor humano, la vida compartida en reciprocidad generosa y el cuidado integral de la otra persona se expresen como valor supremo.
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