
Capricho y epidemia: la ludopatía y el consumo epidémico de marihuana en niños y adolescentes son el rostro nuevo, escandaloso, de una crisis que Argentina arrastra insidiosamente hace décadas. Le subyace a sus distintos momentos una misma matriz: el hombre que piensa que se puede fabricar a sí mismo y, absolutizando su libertad, la pierde.
Esta dictadura del capricho acaso se podría retrotraer al nominalismo, la negación de que no existe una determinada realidad humana. El problema es que, llegado a un punto del siglo XXI, nos chocamos con una pared dramática: al final, resulta que el modo de comer, el modo de dormir, el modo de jugar, el modo de entreverarse con la tecnología, el modo de ser amado por los padres, pueden ser tergiversados solamente hasta un cierto punto, luego del cual, el individuo y su comunidad, comienzan a enfermar y a morir.
¿Son el celular y la marihuana una especie de “mal en sí”? No como absolutos. Pero sí son un mal respecto de la persona en desarrollo, a la cual privan de la posibilidad de actualizar sus potencias vitales. En tanto son intrínsecamente adictivos para un niño que no ha conquistado aún los clivajes para el autogobierno pulsional, marihuana y celular se instalan como la causa material de sus desórdenes.
Lo primero es el ser: Las charlas de ex adictos famosos y de mamás de chicos adictos son hasta un punto tácticamente aleccionadoras, pero necesitamos generalizar como gran estrategia la difusión de las historias de vida de las mamás que lograron, en todos los barrios de la Patria, que sus chicos no se droguen. La vida no se puede poner en fórmulas tecnocráticas, pero hay ciertas condiciones en las que la semilla se hace planta y el niño se hace adolescente: se trata de ver qué notas se conservan para que el ceibo siga siendo ceibo y crezca sano y, ese niño que es Juan siga siendo Juan y crezca sano. Para eso está la inteligencia: para inteligir, para leer lo permanente entre las mudanzas. Nosotros por fanatizarnos con la palabra progreso o la palabra libertad, perdimos ese hilo conductor que es la historia objetiva sobre la cual se evoluciona en la integralidad.
Aportes del buen francés: Sirve una reflexión institucional. No heredamos de Francia solamente las corrientes ya perimidas del setentismo, encabezadas por la deconstrucción derrideana -idea en franca contradicción con la “reconstrucción del hombre argentino” del peronismo- o la crítica a la biolítica foucoulteana -idea en franca oposición a la educación igualadora sarmientina.
A mediados de siglo XX se instalaron también otras influencias francesas, virtuosas en este caso a diferencia de las anteriores, conocidas en sus resultados palpables sobre todo por los que nos criamos en pueblos del interior. Las Escuelas de alternancia, promovidas por el Abate Pierre Granereau, resolvieron problema de hijos de agricultores que debían desarraigarse para continuar estudios, mientras que la mayoría, que no podía andar ese sueño, se dedicaba al trabajo en la granja familiar, sin proseguir su formación. La modalidad aseguraba a los estudiantes pasar un tercio del tiempo en la escuela y dos tercios en el campo, trabajando junto a sus familias, con métodos innovadores y un sistema mixto -había persuadido que debían incluirse las mujeres- y laico desde el inicio.
¿Qué aseguraban estos métodos de organización cultural? En positivo, una formación en una ecología integral, es decir, el hombre considerado en cuerpo, mente y espíritu como centro de un sistema que respeta su esencia en su espacio vital. La filosofía ecológica de Kusch puede ser otro correlato. En negativo, hubiera sido -¡y puede seguir siendo!- un dique al tsunami de hacinamiento en los conurbanos, que cristalizan aquello que en el discurso de la Comunidad Organizada se denuncia como la insectificación moderna.
Desnacionalización ansioso-depresiva: Si uno recorre la Argentina, atento a sus capas, a sus estratos, a sus relictos, aún puede percibir en los pueblos más chicos, que todavía la actuación del régimen consumista global, a través de mediaciones materiales del celular y la alienación de la marihuana, no ha conseguido transfigurar el islero de San Javier, el hornero de carbón de Chaco, o el campesino de Formosa, en el excluido del conurbano. Aunque los embates están en curso. Hay un Umwelt, una riqueza del ambiente que cada ser experimenta en el mundo donde desarrolla su vida. El desorden ambiental es una flagrante injusticia social, una privación objetiva a la que es sometido el ser del niño que no conoce el verde, no accede al club, no duerme 8 horas, no es abrazado por una madre que lo despierta con el desayuno y, para colmo de males, queda indefenso ante las plataformas de apuestas y los apólogos de la marihuana: independientemente de la libre opinión.
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