
La semana pasada, caminando por una plaza, vi un cartel que decía “no arrancar ni pisotear las flores”. Era un jardín bello. El crimen organizado, con una crueldad que no conoce límites, pisa y arrebata la vida de los más pequeños, robando sus mañanas y desdibujando el futuro. Utilizan tácticas perversas, captándolos con falsas promesas de trabajo y estudio en otras provincias o países, lejos de la protección de sus seres queridos. También muchos son secuestrados en la salida de la escuela, del club, o cuando terminan una noche en el boliche, vulnerables, sin imaginar el abismo que los espera. Incluso llegan a utilizar el engaño mediante relaciones afectivas que parecen genuinas.
Es uno de los crímenes más aberrantes que puede sufrir una sociedad. Arranca de raíz la dignidad, la libertad y los sueños de niñas, niños, adolescentes y jóvenes, quienes son explotados y sometidos de formas inimaginables. Este delito, que atraviesa fronteras y desgasta comunidades, es llevado adelante por mafias organizadas que corrompen todo a su paso y dejan tras de sí una estela de dolor, sangre y vidas rotas.
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Las víctimas -en un 90% son mujeres- son explotadas y sometidas sexualmente, laboralmente o utilizadas para el tráfico de órganos destinados a trasplantes clandestinos. Para mantener el sometimiento las hacen adictas a las drogas, las amenazan con matar a alguien de su familia si escapan. Son oprimidas y torturadas hasta doblegar su voluntad. El crimen organizado en mafias nacionales y globales busca dinero como sea. Tienen las manos manchadas de sangre de vida inocente. Corrompen y sobornan a quienes deben combatir el delito y sancionarlo, cómplices del atropello.
El dolor y el vacío que dejan en quienes las esperan -familiares, amigos-, sumado al sufrimiento que enfrentan quienes caen en manos de traficantes, nos obliga a mirar de frente esta problemática y a actuar. No seamos indiferentes.
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Los tratantes se aprovechan de la vulnerabilidad, la necesidad económica o la falta de oportunidades, poniendo en marcha una maquinaria de explotación. Los jóvenes, seducidos por la esperanza de una vida mejor, dejan sus hogares y comunidades, confiando en que alguien los ayudará a cumplir sus sueños. Lamentablemente, ese viaje termina en pesadilla.
Cada tercer domingo de septiembre lo dedicamos a rezar y concientizar acerca de este flagelo. El lema que nos convoca este año es “Embajadores de esperanza: juntos contra la trata de personas”. Unas cuantas comunidades religiosas junto a laicos forman redes de recuperación de las víctimas, se comprometen en capacitación laboral, sanación de vínculos, curar las heridas tan hondas que provoca descender a los infiernos.
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Hoy, 21 de septiembre, vemos colmadas las plazas y parques con jóvenes que se juntan para celebrar su día con cantos, juegos y alegría. Cuidémoslos de los lobos rapaces que están al acecho. Que nadie sea usurpado de su familia y amigos.
Hablá de este tema en casa con tus hijos y nietos. Hablemos en la escuela, el club y en los templos. La mejor prevención está en prestar atención.
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Dios nos hizo a su imagen y semejanza, dándonos una dignidad inviolable y permanente. Nada justifica la explotación y opresión. Nada justifica usar a otra persona para placer personal por medio de la violencia. Las personas no son objeto de alquiler y consumo. Enfrentemos estas oscuridades con la luz que da el compromiso concreto con la verdad comprensiva y el abrazo que sana.
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