
“…Vos podés cambiar de todo, de cara, de casa, de familia, de novia, de religión, de Dios…
Pero hay una cosa que no podés cambiar, Benjamín.
No podés cambiar…de pasión”.
Esta memorable escena de El secreto de sus ojos que se desarrolla en un bar cercano al Palacio de Tribunales, en la que participan Pablo Sandoval (Guillermo Francella) y Benjamín Espósito (Ricardo Darín), la que confieso he visto más de un centenar de veces me ha hecho reflexionar sobre una diversidad de cuestiones y hoy, nuevamente, toca una de mis fibras más íntimas cual es la pasión que profeso por el Club Atlético Boca Juniors mi amado “boquita”.
Y como decía “Pablo” en la película, es tan fuerte este sentimiento del hombre que cuando se lo ataca y quien lo hace es ni más ni menos uno de los que sin dudas llevó la bandera de esa pasión, la tristeza y la desazón se profundizan y me motivan a poner blanco sobre negro la razón de mi desconcierto.
Ser de Boca no se elige, Boca te elige, te atrapa, te marca para siempre. Es la bombonera latiendo, son aquellos domingos de antaño con la radio pegada a la oreja o la garganta destrozada gritando el gol desde la popular.
Vos, Juan Román, fuiste el talento en estado puro, el último romántico, el “topo Gigio” que a su manera se alzaba contra las arbitrariedades convirtiéndose en un emblema de luchas y resistencias.
Vos, Juan Román, fuiste el “10” al que siempre hay que pasarle la pelota, fuiste el mito que con un segundo de tu magia alegrabas las almas de la mitad más uno del país.
Vos, Juan Román, construiste una parte hermosa de esa historia. Como olvidar el pase a Palermo con la rodilla rota, el gol al Gremio, el “caño” a Yepes. Fuiste un distinto, fuiste Boca. Pero eso fue en la cancha.

Pero, vaya paradojas que nos presenta la vida, quien nos entregó todo aquello, quien nos hizo vibrar con el verdadero fútbol a quienes hoy peinamos canas y que pudimos transmitírselo a nuestros hijos, se ha convertido en la personificación de la estafa emocional que estamos sufriendo los “bosteros”.
Y así es, aunque me duela en el alma decirlo, porque cuando el ídolo traiciona su propio mito, el dolor y el daño son mucho más fuertes que una derrota en el campo de juego.
Hoy Juan Román, ya no sos el jugador, sos el que decide. Y desde que eso ocurrió, algo empezó a doler. Y no es el dolor por perder un campeonato, o por un penal errado o por un refuerzo deseado que no llegó. Es más profundo.
Duele ver que el club de la “mitad más uno del país” se volvió chico para tanta pasión. Que las decisiones ni se meditan ni se explican, que el amiguismo prevalece sobre el amor incondicional a la azul y oro y, que los ídolos de la historia boquense se van por la puerta de atrás o en el peor de los casos terminan su gloriosa carrera en una “estación de servicio”.
Juan Román, fuiste muy importante para Boca, pero no sos Boca. Boca somos todos. Es el vitalicio que va a la Bombonera hace 50 años, es el recién nacido que el primer regalo que recibe es una camiseta con tu nombre en la espalda, es la satisfacción de un padre la primera vez que lleva a su hijo a Brandsen 805 y podría seguir con tantos otros ejemplos.
Me ha dolido mucho escribir estas líneas, pero estoy convencido de que no es traición cuestionar a un ídolo. Al contrario, creo que es un acto de amor a Boca. Porque si nos callamos cuando vemos que nuestro club se va despedazando, estamos traicionándonos a nosotros mismos.
Tal vez nos quede la esperanza de que aún estés a tiempo de cambiar este rumbo equivocado. Que lo efímero que es el traicionero calor del poder no destruya del todo lo que alguna vez te hizo grande.
Pero el tiempo pasa y la pasión, cuando se siente estafada, no perdona.
Juan Román, la pasión no se compra, se honra.
*Javier Leal de Ibarra es el presidente de la Junta Federal de Cámaras Federales y Nacionales
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