
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, logró coronar con éxito la destrucción del aparato de enriquecimiento de uranio de Irán, forzó un alto el fuego entre Israel y la nación persa, e impuso a la OTAN su vieja idea: “Si Europa quiere una estructura de defensa, la deben pagar sus miembros”. Mark Rutte, quien hace no mucho dijera “le vamos a poner límites a Trump”, le dio una enorme satisfacción al presidente norteamericano cuando, durante la cumbre de La Haya, lo felicitó por su éxito en Medio Oriente, adulándolo con un inédito “papito” (“daddy”).
La siguiente tarea a la que se está abocando su equipo, liderado por Marco Rubio y Scott Bessent, secretarios de Estado y del Tesoro, respectivamente, es llegar a un acuerdo estratégico con la República Popular China. Rubio, quien además de mantener bajo su mando a la diplomacia también lo hace con el Consejo de Seguridad Nacional, por primera vez desde Henry Kissinger, ha estado en permanente contacto con el canciller chino Wang Yi en razón de todo el conflicto de Medio Oriente. Bessent fue quien logró la pausa de noventa días, lo que ha frenado la guerra arancelaria entre las dos superpotencias.
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El resultado de la guerra, las decisiones tomadas en la cumbre de la OTAN y un acuerdo con Xi Jinping pondrían a Estados Unidos y a la economía mundial al borde de una nueva era de paz y prosperidad, en la cual las dos superpotencias estarían más cerca del ying-yang que de un conflicto. Previamente, ambos líderes tienen que darse cuenta de las realidades recíprocas: el chino, que ya no tiene al débil Joe Biden enfrente; el norteamericano, que su rival tiene una envergadura mucho mayor que la que conoció en su primer mandato presidencial.
La guerra fría del siglo XXI no es ideológica, sino comercial. En el siglo XX, EE.UU. se enfrentaba a la URSS. Moscú proponía un orden socialista mundial y planteaba el capitalismo norteamericano, “explotador”, como el enemigo a derrotar. El bienestar de Occidente y el fracaso de la economía colectivista provocaron la implosión del imperialismo soviético.
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Dos líderes entendieron rápidamente la lección: Vladimir Putin, que convirtió a su país en un objetor del pasado cercano y revivió el nacionalismo ruso, convirtiéndose así en el último zar, y Deng Xiaoping, que abandonó el planteo económico socialista e impulsó el capitalismo estatal y privado. Xi mantuvo y profundizó las reformas económicas de Deng; utiliza al partido revolucionario como un instrumento de control social y no de adoctrinamiento, y logró derogar la prohibición de tener más de dos mandatos presidenciales, convirtiéndose en un autócrata con poder absoluto.
Entretanto, Trump se apresta a una gran ceremonia de condecoración de los pilotos que lograron el histórico éxito del ataque sobre Irán. Estos soldados volaron 36 horas seguidas desde la base en Missouri, ubicada en el Medio Oeste norteamericano, sin aterrizar en todo el trayecto y repostando en el aire el combustible provisto por los aviones nodriza. De esta manera, Trump consolida su relación con el complejo industrial de los EE.UU., desafiando a sus opositores demócratas y al conglomerado mediático liderado por “The New York Times”.
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Para 2026, año de las elecciones de medio término, al “Trump Team” le queda un objetivo importante en el ámbito nacional, que es el desplazamiento de Jerome Powell, quien está a cargo de dirigir la Reserva Federal. En el ámbito internacional, se posiciona el desplazamiento de la dictadura de Maduro y ayudar a la derrota electoral de Petro en Colombia y de Lula en Brasil.
Otro tema que preocupa es quién reemplazará al controvertido secretario general de las Naciones Unidas. Ahí despunta la candidatura de Rafael Grossi, compatriota que conduce la Organización Internacional de Energía Atómica y que acaba de tener un brillante desempeño en el control de la proliferación nuclear en Medio Oriente, con la sola excepción de Irán, que lo ha criticado por decir la verdad.
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