
No todas las dudas provienen de la política, ni todas son puramente económicas. Como decía el inspector británico de impermeable de una vieja película de suspenso mirando directamente a la cámara hacia el final, cuando todo parecía resuelto, “not so simple, not so simple”.
El contexto internacional contribuye a elevar la incertidumbre en todo el mundo, de modo que eso no ayuda mucho para explicar el diferencial de riesgo argentino respecto del resto de la región y del mundo –más allá de la amplificación del ciclo que comparte nuestro país con los muy riesgosos (somos high beta)–.
El contexto político argentino, por su parte, no parece estar modificando demasiado la aguja en los últimos tiempos, aunque todos podemos imaginar mejores escenarios de la política argentina que podrían contribuir a definir un entorno sostenible.
¿Lo que queda entonces para explicar nuestro riesgoso presente, debemos imputarlo a lo económico? Me temo que sí. En alguna medida, por incomprensión de nuestra parte de lo escarpado que es el camino hacia la normalidad: lleva años, no meses. Además, porque muchos suelen creer que los equilibrios de largo plazo están a la vuelta de la esquina, lo cual es lo mismo que lo anterior, pero dicho por gente que considera irrelevantes los costos durante el proceso de ajuste.
Nuestra historia nos condena (desde fines de la década del 40 aprendimos a vivir con tasas de inflación de dos dígitos anuales y soportamos varios procesos hiperinflacionarios)
Pretender alcanzar el equilibrio de largo plazo hoy, sin los fundamentos que lo sustenten, solo fuerza un desequilibrio de corto plazo. La ecuación de Bellman no les trae al presente lo que no está disponible.
Observemos de dónde venimos, no sólo en términos de una larga historia de fracasos con programas económicos, sino también desde una perspectiva más reciente. Nuestra historia nos condena (desde fines de la década del 40 aprendimos a vivir con tasas de inflación de dos dígitos anuales y soportamos varios procesos hiperinflacionarios), pero, hasta hace unos meses, convivimos con tasas de inflación de entre 200% y 300%. Desde allí experimentamos un frenazo brusco, y hoy empezamos a evaluar el estado de las cosas después de tanto desorden.

No solamente percibimos nuestra economía fallida, sino que también reconocemos la disfuncionalidad de ciertos arreglos institucionales en lo político, económico, social y en la justicia.
Así como después de las inundaciones se ve la magnitud del daño provocado por el meteoro, hoy al retirarse el velo de la inflación -que distorsionaba todo-, queda expuesto un estado de cosas que exige grandes cambios, empezando por modificar normas y reglas (lo que en democracia requiere de consensos y tiempo), dado que una economía de baja productividad genera alta informalidad, demanda subsidios, protección y mucha burocracia, lo que eleva la presión tributaria explícita, aumentando la evasión y el crecimiento del mayor impuesto no legislado: la inflación.
El frenazo de la inflación, por sí solo, no garantiza su erradicación definitiva mientras subsistan sus causas de fondo. El equilibrio fiscal es -como ha diagnosticado correctamente la presente Administración- el elemento imprescindible para corregir los desequilibrios que alimentan la inflación, pero no es el único.
El frenazo de la inflación, por sí solo, no garantiza su erradicación definitiva mientras subsistan sus causas de fondo. El equilibrio fiscal es el elemento imprescindible pero no es el único
Más allá de la reducción de la inflación como objetivo, la lista de requerimientos para lograr instalar la convicción de que estamos en el camino de un escenario macroeconómico sostenible y estable, y de un ambiente microeconómico competitivo, es tan larga que resulta irrealista exigirla de inmediato.
Reestructurar mercados requiere reformas que aporten flexibilidad. Mientras esas reformas aparecen gradualmente y otras quedan postergadas, todo se vuelve más difícil y la incertidumbre se acrecienta.

Los países que enfrentan situaciones de estancamiento tratan de copiar las normas y procedimientos de otros que han sido exitosos. El benchmarking es válido, y al menos la experiencia ajena funciona como un experimento natural que no debemos despreciar. ¿Estamos implementando las reformas de acuerdo con la experiencia internacional y nuestros antecedentes, dados nuestros propios antecedentes, o improvisamos convencidos de que “esta vez es diferente”?
Los antecedentes muestran que Argentina no cumple habitualmente sus promesas, y si bien la actual administración se atiene a derecho, todavía es un lapso breve que debe consolidarse con el tiempo y más acciones para constituir antecedentes sólidos que reduzcan las dudas sobre el comportamiento argentino. La reputación se construye con cumplimiento y tiempo.
Una alternativa para ganar reputación acortando los plazos, pero respetando a rajatabla los compromisos asumidos, consiste en “comprar” esa reputación acelerando las reformas más difíciles y sumando solvencia.
Una alternativa para ganar reputación acortando los plazos, pero respetando a rajatabla los compromisos asumidos, consiste en “comprar” en acelerar las reformas más difíciles y sumando solvencia
Por ejemplo, un país con baja productividad y alta informalidad debería centrar el debate público en esos problemas de modo de hacer visible la necesidad de reformas como vía para el crecimiento, a la vez que con ello frena intentos de contrarreforma y compromete el apoyo para el cambio de régimen. Y un país que está endeudado acumula reservas para acelerar el retorno del crédito voluntario. Plata mata galán, dice el dicho, y ello vale para ambos ejemplos.
Apenas estamos al inicio de un extenso proceso de reformas, en el que conviene evitar sobrestimar nuestra capacidad de tener suerte y, en su lagar, enfocar las acciones de corto plazo. Conviene asumir que enfrentaremos un escenario internacional complejo y riesgo elevado durante un buen tiempo –marcado por nuestras propias decisiones–, lo que nos obligará a aumentar nuestra tasa de ahorro para invertir y cumplir con la deuda. Not so simple.
El autor el Director y Economista Jefe de FIEL. Esta nota se publicó en Indicadores de Coyuntura 675 de FIEL
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