
El Gobierno cerró los primeros tres trimestres de su gestión con una marcada consolidación fiscal. La promesa de campaña de un ajuste profundo se ha traducido en un superávit sostenido, que contrasta con la situación de hace un año, cuando el déficit fiscal representaba 23% de los ingresos totales del Tesoro Nacional.
Esta mejora es resultado de una fuerte reversión en el resultado primario, es decir, en el saldo que excluye el pago de intereses. En 2024, Argentina volvería a registrar superávit fiscal tras 16 años. Sin duda, este es uno de los pilares del programa económico actual.
Las cuentas equilibradas son una condición necesaria para una política monetaria estable y creíble y, al reducir las necesidades de financiamiento del sector público, liberan recursos para expandir el crédito al sector privado.
La mejora fiscal responde a comportamientos dispares en los diferentes rubros del presupuesto público.
Gran parte del ahorro provino de una reducción en términos reales de jubilaciones y pensiones contributivas, que representaron 30% de la mejora en el resultado primario en los primeros tres trimestres de 2024. También contribuyeron los recortes en transferencias a las provincias (tanto en gastos corrientes como de capital), la disminución de la inversión pública y el aumento de los recursos fiscales asociados al esquema cambiario -como el Impuesto PAIS y los derechos de exportación-.

Además, la reducción de los subsidios energéticos también fue un factor destacado en la consolidación fiscal.
Por otro lado, otros rubros de ingresos se debilitaron debido a la recesión económica.
En cuanto a los grandes rubros de gasto, sólo la Asignación Universal por Hijo (hoy conocida como “Asignación Universal para la Protección Social”) registró un incremento en su monto por encima de la inflación, haciendo un aporte negativo, aunque limitado, a la consolidación.
El gasto público y los gobiernos recientes
El proceso de estabilización fiscal cobra mayor relevancia al observarlo en perspectiva histórica. Los últimos tres gobiernos muestran patrones presupuestarios bien diferenciados.
La estabilización fiscal adquiere mayor relevancia al analizarla en perspectiva histórica. Los tres últimos gobiernos muestran tendencias fiscales marcadamente distintas.

El gobierno de Mauricio Macri, por ejemplo, comenzó con una leve contracción del gasto que se aceleró en sus últimos dos años, especialmente tras el primer evento macroeconómico de 2018, cuando la situación fiscal se tornó urgente. En total, el gasto primario (neto del pago de intereses) se redujo un 23% durante su mandato, que finalizó en 2019.
Por su parte, la administración de Alberto Fernández incrementó el gasto primario desde el primer año de su gestión, en respuesta a la pandemia de Covid-19 y a la implementación de políticas de emergencia. En 2021, el gasto se moderó, pero volvió a aumentar en 2022, cerrando el mandato con un gasto casi 10% superior al del inicio.
En contraste, el gobierno de Javier Milei, en sus primeros nueve meses, logró reducir el gasto primario en un 25% en términos reales. De mantenerse esta tendencia, la caída alcanzaría un 30% al cierre de su primer año.
Al observar el comportamiento del gasto a lo largo de estos períodos, se advierte que el gasto corriente sigue una tendencia similar al gasto total, mientras que el gasto de capital responde de manera distinta. En el gobierno de Alberto Fernández, la inversión pública creció considerablemente hacia el final del mandato.
Por el contrario, en los gobiernos de Macri y Milei, el gasto de capital muestra caídas pronunciadas en respuesta a los ajustes fiscales, confirmando la propensión a recortar la inversión en épocas de ajuste.
En estudios especializados, existe consenso sobre el impacto negativo de la prociclicidad del gasto de capital, ya que ajustar la inversión resulta una estrategia habitual, pero a menudo perjudicial. La evidencia sugiere que las consolidaciones fiscales que protegen el gasto de capital tienden a ser menos contractivas en términos económicos.
Reflexiones finales
De los primeros tres trimestres de gestión, surgen varias conclusiones en materia de política fiscal.
- En primer lugar, el compromiso con el equilibrio de las cuentas públicas es indiscutible. Si bien existen críticas a las herramientas utilizadas, es claro que el gobierno considera el superávit fiscal como un pilar de su programa económico, reforzado por su oposición a toda legislación que implique un aumento del gasto. Esto se ve reflejado en la introducción de una regla fiscal en la Ley de Presupuesto, aunque su aplicabilidad en 2025 podría estar limitada por la subestimación de las pautas macroeconómicas y su sesgo procíclico.
- En segundo lugar, sostener la calidad del gasto público sigue siendo un objetivo crucial. La composición del gasto, especialmente la inversión pública, debe monitorearse cuidadosamente. En un contexto donde el sector privado asume responsabilidades que antes correspondían al Estado, esta transición podría ser compensada. No obstante, un optimismo excesivo en este aspecto no es recomendable en política económica, y menos en el caso de Argentina.
- El fuerte compromiso con un programa fiscal superavitario se traduce, además, en una menor necesidad de emisión, lo cual beneficia a la política monetaria. La menor demanda de deuda estatal también abre espacio para que el sector privado obtenga financiamiento para sus proyectos.
- Finalmente, el equilibrio fiscal reduce la probabilidad de políticas tributarias agresivas, favoreciendo un ambiente de inversión más estable. En la medida en que la situación fiscal lo permita, las medidas impositivas deberían enfocarse en reducir la carga tributaria mediante la eliminación de impuestos distorsivos, como el “impuesto al cheque” o los derechos de exportación.
En un marco de acuerdo fiscal con las provincias y menores urgencias presupuestarias futuras, sería deseable impulsar una agenda de reducción de la carga tributaria subnacional, comenzando con el Impuesto a los Ingresos Brutos.
El autor es Economista de FIEL. Esta nota es un anticipo de la que será publicada en Indicadores de Coyuntura 669, noviembre
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