
Nos conduce el profeta de una nueva iglesia del egoísmo, cuyas reglas no nos incluyen. Los daños son muchos. Su agresión gratuita a países hermanos y a colaboradores implica más una expresión de la desmesura y de la demencia que el resultado de una política pensada. En su corta gestión, Milei no solo se enemistó, en una muestra de absoluta insensatez, con países esenciales para nuestras relaciones diplomáticas y comerciales, sino que fue expulsando a periodistas y aliados y en todos los casos, quedó prisionero de una dupla de economistas dogmáticos que, en su fracasado paso por todos los gobiernos que transitaron, solo dejaron deudas siderales y sufrimiento para el pueblo y las clases medias, además de una compleja gobernabilidad para quienes los sucedieron.
Hace tiempo que somos una sociedad donde los economistas intentan sustituir a los filósofos y renunciar a la reflexión y el espíritu crítico. Nuestro Presidente es la contracara de Maduro quien, esperemos, termine derrotado, y con su derrota, se ponga fin a la degradación de algunas propuestas del continente. Por cierto, valían la pena las de Lula, Mujica y Evo- y hay más-, pero Cuba terminó siendo dañina para toda la región porque su ejemplo definió un socialismo inseparable del autoritarismo; en esa síntesis, el resultado nunca fue exitoso.
Llama la atención que los mercados beneficiados en otros esquemas reaccionen hoy respecto del gobierno con más criterio y agresividad que los jubilados y asalariados sometidos a la angustia cotidiana del escaso consumo y a un resultado nulo ante tamaño esfuerzo.
En cuanto a la desesperada vocación de Milei por imitar a Menem -como si en ese personaje, que vendió nuestro patrimonio y nos endeudó, se cifrara un éxito que justificara la elección de una réplica de aquel pasado como acompañante en el palco del Colón- alberga una pobreza de espíritu indigna del cargo que este señor ocupa.
La sensación dura aunque indiscutible de que por este camino no hay salida se va instalando diariamente en todos y cada uno de los sectores de esta dolida sociedad que necesitaba una esperanza, se aferró a ella y hoy debe reconocer que transita un nuevo camino hacia la decepción. Del otro lado, algunos intentan reunir los restos del peronismo como si en ese rompecabezas se reencontrara un destino. Creo que algo nuevo debe surgir, la suma de los fracasos jamás se va a expresar en un logro auténtico y perdurable.
El presidente se ocupa de destrozar los protocolos, de ignorarlos como forma de llamar la atención apelando a su grotesca excentricidad. En nuestra malograda sociedad, este histrionismo carece de peso alguno, pero en los viajes al extranjero, se advierte que hay dos formas de hacerse notar, una es la genialidad y otra, su contraparte, la imbecilidad.
La derrota del oficialismo entró en su fase indiscutible, la construcción de una alternativa es el desafío que hoy tiene una sociedad obligada a cumplirlo. Hace falta debate, reflexión, voluntad de unirse, dejando de lado rencores y diferencias que no sean sustanciales, para enfrentar esta vergüenza que hoy nos humilla como argentinos y nos destruye como nación soberana.
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