
En momentos en que la “mano invisible” del mercado se revela como una fuerza esquiva, no susceptible de disciplinarse ni a la narrativa presidencial ni a las diatribas, desmesuras y descalificaciones del propio Javier Milei, la política parece comenzar a despertar del largo letargo en que quedó sumida tras el fulgurante y sorpresivo ascenso del outsider libertario al poder.
En este contexto, pareciera que la tan esperada y reclamada “segunda fase” fue asumida antes por la política que por el propio oficialismo. La política, actividad que el presidente desdeña y critica, pero a la que ha debido apelar para sortear varios desafíos durante su primer semestre, parece comenzar a ganar centralidad conforme el gobierno se adentra en un escenario de mayor incertidumbre.
Tras la trabajosa y extenuante sanción de la edulcorada Ley de bases y el paquete fiscal, la oposición en sus diferentes variantes pareciera haber aprovechado el retardo y las dudas del gobierno a la hora de anunciar la demandada “hoja de ruta” para una nueva etapa, para comenzar a salir del aturdimiento y desconcierto que la tenía paralizada frente a un gobierno que, aprovechando el profundo descrédito y los recurrentes fracasos de la dirigencia tradicional, avanzaba en un brutal ajuste casi sin conflictividad social y con amplios niveles de apoyo de la opinión pública.
El “despertar” alcanzó, con los lógicos matices y las diferentes modulaciones, a todo el diverso y heterogéneo espacio de una oposición que venía caracterizándose por una manifiesta fragmentación que terminaba siendo altamente funcional al proyecto reformista y rupturista del oficialismo.
Los movimientos más notables se dieron, sin dudas, en el PRO. Una novedad importante, tanto por lo evidente del proceso de “desmarque” como por el hecho de provenir de las filas de un espacio que no solo se había erigido como “colaboracionista” sino que aspiraba incluso a “cogobernar” apuntalando la poca experimentada y, por momentos improvisada, burocracia mileista.
Una sucesión de episodios, que se inició con un moderadamente crítico documento de la Fundación Pensar, histórico think tank macrista presidido por la ex gobernadora María Eugenia Vidal, y que tras el desplazamiento de la ministra Patricia Bullrich del control del partido, tuvo su punto de inflexión el pasado jueves, durante la asamblea de PRO en la que sorpresivamente asumió Martín Yeza como titular de la Asamblea, un cargo que supuestamente le había sido prometido a la funcionaria nacional. Todo ello con el telón de fondo de un explicito reclamo del ex jefe de gobierno porteño con respecto a la deuda que Nación mantiene en concepto de coparticipación con la Ciudad de Buenos Aires, y que fuera reconocida como legitima por el máximo tribunal.
En un escenario en el que los partidarios de Bullrich se retiraron masivamente del conclave y la propia ministra publicó en sus redes sociales una encendida defensa de su “profesión de fe” libertaria, aunque desde ambos extremos procuraron luego bajar los decibeles del conflicto, la percepción generalizada es la de una ruptura de alcance nacional. Como evidencia de ello, el mismo día en que se materializa la ruptura nacional del PRO, en Santa Fe, la vicegobernadora y titular provincial de la fuerza ratificaba el rumbo marcado por el ex presidente, aún en términos más explícitos que los expresados por él, señalando que “no hay fusión posible con la Libertad Avanza” y que la fuerza “no va a romper Unidos”, coalición que el PRO integra no solo con el radicalismo sino con el provincialmente vigoroso socialismo.
En el radicalismo, como en el heterogéneo espacio del peronismo federal, el principal desafío radica en cómo ecualizar un posicionamiento que marque una diferenciación con el gobierno a la vez que ratifique el compromiso con el cambio. Si bien el senador Martín Lousteau y el diputado Facundo Manes por el radicalismo, y algunos legisladores peronistas disidentes (Kueider, Espíndola, Massot, etc.) ganaron protagonismo en los debates parlamentarios, tanto los gobernadores radicales Cornejo y Pullaro como el peronista Llaryora, ya trabajan en estrategias propias que les permitan exorcizar los fantasmas de una ola libertaria que los barra en las elecciones legislativas del año próximo.
Por último, en las filas del peronismo se extiende una suerte de “modo horizontal”, como lo planteó el ministro de Infraestructura bonaerense y ex ministro nacional, Gabriel Katopodis. Un tiempo en el que los distintos actores empiezan a moverse con relativa autonomía, aunque privilegiando una “unidad” que busca evitar proyectar la imagen de un desbande generalizado. Como prueba de ello, el kirchnerismo se ha venido mostrando -aún con muchas reticencias- junto al gobernador Kicillof, que ya no oculta su intención de emprender una aventura “poskirchnerista”, a la vez que trabaja para el encumbramiento de Cristina Fernández de Kirchner como presidenta del partido en las elecciones internas de noviembre próximo.
Así las cosas, la oposición parece haber comenzado a encarar un inevitable proceso de reordenamiento, que incidirá en el posicionamiento de los diversos espacios y referentes frente a los diferentes escenarios que enfrenta el gobierno: en un extremo, un reordenamiento económico que permita comenzar una etapa de crecimiento sin una inflación significativa, en el otro, la profundización de un contexto recesivo que produzca un marcado giro en una opinión pública que mayoritariamente lo sostiene. Todo ello en el marco de un escenario inesperado para un oficialismo que, por primera vez, se enfrenta a un clima de desconfianza generalizada en los mercados.
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