Emergencia climática y derechos humanos

La amenaza existencial que supone para la humanidad la emergencia climática justifica una interpretación evolutiva de la legislación de DD.HH para reconocer el derecho a la resiliencia como un derivado del derecho humano a la vida

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El Ideam hace un llamado
El Ideam hace un llamado a todos los colombianos para que tomen medidas de precaución por la llegada de la temporada de lluvias al país - crédito Colprensa

Los fenómenos meteorológicos extremos en todo el mundo, incluido Brasil, están demostrando la necesidad de ser más eficaces a la hora de enfrentar las causas del cambio climático. Hoy ya estamos viviendo una emergencia climática, que puede definirse como un desafío de tiempo y temperatura. Estamos a 1,2°C de temperatura global y la ventana de oportunidad para evitar violaciones masivas y abruptas de derechos humanos es cada vez más pequeña. Si superamos los 1,5 °C, activaremos puntos de inflexión que causarán impactos irreversibles y potencialmente catastróficos. Los modelos climáticos sugieren un conjunto de once cambios abruptos entre 1,5°C y 2°C de calentamiento.

Estamos abandonando a ritmo acelerado el nicho de temperatura global en el cual se desarrolló la civilización.

A lo largo de la historia, la legislación sobre derechos humanos ha servido tanto de faro de esperanza como de estrella guía. Los tratados de derechos humanos son “instrumentos vivos” que deben “evolucionar con los tiempos y las condiciones actuales”. La amenaza existencial que supone para la humanidad la emergencia climática justifica una interpretación evolutiva de la legislación de derechos humanos para reconocer el derecho humano a la resiliencia como un derivado del derecho humano a la vida.

El derecho humano a la resiliencia impone dos obligaciones claras al Estado: una mitigación efectiva para frenar el ritmo de calentamiento a corto plazo y mantenerse por debajo de 1,5 °C, y una adaptación efectiva para garantizar que las generaciones presentes y futuras puedan adaptarse.

Cuanto más alta es la temperatura, menos eficaz resulta la adaptación. Por eso es imperativo actuar en ambos frentes simultáneamente. Es decir, bajar la tasa de temperatura a corto plazo e invertir en la resiliencia de los sectores más vulnerables a los impactos del cambio climático hoy y mantener la resiliencia de ecosistemas claves para la estabilidad del clima, como el Ártico, el Amazonas, la Antártida, los glaciares de montaña, entre otros. Si perdemos estos ecosistemas la adaptación no será posible.

Es importante destacar que no toda mitigación impacta en la temperatura a corto plazo y no toda adaptación construye resiliencia. La adaptación tiene límites. Es por ello que el derecho humano a la resiliencia opera como un principio ordenador para focalizar las acciones y asegurar que los esfuerzos sean efectivos para abordar la emergencia.

Para reducir el ritmo de calentamiento a corto plazo, es esencial actuar de forma inmediata y focalizada. Reducir los super contaminantes climáticos de vida corta puede evitar casi cuatro veces más calentamiento de aquí a 2050 que las estrategias centradas únicamente en el carbono. Esta es actualmente la única manera de frenar el ritmo de calentamiento a corto plazo. Aún podemos salvarlo todo y no dejar a nadie atrás.

La Corte Interamericana de Derechos Humanos, que en los próximos días celebrará audiencias públicas en Brasil sobre la intersección entre clima y derechos humanos, tiene una oportunidad extraordinaria para asesorar a los Estados sobre las acciones necesarias para aumentar la resiliencia y evitar violaciones masivas de los derechos humanos. A la cabeza de la lista están las acciones para reducir las emisiones de metano, carbono negro y HFCs, que son las más eficaces para frenar el ritmo de calentamiento a corto plazo, en paralelo con la mitigación del CO2. Este plan de emergencia también debe incluir la protección de los sumideros de carbono (bosques, humedales, manglares, océanos) y de la capacidad de albedo de la Tierra, glaciares.

Las audiencias, cuyo objetivo es apoyar la redacción de un dictamen consultivo, tienen lugar tras la cumbre en la Pontificia Academia de Ciencias del Vaticano sobre la resiliencia climática, convocada por el Papa Francisco. El momento no podría ser más oportuno.

El Papa Francisco en el documento que firmó el 16 de mayo sobre resiliencia climática se refiere a la necesidad imperiosa de bajar la tasa de calentamiento y limitar la temperatura global por debajo de 1,5C. Y hace referencia expresamente a que debemos mitigar los super contaminantes climáticos de vida corta para reducir la tasa de calentamiento a la mitad en el corto plazo. El Santo Padre se refirió a que “la destrucción del ambiente es una ofensa a Dios, es un pecado…la pregunta es: estamos trabajando para una cultura de la vida o para una cultura de la muerte”.

La Evaluación Mundial del Metano de las Naciones Unidas confirma que la reducción del metano es la estrategia más rápida para limitar el calentamiento en los próximos 20 años. En la actualidad existen tecnologías para reducir las emisiones de metano en un 45% de aquí a 2030 (en comparación con los niveles habituales de 2030), para lograr casi 0,3°C de calentamiento evitado de aquí a 2040. Para proteger a la humanidad, hay que tomar medidas obligatorias en tres sectores: la producción de energía (sobre todo en las industrias del petróleo y el gas), la agricultura y los residuos. La mayoría de estas medidas son rentables, crean puestos de trabajo locales y mejoran la salud humana y la productividad de los cultivos.

El Tribunal tiene una oportunidad extraordinaria de guiar el camino a seguir, con el derecho humano a la resiliencia como brújula. Al fin y al cabo, somos la última generación que puede hacer algo verdaderamente notable y significativo para proteger a la humanidad y otras formas de vida en la Tierra. ¿Si no somos nosotros, quién? ¿Si no es ahora, cuándo?