
En la polémica por el presupuesto universitario se juega mucho más que los fondos de las universidades. Está en juego una concepción de la Universidad y su función social y no solo consideraciones meramente económicas.
De todos modos, la discusión sobre el tema que se refleja en muchos medios, adolece de una cierta miopía. Por lo general la argumentación a favor y -sobre todo- en contra se centra en la UBA. Se argumenta que en esta universidad pública no concurren los pobres sino estudiantes de clases acomodadas que usufructúan el presupuesto público, y así el IVA sobre la polenta que paga una ama de casa del conurbano va a financiar a jóvenes pudientes en la UBA. El razonamiento -tendencioso por donde se lo mire- omite algo importante: la UBA no es la única universidad pública del país; es la mas masiva, es verdad, pero es también la universidad que está en el distrito de mayor poder adquisitivo del país. No es representativa del sistema universitario argentino.
Si se mira más a las periferias -por ejemplo, el Conurbano- se ve que la gran mayoría de los estudiantes de las Universidades públicas son hijos de obreros, de trabajadores de clase media baja, o de trabajadores informales Si no fuera por esas universidades no podrían acceder a un título universitario. Veamos: la Universidad Nacional de José C. Paz (UNPaz) tiene el 90% de primeros universitarios, es decir que es la primera generación en su familia que accede a la universidad; la Universidad de Hurlingham cerca del 90% son primera generación y el 60% son hijos de al menos un padre sin secundario completo; en la Universidad de General Sarmiento (UNGS) el 80% de los estudiantes son primera generación. Estos son algunos ejemplos. En estos casos parece claro que la universidad sigue siendo un medio de ascenso social, un medio para abrir nuevos horizontes. Y esto que digo de las universidades del Conurbano probablemente es reproducible en las universidades de otras periferias de las grandes ciudades argentinas.
En todo caso hay otras discusiones a dar sobre las universidades, como por ejemplo si la universidad en palabras de Ignacio Ellacuría es capaz de dar razones académicas a las razones de los pobres, de aquellos que teniendo su verdad aun a modo de despojo, no encuentran las razones académicas que los respalden. A ellos se deben las universidades. Deberían ser Universidades que investiguen los temas que importan a las grandes mayorías postergadas. Claustros académicos que hagan proyección social del conocimiento que producen, conocimiento situado que ayude a resolver los problemas del país.
Son otros los debates y sobre todo es otra la perspectiva. Proponer “soluciones” al tema universitario basados en la percepción de lo que pasa en la Ciudad de Buenos Aires (el distrito de mayor poder adquisitivo del país) y en su universidad, puede ser engañoso, cuando no tendencioso. Si de lo que se trata es si los pobres pueden acceder a la universidad, es posible afirmar que en las universidades públicas del conurbano eso es una realidad. Y ocurre gracias a los impuestos de todos.
En este asunto, como en otros de extrema gravedad, el problema es desde dónde se mira la realidad a la hora de cuestionar y de proponer soluciones. Reducir el presupuesto universitario no afectará solo a aquellos que (según dicen algunos) pudiendo pagar viven de la educación pública sin arancelar, sino que deja fuera a los que la Universidad si está promoviendo. A los pobres, que además son muchos. Como siempre, una mirada sesgada desde los de arriba, es una mirada excluyente.
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