Por qué Belgrano fue el primer liberal

El creador de la Bandera no sólo tuvo un rol protagónico en el proceso de la Independencia, también fue un defensor de la libertad de comercio y de la competencia en tiempos dominados por monopolios y privilegios coloniales

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Manuel Belgrano
Manuel Belgrano, el primer liberal

A Manuel Belgrano lo dejaron en el bronce: bandera, guerras, gloria. Una figura intocable, repetida en actos escolares, pero vaciada de contenido. Porque mientras se exaltaba su rol militar, se ocultaba lo más incómodo y, al mismo tiempo, lo más potente: su pensamiento económico. Y ese pensamiento fue, sin rodeos, liberal.

Belgrano fue liberal antes de que el término existiera como identidad política. Mientras el sistema colonial se sostenía sobre monopolios, privilegios y controles, él defendía libertad de comercio, competencia, propiedad privada y trabajo como motor del progreso. Se formó en España en pleno auge de la Ilustración, vivió el impacto de la Revolución Francesa y absorbió las ideas más modernas de su tiempo. Leyó y estudió a Adam Smith, a los fisiócratas como Quesnay, a los reformistas españoles. Pero no fue un simple transmisor: fue un adaptador brillante, un pensador que entendió cómo aplicar esas ideas en el Río de la Plata.

Desde el Consulado de Comercio desplegó una obra intelectual extraordinaria. Escribió memorias que hoy siguen siendo actuales: reclamó apertura económica, reducción de trabas administrativas, eliminación de privilegios corporativos, desarrollo del agro, incorporación de tecnología, inversión en infraestructura y educación técnica. En un mundo dominado por la lógica del mercantilismo, Belgrano defendía la competencia y el mérito. Enfrentaba a la “casta” de su época: comerciantes protegidos y burócratas que vivían de restringir la actividad económica.

Fue directo, sin eufemismos. Denunció a quienes “solo sabían comprar por cuatro para vender por ocho”. Combatió el monopolio como una “hidra que todo lo devora”. Y dejó definiciones que hoy siguen vigentes: sin libertad para disponer del fruto del trabajo, no hay producción posible; la tasa máxima destruye la propiedad del vendedor; no hay mejor regulador que la concurrencia. Entendió antes que muchos que los precios no deben fijarse por decreto, sino surgir del encuentro libre entre oferta y demanda.

Belgrano también fue un defensor radical del trabajo en una sociedad donde trabajar estaba mal visto. Reivindicó la dignidad del esfuerzo individual y sostuvo que los hombres solo pueden vivir por el fruto de sus trabajos. Para él, la riqueza no provenía del poder político ni de la acumulación de privilegios, sino de la producción, el intercambio y la creatividad humana. Esa es la esencia del liberalismo clásico.

Incluso anticipó conceptos que la teoría económica formalizaría mucho después. Señaló que las cosas no tienen valor en sí mismas, sino en función de la utilidad y la escasez percibida por las personas, una intuición que se adelanta a la teoría subjetiva del valor del siglo XIX. Comprendió el mercado como un sistema de coordinación social, donde el interés individual, bien encauzado, genera beneficios generales.

Su liberalismo no implicaba ausencia de Estado, sino un Estado con funciones claras y limitadas: garantizar justicia, proteger la propiedad, promover la educación y facilitar la infraestructura. Un Estado que no interviene para fijar precios o repartir privilegios, pero sí para remover obstáculos y crear condiciones para el desarrollo. Esa visión anticipa con claridad el programa de Juan Bautista Alberdi y la lógica económica de la Constitución.

Pero Belgrano no fue sólo un pensador o un divulgador de ideas económicas. Fue un hombre de acción. Periodista, educador, funcionario, revolucionario y militar, llevó sus ideas al terreno concreto. Participó de la Revolución de Mayo, enfrentó al poder colonial, comandó ejércitos, creó la bandera y defendió la independencia. Siempre con la misma coherencia: sin libertad económica, la libertad política es incompleta.

Murió pobre y olvidado, a los 50 años. Su muerte pasó casi desapercibida. Paradójicamente, el tiempo lo convirtió en símbolo, pero ese símbolo terminó ocultando al pensador. Lo hicieron prócer para neutralizarlo. Lo inmortalizaron para que no incomode.

Hoy, recuperar a Belgrano implica devolverle su dimensión intelectual. Leer sus memorias, sus artículos, su obra. Entender que fue uno de los primeros en pensar la economía argentina en clave moderna. Y asumir que muchas de las discusiones actuales ya estaban planteadas en sus textos: libertad o control, competencia o privilegio, trabajo o renta.

La línea histórica es clara: Belgrano impulsa las ideas, la Revolución de Mayo abre el camino, y Juan Bautista Alberdi las convierte en sistema institucional. No es casualidad. Es continuidad intelectual.

Por eso Belgrano no es solo una figura del pasado. Es una referencia vigente. Porque entendió antes que nadie que la prosperidad no se decreta, se construye. Que el crecimiento no depende del poder, sino del trabajo. Y que la libertad económica no es un lujo, es la condición básica para que una sociedad progrese.

El dilema, dos siglos después, sigue siendo el mismo: libertad o privilegio, mercado o estatismo. En ese debate, Belgrano ya había tomado partido. Y lo hizo primero. Por eso, con justicia, puede ser considerado el primer liberal de la Argentina.