
Soporté unos minutos a una defensora de lo privado expresar como dogma que lo estatal solía quedarse entre las manos porosas de los políticos. Por algo lo privatizaban, para instalarlo en las manos cerradas de los banqueros.
En los setenta, los dogmas marxistas se expresaban con la misma convicción que los actuales desarrollos del egoísmo, siendo sus preceptos muy diferentes, claro está. Cómo olvidar una frase del libro de cabecera: “Debemos convertirnos en frías máquinas de matar”. La escuché de un intelectual que, años después, volví a encontrar como gerente de banco. Los dogmas abundan y se vuelven tranquilizadores al expulsar la duda; triunfa la doxa, la pobre opinión media, el lugar común que no tolera el paso por el espíritu crítico antes de salir de tantas bocas irreflexivas. Sin la defensa del fanatismo, uno estaría obligado a pensar, a dudar, a intentar al menos comprender al otro.
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En una ocasión, algún imbécil me interrogó en un coloquio elegante si el no haber robado no era parte de mi fracaso. Se estaba desnudando a sí mismo, en su cerebro solo había espacio para la degradación humana. Un señor, que se asumió uruguayo, me cuestionó mi respeto por Pepe Mujica. Ponderé su testimonio, dijo que era falso; intenté hacer pie en sus años de cárcel, explicó que estaba asociado al carcelero; finalmente, lo despedí sin seriedad diciendo, “lo de Mandela debe haber sido parecido”.
Asombran los que odian al Santo Padre, existe un nivel de sabiduría y espiritualidad que muchos están obligados a cuestionar, no hacerlo implicaría asumir la degradación de sus conductas. Si el rico es el único vencedor, los fracasados somos mayoría, y ese pobre infeliz se ocupa de incrementar nuestro dolido universo.
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Somos conscientes de que ni Massa ni Milei eran candidatos fáciles de votar. Pero, al mismo tiempo, me aburre la liviandad y la pereza de pensamiento de quienes no imaginan posible el voto al otro. De ambos bandos, mentes cerradas que no soportan el interrogante. Ninguno de los dos candidatos era coherente ni se le ocurría serlo. El oficialista necesitaba que olvidemos su origen, no podía ser continuidad de lo peor, tampoco tomar distancia antes de tiempo. Al presidente, lo ocultaron, un gobierno que, sin excepciones, en su mayoría daba vergüenza. Por su parte, el PRO arrastraba el fracaso de Macri, más lejano, pero no por eso menos vigente ni dañino. Milei vociferó cuanta barbaridad quiso, sin duda había una agencia y un empresario importante moviendo sus hilos. Canalizar el odio a La Cámpora era la tarea central del momento, y lo lograron. Milei se ocupó de retroceder en los errores; con el tiempo, el dolarizador y el liberal de doble apellido que proponía romper relaciones con el Vaticano fueron escondidos en el museo de las provocaciones.
Una historia compleja, difícil de entender, una sociedad apasionada por la política termina eligiendo a un provocador sin historia que ofrece vaivenes y desconcierto, por el momento, al menos. Los salarios ensobrados degradaron a sus “militantes” de todo orden y los convirtieron en burócratas sin ideas.
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Recordémoslo, fuimos una sociedad con integración social, fruto de una amplia justicia distributiva y sabemos que la concentración económica es indudablemente la contracara de la pobreza. La política, empleada dependiente de los grandes grupos, no se animó a superar la ley de entidades financieras, tarea más complicada que inventar una Constituyente para repetir los años de Menem tirando manteca al techo con la heredad de nuestros mayores.
En suma, los nuevos ricos son dueños de los políticos de turno. Quienes se van -fracasados vocacionales- evitan el debate de ideas y se disfrazan de modernos; los que llegan juegan peligrosamente con la demencia mientras nadie se anima a debatir las necesidades reales de la sociedad: dar trabajo y generar riquezas, que son los dos grandes temas de la política. Los derrotados tenían demasiado oscuras sus historias, los nuevos utilizan la desmesura para eludir lo sustancial. Por su parte, Macri se esmeró en expulsar a sus aliados y destruir a sus herederos, y ahora retorna engendrando conflictos en el fútbol, como si necesitara imponer su legado también en ese espacio. El egoísmo y la codicia no conocen lealtades, pueden servirse de lo social mientras jamás harán nada a su servicio. La sociedad sigue buscando un mañana esperanzado, tarea propia de la política, aunque por ahora, no se atreve a asumirlo.
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