
“Los hechos graves están fuera del tiempo”, desliza Jorge Luis Borges en “Emma Zunz”. Fuera del tiempo pues aunque tengan un comienzo reconocible, aunque se les pueda poner una fecha, rebasan la dimensión básica de la temporalidad: contener la realidad en una métrica. Escapar al tiempo es, sobre todo, la incapacidad de encontrar una terminalidad, de poner un fin y hacer que aquello que pasó quede allí, en otro sitio.
Cada quien tiene sus hechos graves, adosados , fuera del tiempo y fuera del juicio porque no son evaluables, no es válido someterlos a criterios universales persiguiendo el desprendimiento. Los hechos graves no se convierten nunca en un despojo.
No hay magnitud para los hechos graves, lo pequeño, lo minúsculo, lo extremadamente íntimo, lo colectivo, lo grande, lo atroz, es capaz de quedarse en una continuidad. Es que los hechos son porciones del lenguaje. Tampoco cabe para definir una gravedad la ubicación en el hecho, uno puede haber estado allí, inmerso en él y, no obstante, estará condenado al lenguaje.
Existe el sentido del protagonista, que presume su carácter omnisciente, e implica que la circunstancia de haber presenciado un hecho lo convierte en su mejor conocedor. Esto traza límites cementicios para habilitar o deshabilitar la palabra, por un lado el observador privilegiado y, por otro, el ajeno. Respecto del primer tipo de miradas, el privilegio cognoscitivo estaría dado por la contemporaneidad, por haber vivido el evento, como si se pudiese hablar de hechos desnudos. Mientras que las segundas, las miradas extrañas, forman parte de un relato reconstruido al que se le atribuye el riesgo de parcialidad.
El gobierno de Raúl Alfonsín (1983-1989) es un hecho fuera del tiempo. De eso podemos dar cuenta, incluso –y sobre todo-, quienes vinimos después.
En una entrevista que volvió a circular recientemente, Alfonsín dice que la recuperación de la democracia, en alusión a su forma elemental, es decir, a la vigencia del derecho a sufragar periódicamente, integra una libertad primaria, un comienzo. Inmediatamente agrega, y sin chance de que esto se pierda de vista, que ese peldaño es la base para el florecimiento de las “libertades positivas”, para que las personas puedan vivir dignamente. De allí aquello de que “con la democracia se come, se cura y se educa”. La visión de Alfonsín tenía una sustancia, a pesar de la urgencia de asegurar mínimamente las reglas de juego democráticas, ante un riesgo latente. Suele sostenerse, en clave psicoanalítica, que el peligro es falso pero el miedo es cierto, pues en este caso no, miedo y peligro eran auténticamente verdaderos.
Sin embargo, una gestión que podría haber cumplido su destino ofreciendo una mera transición, un paso “entre” el horror y la paz, determinó algo más, mucho más. No sólo por el juicio a las juntas que constituyó un modelo global, sino por las reformas legislativas e institucionales que se pusieron en marcha.

Pero, además, Alfonsín era especialmente virtuoso en la convocatoria discursiva. En tiempos donde se desprecia la reflexión y todo queda sumido en la supremacía de la praxis, es prudente hacer un alto. Martín Kohan se preocupa por este asunto, revisando la antinomia que, últimamente, se escribe con cierta frecuencia: la que opone categóricamente “territorio” y “escritorio”, un espacio para la acción y otro espacio que se supone inactivo. Y se pregunta: “¿cómo encomiar (o más aún, cómo preferir) el espacio de la acción sin por eso desconocer lo que una práctica intelectual implica y aporta? ¿Cómo hacerlo sin incurrir en drásticas oposiciones, tan falsas como vanas?”. Habla de una “práctica intelectual”, para dislocar la antinomia usual entre teoría y práctica, que contiene, según el autor, algún antiintelectualismo en potencia, es decir, para reconocer en la práctica intelectual (esa que se efectúa, eventualmente en escritorios) un aspecto práctico también.
Hoy la política se incardina en esos planos, es pura práctica, con un testarudo desprecio hacia los conceptos. Los pies en el barro, las asociaciones utilitaristas, la imposición del cambio a como dé, el intercambio de posiciones sin sonrojos.
Alfonsín, en cambio, comprendió que la época le exigía a la democracia una legitimación conceptual. Debía quedar bien en claro cuál era el horizonte de sentido porque los resultados iban a demorarse. Ello explica las palabras de Alfonsín y su tono, en Parque Norte, en la Sociedad Rural, en el Capitolio de los Estados Unidos, y en infinidad de escenarios más.
La democracia reconoce una sintaxis, reglas morfológicas, ortográficas y sintácticas, acerca de las fuentes del poder y de las formas correctas de su ejercicio, relacionadas al método con el cual son tomadas las decisiones colectivas. Pero, la democracia, o al menos esa específica forma de democracia que es la democracia constitucional, tiene también, además de una sintaxis, una semántica. Con ello aludimos ya no los procedimientos sino los significados normativos que en las formas admitidas no pueden ser (o no ser) expresados, que se refieren, no al “quién” y al “cómo”, sino al “qué cosa” es lícito o ilícito decir o no decir en democracia. Y luego, sólo luego, viene la pragmática.
En efecto, Alfonsín y sus hechos, están fuera del tiempo, a pesar de que, por momentos, dos o tres líderes de circunstancia intencionalmente lo olviden para justificar el sometimiento a la praxis de cierta hegemonía económica. Sobrestimando resultados prácticos y subestimando un legado infinito, excitando las penas y pisoteando conquistas que hasta ayer parecían irreversibles.
María Negroni se pregunta ¿cuántas letras hacen falta para decir que no? Que no a una pragmática vacía, que no a la ausencia de una semántica democrática, que no al desprecio por la igualdad, que no a la humillación de la memoria. Alfonsín todavía nos sigue dando esas letras, porque están fuera del tiempo, porque aun quienes no estuvimos allí las sabemos propias, cuarenta años después.
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