
“Alexander, queremos empezar con IA en la empresa”, me cuenta el dueño de una importante organización durante nuestra primera reunión de consultoría. Yo asiento y, para mis adentros, me voy dando cuenta de que estoy frente a otra víctima de la epidemia de IA en la que parece ser obligatorio tener algo que ver con la IA, aún sin tener antes una articulación de fondo con el plan de acción.
La pregunta siguiente es aún más reveladora: “¿Para cuándo pensás que podamos tener algo?”. El cliente está confundiendo una mera herramienta con un fin. Está demandando hacer cualquier cosa rápido con la etiqueta de la IA, con el único objetivo de que esta etiqueta llegue a los ojos de los competidores, clientes, inversores y la propia fuerza de trabajo.
De ahí en adelante mis opciones son limitadas. Si quiero cumplir con las demandas tengo que trabajar aislado de los equipos centrales de la organización y crear un producto totalmente lateral.
Cuando termino mi consultoría, el producto que diseñé carece de mantenimiento, integración y soporte para convertirse en un desdichado archivo al poco tiempo.
Esta no es una historia aislada. Es un ejemplo de un patrón común provocado por el frenesí de esta revolución de IA que por su velocidad no permite un desgranado cuidadoso de todos sus aspectos.

Mi primer antídoto para esta epidemia de implementación frenética es esbozar en una oración el por qué. ¿Por qué tiene que dar una organización el paso hacia la automatización inteligente? Es muy probable que la respuesta esté viviendo dentro del cliente desde que vio a la competencia anunciar su flamante nuevo servicio. Es totalmente normal. Responder esta pregunta en voz alta hace fuerza a esa noción a reflotar del campo subconsciente al consciente. En ese destello de consciencia comienza la verdadera transformación.
A partir de ese momento hay que buscar el mejor lugar dentro de la organización por el que va a entrar la IA, el punto óptimo de apalancamiento, que se define como el proceso dentro de la organización que tiene la mejor relación entre beneficio potencial y el esfuerzo de implementación. Y aquí hay que detenerse en un punto clave: un proyecto de IA hoy en día implica transformación cultural. Por lo tanto los costos no implican únicamente costos técnicos sino humanos. La IA no es una tecnología más dentro del arsenal de una organización. Si se la trata de esa manera los resultados son generalmente demoras, frustración y pérdida económica. Levantar la moral para un segundo proyecto de IA se vuelve más difícil y la organización va quedando cada vez más rezagada. En la evaluación de los esfuerzos deben tenerse en cuenta lo que, en una formación integral para implementar IA, llamamos los siete vectores: Ética, Manejo de expectativas, RRHH, Cultura, Seguridad y Privacidad, Costos e Implementación.
Este modelo implica una tensión constante entre los vectores. Algo similar a la idea de la “sábana corta”, sólo que con siete personas tirando y aflojando.
En la intersección de los campos posibles de cada una de estas áreas es donde puede prosperar un proyecto de IA en el tiempo.
Es importante remarcar que dentro de estas siete áreas no se encuentra la solución técnica propiamente dicha, esto es, aquella que resuelve el problema en cuestión dentro de la computadora portátil de un desarrollador en una demostración. Los siete vectores entran en juego el día que una organización decide llevar esa solución técnica al territorio, a la calle, a producción y pretende que se mantenga ahí entregando valor todos los días, mejorando, amplificándose y creciendo.
Cuando un líder dentro de una organización es consciente de estos siete puntos se desvanece otro mito, el de pensar que la IA se puede comprar, en otras palabras, que puede ir un agente externo a elevar a la organización a un nuevo nivel de eficiencia y productividad potenciada por automatización inteligente. Quiero ser enfático en este punto, no hay premio nobel de matemática ni pope de la IA que pueda lograr esto sin que todo el equipo se suba al barco de la transformación.
Hay que soltar paradigmas antiguos y para eso es necesaria la presencia de un liderazgo de cambio interno que cuente con el respeto, confianza, cercanía de los equipos.
Este es el perfil de liderazgo que pienso vinculado a la formación de profesionales, con el objetivo de realizar una gestión estratégica de inteligencia artificial y automatización empresarial, para que todas las organizaciones implementen proyectos de IA que agreguen valor real y sostenido en el tiempo.
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