
El sistema de salud en Argentina se destaca por su marcada fragmentación y segmentación. Se compone de tres subsectores claramente identificados, aunque se superponen en diversos aspectos: el público, el privado y la seguridad social.
Esta estructura conlleva implicaciones en la cobertura, acceso y financiamiento. Existen diferencias no solo en los servicios de salud que se proporcionan, sino también en su calidad y en los recursos destinados a su financiamiento.
El Sistema de Obras Sociales Nacionales integra cerca de 300 entidades. Sin embargo, el 75% de la población se concentra en tan solo 25 de ellas. Durante la gestión que tuve el honor de dirigir, comenzamos un proceso para optimizar el número de entidades y mejorar la eficiencia del sistema.
El financiamiento, originalmente concebido como solidario, permitía que los aportes más elevados compensaran los ingresos de los trabajadores con remuneraciones más bajas. Sin embargo, este modelo se fue debilitando debido a la transferencia de recursos hacia el sector privado, proveniente principalmente de los salarios más altos del sistema. Este financiamiento enfrenta desafíos como el desempleo, evasión de aportes, trabajo no registrado y la pérdida de poder adquisitivo del salario. A estos se suman otros factores como la incorporación de poblaciones no vinculadas al mercado laboral formal (monotributistas), la judicialización y la inclusión de prestaciones sin validación o presupuesto adecuado.
La solución integral reside en una política pública bien implementada y comunicada. No solo debemos considerar variables macroeconómicas. Resalto la palabra “solidaridad” como pilar de nuestro sistema, que también facilita el financiamiento de áreas como educación, transporte y atención en el ámbito de la discapacidad.
En momentos críticos, es esencial mirar modelos exitosos. Un ejemplo es la compra centralizada para enfermedades como la Hemofilia, que garantizó equidad y seguridad para los pacientes, obteniendo resultados transparentes a precios reducidos.
Es esencial retomar las funciones de rectoría, coordinando acciones de manera integral y con participación ciudadana. Es vital eliminar procesos o servicios que no generen valor en salud o calidad de vida, los cuales incrementan el costo de las prestaciones en un 20-30%. Además, debemos comunicar eficientemente nuestros logros y mantenernos próximos a la comunidad.
La mayoría de la población anhela un cambio y está dispuesta a colaborar. Es necesario revitalizar las mesas de consenso y adoptar decisiones más reflexivas y profundas, evitando aquellas meramente populistas. Los intentos restrictivos podrían ampliar las desigualdades. Además, es crucial promover un plan de desarrollo y capacitación para los profesionales de salud, reconociendo su dedicación y esfuerzo.
La pandemia nos retó, y sus efectos a mediano y largo plazo persisten. Enfrentamos desafíos en salud mental, vacunas, falta de profesionales en especialidades vitales, desincentivo a médicos de familia, tratamientos costosos sin guías claras y la no integración de bases de datos.
En Argentina, los retos en salud son numerosos y constantes. La solución se basa en tres pilares: protocolización, prevención y consolidación de relaciones con los actores del sector salud.
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