
Hay una carrera en marcha en América Latina y Buenos Aires no la está corriendo. No es una metáfora: es una descripción.
Medellín, una ciudad que hace dos décadas era sinónimo de violencia, construyó Ruta N y se convirtió en un polo de innovación que atrae empresas y talento de toda la región. Santiago de Chile creó un centro nacional de inteligencia artificial y lideró el desarrollo de un modelo de IA para toda América Latina. Montevideo, con una décima parte de nuestro talento, se transformó en el destino preferido de las empresas tecnológicas argentinas que se van. Se van de acá. Se llevan los empleos, los impuestos y el futuro a trescientos kilómetros de distancia.
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Mientras tanto, la ciudad con la mayor concentración de universidades, programadores, científicos y emprendedores de habla hispana no tiene una ley de inteligencia artificial. No tiene una institución dedicada a la inteligencia artificial. No tiene un evento internacional de inteligencia artificial. No tiene, en definitiva, una estrategia.
Y acá viene la pregunta incómoda: ¿de quién es la responsabilidad? El PRO gobierna la Ciudad hace dieciocho años. Dieciocho años en los que la revolución tecnológica más importante desde internet pasó por la puerta de Buenos Aires y nadie la invitó a quedarse. No fue falta de recursos: la Ciudad tiene el presupuesto por habitante más alto del país. Fue falta de visión. Se ocuparon de las veredas y se olvidaron del siglo.
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Quiero ser clara sobre algo, porque conozco la chicana que viene: no soy ingeniera ni programadora. Y no necesito serlo. La inteligencia artificial dejó de ser un exclusivo tema de técnicos hace tiempo. Es un tema de poder: quién decide las reglas, quién captura las inversiones, quién se queda con los empleos. Así como hace veinte años ningún dirigente podía gobernar sin entender internet, dentro de muy poco ningún dirigente va a poder gobernar sin comprender la inteligencia artificial. Los que hoy la ignoran desde un despacho público no son prudentes: son irresponsables.

¿Y qué significa comprenderla? Significa, primero, entender lo que está en juego para la gente común. La inteligencia artificial no viene a reemplazar a las personas; viene a transformar la manera en que trabajamos. La médica que la use para diagnosticar va a atender mejor que la que no. El comerciante que la use para manejar su stock va a competir mejor que el que no. El estudiante que aprenda a trabajar con ella va a conseguir empleos que el otro ni va a ver. Eso ya está pasando, y pasa acá.
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Frente a eso hay dos caminos. El camino del miedo: prohibir, frenar, proteger corporaciones y esperar que el mundo se detenga. Es el camino que eligió Europa, y los resultados están a la vista: sus mejores empresas y talentos se están yendo a otra parte. O el camino de la libertad: preparar a cada ciudadano para que sea más productivo, más empleable y más dueño de su futuro, regulando los usos de la tecnología en ámbitos de alto riesgo (salud, justicia, seguridad, protección de datos, transparencia del Estado, etc.), donde sí hacen falta reglas claras.
Yo creo en el segundo camino, y eso expresa algo profundo de nuestras ideas. El Estado no puede garantizarle a nadie un trabajo de por vida. Ese canto de sirenas ya lo escuchamos y sabemos cómo termina. Lo que sí puede hacer —lo que debe hacer— un Estado comprometido con el futuro es garantizar que cada porteño tenga las herramientas para seguir siendo competitivo durante toda su vida laboral. No aferrarse al empleo del pasado: potenciar a la persona para el empleo que viene. Esa es la diferencia entre el paternalismo que empobrece y la libertad que multiplica.
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Buenos Aires tiene todo para ganar esta carrera. Tiene el talento: nuestros programadores trabajan para las mejores empresas del mundo desde acá. Tiene las universidades, el ecosistema emprendedor, la escala y la cultura. Lo único que no tiene es una dirigencia que se haya tomado el tema en serio. Esa es exactamente la vacante que venimos a ocupar.
Por eso, desde nuestro espacio decidimos empezar por casa: vamos a formar en inteligencia artificial a todos nuestros dirigentes y equipos técnicos, porque no se puede legislar, gestionar ni diseñar políticas públicas sobre aquello que no se comprende. Y en las próximas semanas vamos a presentar una iniciativa para que Buenos Aires deje de mirar la carrera desde la tribuna: un movimiento abierto a emprendedores, profesionales, estudiantes, comerciantes y académicos, y un paquete de proyectos concretos para discutir en la Legislatura. Los detalles llegarán pronto. La decisión ya está tomada.
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Esta ciudad nació como puerto. Fue la entrada de los barcos, de los inmigrantes, del comercio y del trabajo que construyeron la Argentina moderna. Nuestros abuelos bajaron de esos barcos sin nada y levantaron todo. La pregunta de esta época es si vamos a estar a la altura de esa historia: si Buenos Aires va a ser otra vez la puerta de entrada del futuro, o el museo de un pasado glorioso.
Yo ya elegí. Buenos Aires compite o desaparece. Y no vinimos a la política a administrar la decadencia: vinimos a competir.
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