
En estos últimos años, han surgido figuras que prometen la solución a todos los problemas y que intentan convencer con frases hechas a desilusionados ciudadanos y nos señalan que un mundo con soluciones fantásticas es posible.
Comte a fines del siglo XIX planteaba que el pensamiento mágico, propio de los pueblos salvajes o primitivos, estaba basado en creencias populares y supersticiones que permeaban el imaginario social. Sin embargo, una centuria después, seguimos creyendo en “gigantes de pies de barro”. Esta metáfora alude a una figura cuyo origen está en el Antiguo Testamento (específicamente en el Libro de Daniel); allí se hace referencia a un episodio en el que el rey de Babilonia, Nabucodonosor, tuvo un sueño en el que aparecía una gigantesca estatua hecha con distintos elementos: la cabeza era de oro, el torso de plata, la cadera de bronce, las piernas de hierro y los pies eran de barro cocido. Cuenta la historia que una piedra cayó rodando hacia la escultura y chocó contra los pies, haciéndola desmoronar. Por más fuertes y sólidas que era la parte superior del cuerpo, la fragilidad de los miembros inferiores hizo que cayera. El profeta bíblico advierte la pesadilla de aquel rey al reconocerse vulnerable.
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El ídolo existe mientras haya un público que lo aplauda, gente que crea en sus discursos magnificentes. Algunos prefieren adherir a algunas frases hechas y creer que un fetiche le solucionará los problemas de un día para el otro.
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Estos ídolos, falsos dioses admirados con exaltación, nos distraen de conocer el mundo verdaderamente. Por allá entonces, a mediados del 1600, el filósofo Francis Bacon en su obra Novum Organum, nos advertía de los ídolos y las falsas nociones que han arraigado profundamente en nuestro entendimiento haciendo difícil el acceso a la verdad. Planteó cuatro clases de Ídolos que asedian las mentes humanas: Ídolos de la Tribu, de la Caverna, Ídolos del Foro e Ídolos del Teatro. Consideraba que la existencia de las opiniones, las generalizaciones, algunas experiencias particulares o influencias de los prejuicios asaltan el espíritu de los hombres y de los que hay que librarse con el fin de llevar a cabo la “auténtica interpretación de la naturaleza”.
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La pregunta es ¿Cómo liberarnos de estos falsos ídolos, de las falsas opiniones y de creencias fantasiosas acerca de la solución a los problemas que nos aquejan?
La respuesta siempre es la educación. En este caso, la necesidad de aprender filosofía y de tenerla como herramienta para entender algunas cuestiones y ser críticos frente al mundo que nos rodea; la filosofía como un martillo, tal como lo planteó Nietzsche en su obra El ocaso de los ídolos.
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Fuerzo las palabras del filósofo para ir pensando en “otra forma de curación y es someter a examen profundo a los ídolos... En el mundo hay más ídolos que realidades: este es el «mal de ojo» y el «mal de oído» que tengo yo para este mundo... Ir haciendo preguntas a base de golpearlos con el martillo, y oír tal vez, como respuesta, a ese conocido sonido a hueco que revela unas entrañas llenas de aire, representa una delicia para quien tiene otros oídos detrás de los oídos, para este viejo psicólogo y cazador de ratas que soy, ante quien tiene que dejar oír su sonido precisamente aquello a lo que le gustaría permanecer callado”.
Que la filosofía nos sirva para entender la época, para romper a martillazos el dogmatismo de algunos y para poder decidir según nuestras convicciones. Y si bien todos somos parte del desencantamiento del mundo, permanezcamos con los sentidos bien despiertos, prestemos atención a lo que escuchamos y no nos dejemos engañar.
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“El infierno de los vivos no es algo que será; hay uno, es aquel que existe ya aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Dos maneras hay de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de no verlo más. La segunda es peligrosa y exige atención y aprendizaje continuo: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar, y darle espacio”. I. Calvino, “Las ciudades invisibles”.
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