Retorno a la polarización

El escenario electoral se vislumbra mucho más competitivo que hace un par de meses y la hipótesis de los tres tercios sigue perdiendo fuerza

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Horacio Rodríguez Larreta, Sergio Massa y Patricia Bullrich
Horacio Rodríguez Larreta, Sergio Massa y Patricia Bullrich

El sorpresivo cierre de listas de la coalición oficialista rebautizada bajo el nombre Unión por la Patria, que entronizó al siempre tenaz y pragmático Sergio Massa como superministro-candidato conmovió los cimientos de un escenario electoral que ya parecía consolidado en torno a la estructura de los tercios imperfectos.

La candidatura del tigrense fue, sin dudas, disruptiva en varios aspectos. En primer lugar, porque logró torcer el rumbo de lo que tras interminables meses de internas feroces parecía imposible: evitar unas PASO competitivas que hubieran horadado inexorablemente la performance electoral del peronismo y lo hubiese probablemente condenado a una derrota de proporciones históricas.

En segundo lugar, porque la definición electoral implicó que por primera vez en 20 años el peronismo se presentará a elecciones con una boleta presidencial sin participación del kirchnerismo, un hecho inédito que si bien no debería ocultar el hecho de que sus referentes ocupan las principales candidaturas en la provincia de Buenos Aires, no deja de ser un indicador relevante de un liderazgo de Cristina Fernández que parece haber entrado en un inevitable espiral de declive.

En tercer lugar, porque implica un giro pragmático que parece poner al peronismo otra vez en carrera. Frente a la “mística” que desde ciertos sectores del kirchnerismo se le quiso imprimir al pretendido recambio generacional que vendría de la mano de la “generación diezmada”, el desplazamiento de Wado y Scioli por Massa, forzado en gran medida por los gobernadores e intendentes del conurbano, parece haber cosechado algunos tempranos aunque muy provisorios éxitos: la mayoría de las encuestas lo muestra hoy como el candidato más votado en las PASO.

En cuarto lugar, quizás lo más disruptivo de la candidatura del líder del Frente Renovador: su irrupción en el escenario tensiona fuertemente a una coalición opositora que no solo está sumida en una feroz interna sino que, amenazada por el fantasma de Milei, venía desplazándose cada vez más hacia posiciones de derecha.

En este contexto, el posicionamiento de Massa que, más allá del piso kirchnerista que logre retener, apunta a un centro que había quedado de alguna forma huérfano ante el endurecimiento de Larreta en particular y JxC en particular, lo que sin dudas forzará a ambos binomios de la principal coalición opositora a recalibrar sus estrategias.

A todo ello se suma el declive de Javier Milei que viene registrando la mayoría de las encuestas. Si bien aún estamos muy lejos de hablar de un desmoronamiento, ya que aún conserva guarismos de intención de voto de dos dígitos, parece haber perdido su competitividad real para volver a ocupar el rol de “tercero incómodo”.

Esta nueva situación interpela tanto a Bullrich como a Larreta. Cada vez parece más claro que el discurso de Bullrich puede ser eficaz para la interna, pero que la deja expuesta ante un eventual ballotage con Massa: en su intento por diferenciarse claramente de las posiciones “moderadas” de Larreta se impuso algunos límites que podrían eventualmente condicionarla. Dicho de otra forma, cómo seguirá defendiendo el ajuste, la intransigencia y otras medidas ortodoxas frente a un candidato moderado que, a su vez, pretenderá señalar que sólo él podrá garantizar la gobernabilidad.

También Rodríguez Larreta deberá recalcular. Su estrategia, aunque algo errática, parecía consistir en adueñarse del centro político con su imagen de moderación, y a partir de ahí con un armado de tipo catch all intentar pescar votos tanto por izquierda (socialistas, radicales socialdemócratas, GEN, etc.) como por derecha (peronistas republicanos, liberales de Espert, sectores pro-vida, etc.) El alcalde no contaba, claro está, con que ese centro del que pretendía ser su único representante ahora es disputado por Massa, lo que lo lleva a la necesidad de abandonar esa narrativa zigzagueante y pendular que viene sosteniendo.

Todo ello sucede en el marco de una interna cada vez más virulenta que pone en duda la unidad después de las PASO, algo que va más allá de las fotos protocolares y declaraciones de ocasión. Después de una interna caníbal, cabe legítimamente preguntarse si el ganador podrá retener los votantes del derrotado en las internas.

Obviamente, aunque disruptiva y mucho más competitiva que otras posibles alquimias oficialistas, la candidatura de Massa enfrenta desafíos de muy difícil resolución para quien es a su vez el ministro de economía de un gobierno fracasado que lidia con una inflación de 3 dígitos anuales y alarmantes datos de pobreza. Sin embargo, para Massa estar al frente de la economía parece ser más un activo electoral que una carga. Más allá de su audacia y voluntarismo, incluso de algún “conejo de la galera” que pueda sacar, lo cierto es que enfrentará la difícil tarea de intentar construir una narrativa en torno a la idea de que él fue y será el garante de que el país transite está crisis sin deslizarse hacia el abismo.

Así las cosas, el escenario electoral se vislumbra mucho más competitivo que un par de meses atrás y, con la hipótesis de los tres tercios que va perdiendo fuerza, la polarización pareciera retornar al centro de la escena.

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