
Lo sucedido en San Cristóbal no es un episodio aislado ni inesperado. Es la expresión más brutal de un entramado de violencias que hace tiempo se viene gestando y que, como sociedad, no estamos logrando desarticular.
Hablar de bullying ya no alcanza. Nombrarlo como “acoso escolar” parece incluso insuficiente frente a la escalada de situaciones que pasan del hostigamiento a la agresión, y de la agresión a lo irreparable. Sin embargo, comprender ese proceso sigue siendo clave: la violencia no aparece de un día para otro. Se construye, se habilita, se naturaliza.
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El bullying implica intencionalidad de daño, persistencia en el tiempo y una desigualdad de poder. Pero hay algo más inquietante aún: la presencia de otros, observadores que callan, que miran y que muchas veces legitiman. Y en ese silencio colectivo se gesta una cultura donde el otro pierde valor.
Las consecuencias son profundas. Ansiedad, depresión, aislamiento, pérdida de autoestima. Pero también, en algunos casos, la imposibilidad de tramitar el dolor deriva en respuestas violentas. Esto no lo justifica, pero sí lo interpela: ¿Qué estamos dejando de ver antes de que todo estalle?
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Uno de los cambios más significativos de las últimas décadas es el lugar del adulto. La autoridad ya no se sostiene, se ha desdibujado, fragmentado, en muchos casos debilitado. Antes, la palabra del adulto estructuraba. Hoy, muchas veces, duda, llega tarde o directamente no llega.
No se trata de volver a modelos autoritarios, sino de recuperar una autoridad con sentido: presente, coherente, que ponga límites claros y, al mismo tiempo, habilite la escucha atenta y amorosa.
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Porque donde no hay límites claros y donde todo parece permitido, la violencia encuentra terreno fértil.

La escuela no puede sola. Pero tampoco puede correrse. Necesita asumir un rol activo, con abordajes institucionales sostenidos, formación y capacitación docente específica y estrategias concretas para intervenir antes de que los conflictos escalen. No alcanza con tratar el tema en una jornada o una materia: la educación emocional debe ser transversal.
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Las familias, por su parte, tampoco pueden delegar. Educar implica mucho más que acompañar: implica enseñar a convivir, a respetar, a reconocer al otro. Implica coherencia entre lo que se dice y lo que se hace. Implica presencia real.
Y hay algo que no podemos seguir postergando: la prevención. Detectar señales, escuchar lo que incomoda, intervenir a tiempo. Generar canales seguros para que los jóvenes hablen. Porque cuando el dolor no encuentra palabra, muchas veces encuentra otras formas de expresión.
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El desafío es profundo: formar sujetos capaces de convivir en la diferencia, de regular sus emociones, de resolver los problemas sin violencia. No es un contenido más. Es el núcleo de la educación en este tiempo. Y sin adultos comprometidos no hay crianza responsable.
Lo ocurrido en San Cristóbal no puede quedar reducido a una noticia policial. Es un llamado urgente a la escuela, a las familias, al Estado, pero también a la sociedad en su conjunto. Educar con límites es enseñar a gestionar los conflictos, a respetar los derechos propios y ajenos, a interactuar con otros con igualdad y sin violencia.
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Hay estrategias de abordajes, hay posibles soluciones; solo hay que elegir qué políticas públicas son prioritarias.
Porque cuando la violencia atraviesa la escuela, no es sólo un problema educativo. Es un síntoma social. Y si no lo leemos a tiempo, se convierte en tragedia.
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